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    Las vueltas de la vida

    La historia del triste papel de las “alternadoras” o “coperas”, y su aprovechamiento por el patriarcado dominante, tiene, en los cabarés, bares, whisquerías y ciertos locales de baile de Buenos Aires y Montevideo, probablemente casi dos siglos.

    No hace tantos años, en la capital argentina, por resolución de la Legislatura de la ciudad, se prohibió semejante actividad bajo el incontestable argumento de que discriminaba a las mujeres e incentivaba la trata de personas.

    La leyenda —o cruda realidad— dice que se las contrataba para bailar algunos tangos con los hombres, beber alcohol con ellos, aunque a las chicas se les servía té frío que el dueño de cada negocio facturaba como whisky. Para otros servicios, solo podían salir cuando el local cerraba y, al otro día, regresar con la “comisión”. Pero estas no eran las únicas féminas abusadas: se incluía también a las encargadas de cuidar el baño y el guardarropas —“alternadoras” ya jubiladas a las que se llamaba “mamitas”— y hasta a la vendedora de flores.

    Es curioso. Desde principios del siglo XX surgieron infinidad de tangos con diferentes descripciones de esta realidad: Flor de fango (1919), Esthercita (1920), Margot (1921), Zorro gris (1921), Mano a mano (1923), Anoche a las dos (1926), Alma de loca (1927) o Un tropezón (1927).

    Sin embargo, el tango que retrata como ninguno tan penoso escenario —un clásico del género que alcanzó la posteridad— es Acquaforte: ni siquiera se inspiró ni escribió en el Río de la Plata, como otras excepciones del tipo de Anclao en París o La que murió en París.

    Y desde su mismo origen fue, en sí mismo, una suerte de loca aventura.

    La música ya la tenía escrita Horacio Pettorossi (Buenos Aires, 1896-Mar del Plata, 1960) corriendo 1932, cuando se encontró en el cabaré Excelsior de Milán con el poeta y cantor Juan Carlos Marambio Catán (Bahía Blanca, 1895-Mendoza, 1973), que volvía de un gira por Egipto.

    —Tengo una melodía a la que me gustaría que le pusieras letra —dijo Pettorossi.

    —Bueno, dejámela y veo —contestó Marambio.

    Se sentaron y al poeta aquel ambiente oscuro y decadente y el hecho de que las mujeres que atendían no les prestaran atención, lo deprimió: “Y… es que ya estamos un poco viejos”, pensó. Entonces comenzó a surgirle la letra, como un borbotón:

    Es medianoche. El cabaré despierta./ Muchas mujeres, flores y champán./ Va a comenzar la eterna y triste fiesta/ de los que viven al ritmo de un gotán./ Cuarenta años de vida me encadenan,/ blanca la testa, viejo el corazón:/ hoy puedo ya mirar con mucha pena / lo que otros tiempos miré con ilusión.

    El tango cobró rápida popularidad y llegó a oídos de Mussolini, que lo prohibió: ¡se suponía que el fascismo había superado las diferencias sociales! La intervención de un amigo de Marambio, con acceso al dictador, logró cambiar las cosas con la rígida condición de aclarar que era un tango que relataba la decadencia argentina. A los pocos días pudo estrenarse con un trío que armó de apuro Pettorossi y la voz del tenor Gino Franci. A fines de 1932 lo grabó Agustín Magaldi y un año después Gardel, los dos en Buenos Aires.

    Pero no terminarían ahí las peripecias de Acquaforte.

    En un reciente libro, Manuel Adet recordó: “Hace muchos años un amigo tanguero con aficiones literarias me dijo que la poesía de Acquaforte la había escrito Roberto Arlt, quien inició su fama periodística y más tarde literaria con Aguafuertes porteñas. Hay leyendas que a veces uno tiene ganas de creer por más que la realidad diga exactamente lo contrario. Sonaba lindo que Arlt fuera el autor, donde un hombre derrotado por los años y los fracasos habla de las miserias de un mundo en un sórdido cabaré. Sí, suena lindo, pero no es cierto. El letrista es Marambio Catán y listo, que fue contemporáneo y amigo de Arlt, en la década de 1930, cuando era más cantor que poeta”.

    Y es Adet quien ha dicho que pretender politizar Acquaforte es condenarlo. Según dice, en ese tango hay algo mucho más personal que “de protesta”:

    —Escandalizarse por la injusticia social o por la bajeza humana no alcanza para ser de izquierda.

    No sé, lector.

    Un viejo verde que gasta su dinero/ emborrachando a Lulú con su champán,/ hoy le negó el aumento a un pobre obrero/ que le pidió un pedazo más de pan…

    Lo que no sé es si al tango, ahora como antes, hay que pedirle algo más que la pintura descarnada de la realidad cotidiana.

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