Este libro breve contiene mucho y muy bueno.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay una oficina para poetas malditos.
Hay un alpinista que cuelga en el abismo y por alguna razón va a parar a una cocina donde realiza las tareas una hermosa joven de la que se enamora inmediatamente.
Hay gente que no puede llorar nunca. Para ellos existe el milagro del llanto cuando entran en un almacén y el dependiente les suelta la devastadora sentencia: “Sal no nos queda”.
También hay un número de music hall en el cual un tigre de traje y corbata y una mujer ocupan el palco de un teatro, consultan el programa, cuchichean y observan al resto del público.
Y un relato sobre oraciones favoritas para justificar la construcción de una novela, como “Pase, amigo, está en su casa” o “Chófer, se gana usted mil francos si llegamos a coger el rápido de Marsella en la Gare de Lyon”, a las que podríamos agregar “Este año, debido a la pandemia…” o la tan original de los corresponsales televisivos: “La noticia cayó como un balde de agua fría”.
Sobre los sueños se nos advierte que el hombre despertado “siempre puede alegar legítima defensa”, una verdad incuestionable que a la larga implicaría la muerte de una mitad de la humanidad para que descanse como se debe la otra mitad.
“Lentejas, comida de viejas, si quieres las tomas y si no, las dejas” es el preciado elemento de la exquisita historia cuyo protagonista es el señor K., quien comete el error de lanzar el latiguillo durante una cena, provocando rubor y piedad por el chiste malo en los comensales e ira púrpura en el rostro de su esposa.
Alucinados, mordaces y surrealistas son los textos reunidos en El maquinista y otros cuentos (Malpaso, 158 páginas), del francés Jean Ferry (1906-1974), un señor bajito, pelado y con lentes, especialista en patafísica y otras disciplinas de riguroso corte imaginario.
Además de jugar con las palabras como un endiablado puntero y de ser uno de los miembros honoríficos para subvertir el mundo, según lo consignó André Breton, el engañosamente inofensivo Ferry fue un destacado guionista que colaboró con Buñuel, Clouzot, Malle, Carné y Harry Kümel, entre otros. Sí, la maravillosa Malpertuis (1971), película de culto dentro de las aún más reducidas de culto, fue adaptada por Ferry a partir de una novela de Jean Ray.
Si batiésemos con una mosqueta páginas de Borges, Kafka y Raymond Roussel, el resultado sería una alquimia de letras que rápidamente se juntarían invocando el nombre de Jean Ferry.
E.A.L.