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    Lejos de casa

    Dunkerque o el mejor Christopher Nolan

    Las películas bélicas integran uno de los géneros más populares del cine, y en particular las ambientadas en la I y en la II Guerra Mundial. Existe la posibilidad de desplegar ejércitos de extras, generar explosiones y dar entrada a cantidad de barcos, tanques y aviones. Es como dirigir una gran orquesta: el escenario es el campo de batalla y los instrumentistas se mueven a lo largo y ancho de la pantalla con su estruendosa música de disparos, bombas, motores que aceleran, fuego y humo. Es un horror, pero se monta como un espectáculo.

    Por supuesto, también existen películas bélicas —o antibélicas— en las que los instrumentos son pocos, los campos de batalla no son extensas praderas quemadas o desiertos o playas rojas de sangre, sino despachos de oficiales donde se beben licores caros y se habla del desacato de los otros, de los soldados rasos, como en La patrulla infernal (Paths of Glory, 1957), de Stanley Kubrick. También furibunda contra los altos mandos, esos que dan órdenes sin ensuciarse y esquivan la culpa, era Por la patria (King and Country, 1964), de Joseph Losey, una trágica historia en oscuras trincheras donde nunca para de llover.

    En el caso de Kubrick, el efecto más potente y siniestro de una guerra está dado en la escena final, cuando Kirk Douglas contempla el interior de una taberna con soldados en plena juerga de mujeres y bebida, esos mismos soldados que se acostarán borrachos y a la mañana siguiente partirán hacia el frente de batalla y con toda probabilidad serán acribillados.

    Las imágenes de Losey tampoco tienen que ver con los muertos de un ejército y del otro. Impacta más el cadáver hinchado de un caballo, que es apaleado para que las ratas huyan de sus entrañas. Más allá del tema del honor y la traición a la patria, en una guerra la carne de todos los animales se pudrirá de una forma más precipitada y nauseabunda.

    Dunkerque, de Chris­topher Nolan, está más cerca de Rescatando al soldado Ryan, de Steven Spielberg, y de las puestas en escena orquestales —por el movimiento de los extras y los espacios abiertos sin resguardo, por las explosiones y las escenas de acción— que de los ejemplos más intimistas de Kubrick y Losey. Es como si fuese un largo plano secuencia de gente desesperada intentando salvarse.

    La película arranca con un soldado algo despistado que camina por una bella ciudad silenciosa y desierta. Estamos en 1940, en los comienzos de la II Guerra Mundial. De pronto estallan tiros por todos lados, y a partir de allí, la acción no se detiene ni un instante. Las tropas aliadas (británicos, franceses, belgas) han quedado acorraladas por las fuerzas alemanas en Dunkerque, un pueblo costero francés en el Canal de la Mancha, a pocos kilómetros de las islas británicas. En su retirada, cerca de 400.000 soldados aliados se concentran en la playa, haciendo fila, a la espera de ser rescatados. Pero los grandes barcos no pueden llegar a la costa debido a la escasa profundidad de las aguas, y los soldados quedan a merced, como blanco fácil, como muñecos, de la aviación alemana.

    En total fueron 10 días de batalla, esto es, de resistencia y resignación, en los cuales acudían pequeñas embarcaciones civiles para rescatar a los soldados de a puñados, idea que se resume en la maravillosa secuencia de dos soldados cargando a un herido en una camilla, mientras embarcaciones de todos los tamaños zarpan repletas de heridos. En el muelle, con la vista clavada en el horizonte, dice el oficial británico interpretado por Kenneth Branagh: “Y pensar que se ven las luces de casa”.

    Nolan mantiene el pulso en todo el metraje. Los personajes son muchos pero desplegados a lo largo de la fila que espera, como si la tragedia necesitase un sujeto colectivo y no la suma de singularidades. Las intervenciones son breves, como los solos en una orquesta donde hay muchos otros músicos esperando para tocar. Cillian Murphy muestra el lado desesperado de la guerra; Mark Rylance (Oscar por Puente de espías) el lado valiente desde los civiles; Tom Hardy es un heroico aviador en el papel que menos trabajo le debe haber demandado en toda su carrera.

    En anteriores oportunidades Nolan comenzaba bien (El origen, la saga de Batman, Interestelar, Insomnia, Memento) pero en algún trayecto se quedaba sin fuerzas, o sin la misma convicción inicial, o la pretensión resultaba desmedida. En Dunkerque mantiene la energía en los poco más de 100 minutos de metraje. A pesar de la espectacularidad de los barcos hundiéndose o de las escenas bajo el agua, no pretende mostrar nada nuevo ni dejarse llevar por los efectos especiales. Y sabe dibujar detalles, como el soldado quebrado que ya no puede soportar la tremenda espera en la playa —un lapso de reposo y bombas, otra vez reposo y de nuevo bombas—, deja sus elementos de combate, como quien se quita la ropa, y se introduce en el mar hasta desaparecer.

    Nolan hizo, hasta el momento, su mejor película. Y en 70 mm.

    Dunkerque (Dunkirk). EE. UU., 2017. Dirección y guion: Christopher Nolan. Con Fionn Whitehead, Damien Bonard, Jack Lowden, Kenneth Branagh, Cillian Murphy, Tom Hardy. Duración: 106 minutos.

    Eduardo Alvariza

    Vida Cultural
    2017-07-27T00:00:00

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