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    Las puertas de la percepción

    Con “Tiempos”, la ítalo-uruguaya Linda Olivetti de Kohen expone en la Fundación Pablo Atchugarry

    Un hombre pasa por un muro donde hay una puerta entornada. Algo le atrae, algo fuerte, indefinible. Tal vez sea el misterio, la duda ante lo desconocido. Decide seguir su camino, rumbo a su ya establecido destino. Pasará el resto de su vida pensando qué había detrás de aquella puerta. Palabras más, palabras menos, el texto está escrito en una de las paredes de la enorme sala de exposiciones de la Fundación Atchugarry. Al pie figura el nombre de H.G. Wells (1866-1946), el magnífico escritor inglés de ciencia-ficción, autor de “La máquina del tiempo” (1895) y de “La guerra de los mundos” (1898), entre muchísimas obras de gran valor literario. Pero podría estar firmado por Linda Kohen (1924), una artista nacida en Milán e instalada para siempre en Uruguay a los quince años con una familia que huyó de las inminentes atrocidades de la guerra.

    Las paredes de la sala de exposiciones que alberga la obra de esta inquietante artista podrían ser esos muros donde se abren puertas que ofrecen otra realidad. Así de movilizadora es la obra de Kohen. Es más: en la sección presidida por el texto, aparece un cuadro que lo representa. Sin duda, lo evade en el mejor sentido artístico. Toma la anécdota de un hombre parado frente a la puerta abierta y detrás aparece el misterio, la famosa parábola del paraíso perdido que Wells describe en su cuento “The door in the Wall” (La puerta en la pared), fechado en 1911. Acá no hay paraíso; apenas la sombra y el fortísimo deseo que impulsa al hombre a mirar detrás. Al hombre y al espectador que se para frente a una sugerente y atractiva puerta entornada. Al mismo tiempo, algo lo detiene: la certeza de lo que viene, la seguridad, el destino ya establecido. Pero donde las palabras aciertan por su exacta y precisa síntesis, donde el texto se clava en el cuerpo como un cuchillo, en el cuadro uno siente que lo envuelve, lo acaricia, lo hipnotiza y abre múltiples y complejas posibilidades. Es exactamente lo que dice Wells pero como si uno lo procesara en infinitas y complicadas variantes, quizás sin la angustia existencial tan a flor de piel.

    Dos de las obras que integran la muestra

    Es, por supuesto, otra cosa: un hombre que seguramente podría dar el paso, que podría entrar y deslizarse sin angustias por ese agujero negro (verde, en este caso). Es la increíble sensación de que uno podría abandonarse a esa atracción fatal y dejar todo, cualquier opción previsible y cualquier camino seguro. Sin embargo, en ese cuadro (“The door in the wall, la puerta se abre”) el hombre no entra, sino que está parado en el punto de la decisión, ese punto transferible a tantos momentos de la vida donde las opciones van dejando puertas entreabiertas, mundos sin conocer y paraísos sin descubrir. Otras variantes de Kohen ponen al hombre ya casi fuera del cuadro (“The door in the wall, el hombre se va”), dando el paso decisivo para alejarse definitivamente. Y guardar toda la vida en la memoria la opción que no quiso tomar.

    Luego hay otro cuadro (“The door in the wall, la puerta entornada”) de mayor impacto, que deja solo la puerta entreabierta, sin presencia humana, pero con el “otro lado” oscuro, ya sin el verde apasionado. Y es más inquietante. Está todo detrás, pues quizás el hombre entró, quizás uno decida cambiar para siempre la percepción de las cosas, y quizás sea la última oportunidad para dar el paso y abrazar por un momento otra realidad, donde todo adquiera otro sentido o una explicación definitiva a las eternas preguntas sobre la existencia.

    Hay que entrar por esta puerta para disfrutar el trabajo de Kohen, en su mayoría de enorme vuelo metafísico. La muestra, titulada “Tiempos”, que incluye más de sesenta obras de distintas épocas, la mayoría cuadros al óleo, aunque hay acuarelas y alguna instalación (“Las testigos”) y objetos en madera, ofrece un mundo delicadísimo de puertas entreabiertas. También hay pasillos vacíos o apenas poblados por su madre (“Mi madre”, “Mi madre abre el ascensor” o “Mi madre en el pasillo”), y se cuelan la propia Kohen (“Autorretrato con mi padre”) o algún hombre de hombros anchos (“El hombre frente al camino”), siempre de espaldas, a punto de avanzar o en el lugar de la decisión.

    Impera el vacío, es cierto, pero es un vacío cargado de sentidos, de sugerencias, como esos silencios insostenibles que uno siente la agobiante necesidad de quebrar. No es que el vacío existencial de Kohen sea agobiante, sino que evidencia los rastros de los “ruidos humanos”, las cargadas imágenes del alma, como si estas fueran fantasmas que en cualquier momento aparecen y desaparecen.

    Las obras de esta pintora —que se formó con Julio Alpuy, José Gurvich y Horacio Butler y ha sido elogiada por artistas contemporáneos como Eduardo Cardozo, Ignacio Iturria y el propio Atchugarry— están pobladas, incluso las dedicadas a mesas o camas vacías, dos lugares recurrentes en la propuesta y que dejan clara esa presencia humana sin imagen, solo sugerida.

    Pero lo interesante de la selección de esta artista tan peculiar es que su universo está construido desde un color que la define en esa profundidad. No podría haber otros tonos (aunque hay varios cuadros en rojo, pero de otra serie) sino esos blancos, grises, verdes y ocres que se imponen suavemente y que construyen sus mundos. El dibujo es mínimo y despojado, y, siguiendo la tradición de Morandi, la imagen es pura y demoledora al mismo tiempo. Una muestra, en definitiva, que abre insospechadas puertas a la percepción.

    “Tiempos”, de Linda Kohen. Fundación Pablo Atchugarry (Ruta 104, kilómetro 4,500, Manantiales, Punta del Este, hasta el 8 de abril).