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No cualquier músico abre un concierto con un tema llamado “La puta está de vuelta”. A la mayoría le quedaría grande, grotesco, impostado. Muy pocos pueden hacerlo con la autenticidad y el swing que el señor Elton John demostró el lunes 4 en el Parque Central. Con el golpe encadenado de bombo y redoblante comenzó “The Bitch Is Back”. Mientras la banda introducía el tema, desde el fondo del escenario, al pie de la tribuna Abdón Porte, irrumpió el hombrecito vestido de traje azul tapizado de brillantina, lentes al tono y peluca color cobre. Con puntualidad británica, apenas cuatro minutos después de las 21 horas, dio una vuelta por el escenario, ágil y enérgico, saludó a los 15.000 espectadores haciendo gala de una buena condición física, mostró la leyenda “Fantastic” estampada en su espalda y se sentó frente a su piano de cola Yamaha. “I’m a bitch, I’m a bitch, Oh the bitch is back, Cause I’m better than you, It’s the way that I move, The things that I do”, cantó el señor John con sus cuerdas vocales en muy buena forma, una canción escrita hace 39 años junto a Bernie Taupin, elegida como segundo single de “Caribou”, su disco consagratorio.
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Durante las siguientes dos horas y media el público, que colmó todos los sectores numerados del estadio y despreció las localidades populares dejando semivacío el sector trasero del campo y la tribuna Scarone, se puso de pie una y otra vez para aplaudir la sucesión de grandes canciones que tocó una banda con cuatro décadas de carretera, muy bien afiatada y poco afecta a alardes de virtuosismo. Cinco correctos sesionistas —bajo, batería, percusión, guitarra y teclados— que se conocen de memoria, lookeados a tono con la estrella del espectáculo, con trajes, sombreros y anteojos onderos, melenas rubias y afectos a lanzar guiñadas a las cámaras y otros tics, secundaron con oficio al actor central, imán de todas las miradas y destinatario de todas las ovaciones.
A un costado, cuatro señoras cantantes negras, todas mayores de 50 años, se florearon tanto en los magníficos solos como en los abundantes arreglos corales presentes en el repertorio de un músico que aprendió escuchando a los grandes del blues, soul y R&B y condensa en su “piano rock” esa fuerte influencia negro-americana con un gran talento como melodista, baladista y cantante.
Pese a que la mayor parte del público no coreó los estribillos en forma masiva ni respondió con ímpetu cuando John lo pidió, el recital transcurrió con una fluidez aceptable durante la mayor parte los 150 minutos de su estadía en el estrado. Tanto con la banda como solo con su piano, el hombre cantó sus propias canciones y demostró un gran dominio de los códigos de un show de estadios, con escasas y sobrias alocuciones que se limitaron a comentar brevemente una canción, a saludar al público local y a presentar a su elenco.
En una gira titulada “Rocket Man: The Definitive Hits” era bastante lógico que la mayor parte del set list haya estado compuesto por canciones de los años 70. El ritmo de “Benny and the Jets” y “Tiny Dancer” (dedicada a las mujeres), la melodía de “Grey Seal” y “Levon” y la fuerza de “Believe”, con ese coro negro que ubicó la voz de John en un marco sólido y elegante, señalaron el camino en la primera mitad del concierto. John conserva su caudal vocal, su color, su gravedad, su ataque de raíces negras, su vibrato leve, y eso arroja luz a su repertorio y permite lucir sus grandes condiciones como compositor. Apenas en contados pasajes dejó alguna nota muy aguda a cargo de su coro, como en el estribillo vocal de “Goodbye Yellow Brick Road”, una de las más brillantes composiciones que se propagaron por La Blanqueada, más allá de los límites del cemento tricolor.
Baladas como “Candle in the Wind”, escrita originalmente para Marilyn Monroe, aunque el 99 por ciento de los presentes la asoció con Diana Spencer, “The One”, “Sorry Seems to Be the Hardest Word” —solo al piano— y “Don’t Let the Sun Go Down on Me”, fueron muy celebradas por el público y por el propio intérprete, que se levantó varias veces de su piano para agradecer el aplauso. La única excepción al criterio de selección fue la notable “Hey Ahab”, de su último disco, en colaboración con Leon Russell.
Está claro que John no es un pianista de excepción y eso fue evidente en la escasez —y repetición un tanto abusiva— de recursos en los abundantes solos que intercaló, especialmente en los temas más “movidos”. Domina las escalas armónicas de su instrumento pero repite una y otra vez los mismos firuletes pianísticos, que recuerdan más a ejercicios de digitación típicos de conservatorio que a un solo improvisado y producto de la inspiración inmediata. La misma pobreza de ideas reflejaron los solos del veterano guitarrista que lo acompaña desde hace 41 años, poblados de clichés repetitivos y predecibles. De todos modos, este artista que cumplirá 66 años el próximo 25 de marzo, nunca fue un solista estrella ni nada que se le parezca, y su público no asiste a sus conciertos con las mismas expectativas que una platea de un festival de jazz. Lo importante en un concierto de un cancionista como Elton John son sus letras y sus melodías, y las canciones fueron las protagonistas excluyentes.
“Honky Cat”, “Sad Songs”, “Daniel”, “I’m Still Standing” y “Crocodile Rock” guiaron el concierto hacia su remate. Luego de “Saturday Night’s Alright for Fighting”, la banda se retiró y cumplió el habitual ritual del bis, en el que existe un pacto tácito entre el artista y su público para que se produzca el inmediato regreso. Pero esta vez no hubo demasiadas concesiones sino una despedida con un himno contundente: “Your Song”, una de las mayores baladas y el primer gran éxito de una trayectoria que ya superó los 40 años.
Saliendo por Urquiza rumbo a 8 de Octubre, la multitud se fue a dormir satisfecha con el concierto de un músico honesto, que no da más de lo que puede ni promete imposibles, sino que explota al máximo sus grandes virtudes y hace brillar su singularidad.