A semanas de que el gobierno comience con la venta en farmacias de marihuana para fines recreativos, el interés internacional en el modelo uruguayo vuelve a despertar. A mediados de agosto John Walsh, socio senior de la organización sin fines de lucro Washington Office for Latin America (Wola), y John Hudak, miembro senior del Brookings Institute, visitaron Montevideo para entrevistarse con miembros del actual y pasado gobierno así como integrantes de la sociedad civil. Con lo que encontraron armarán un informe sobre el avance de la ley 19.172, que regula el consumo, venta y distribución del cannabis recreativo y medicinal.
Pero a tres años de aprobada la norma, a estos expertos en políticas públicas y drogas se les hace difícil justificar el “muy lento avance” del “experimento” uruguayo, único no tanto por haber permitido la venta de cannabis a escala nacional sino por haberlo hecho sin el aval de la ciudadanía. En diálogo con Búsqueda, Walsh opinó que el Frente Amplio necesita “mostrar resultados” para ganar apoyo y debería tener “un plan B pronto para ser aplicado”. Su organización, Wola, fue un think tank clave para el gobierno, brindándole asesoramiento y defendiéndolo a escala internacional en su enfrentamiento con las convenciones de Naciones Unidas. Hudak, por su parte, consideró que si el deseo del Poder Ejecutivo era tener a la ciudadanía de su lado “con esta ley han hecho efectivamente todo lo que pudieron en el sentido contrario”. Ambos vislumbran que uno de los primeros cambios que la administración deberá enfrentar estará en la definición de los puntos de venta, probablemente sustituyendo las farmacias. A continuación un resumen de la entrevista.
—¿Cómo calificarían el avance de la ley uruguaya?
John Walsh (J.W.)— Se trata de un proceso muy lento. Es mucho tiempo con un aspecto tan importante de la norma (la venta en farmacias) aún por consolidar.
John Hudak (J.H.)— Ha sido tremendamente lento. La velocidad no necesariamente es algo positivo y eso lo hemos visto en Estados Unidos (EEUU) con sistemas que enfrentaron tremendas dificultades por haberse movido muy rápido. La lentitud puede ser vista como cautela, pero también descuido. En EEUU algunos estados han demorado la aplicación de este tipo de reformas adrede con la esperanza de que significara una derrota. No estoy preparado para decir que este es el caso de Uruguay, pero se justifica poco decir que es solo por ser cuidadosos. Hay algo más que está demorando esto, que no es técnico, no es tecnocrático y no es del todo positivo.
—La ley se aprobó pese a que las encuestas marcaban el rechazo de la mayoría de la población. ¿Eso influyó?
J.H.— En un caso así lo mejor es demostrar la viabilidad del proyecto y cambiar la opinión pública. Cuando apruebas una ley impopular y la dejas descomponerse, negándote a mostrar sus beneficios, todo lo que haces es dar a tus oponentes razones adicionales para rechazar la ley. En EEUU el programa de salud Obamacare fue aprobado en oposición a la opinión pública. Pero su implementación tuvo tantos efectos positivos que esa falta de apoyo inicial cayó. La administración de (Tabaré) Vázquez no tiene eso. Y si el deseo del gobierno es tener a la opinión pública de su lado, con esta ley han hecho efectivamente todo lo que pudieron para obtener el resultado contrario.
J.W. —Estoy de acuerdo. Pero creo que el momento clave vendrá en los próximos meses con la venta en farmacias. El gobierno ha enfatizado que debieron tener cuidado por ser los primeros en hacer esto, enfrentando desafíos que no anticipaban y con problemas difíciles de afrontar políticamente. Eso requería cautela. Pero cuanto más tiempo demores siendo precavido, mejor debes ser una vez que se implemente la ley. Esa es la línea delgada sobre la que están caminando. La gente va a aceptar que es una ley única en el mundo y que tiene sentido tomarse su tiempo, pero si aun así no parece funcionar, será mejor que logres adaptarte rápido en lugar de abrazarte a algo que parece no prosperar. La prueba real vendrá cuando la venta en farmacias progrese, o no. ¿Podrá entonces el gobierno reaccionar rápido a ese contratiempo? Ese será un punto clave.
—¿Qué tan válida es la justificación de que es una ley inédita?
J.W.— Es un argumento muy válido, sobre todo con un público escéptico. El partido que aprobó esta ley estaba por delante de la opinión pública, por lo que necesitas mostrar resultados. La ciudadanía, además, no parece particularmente interesada en este asunto, por lo que quizás haya un poco más de tiempo para trabajar sobre los errores una vez que se implemente esta primera etapa. Para que no dé una mala impresión y parezca que (la ley) es inmanejable debería haber un plan B pronto para ser aplicado.
J.H.— Estoy de acuerdo con el final de esa respuesta. Pero en algún punto el argumento de que Uruguay es el primer país en aplicar este tipo de ley está sobreactuado. Inicialmente era un gran experimento, único por hacerse a nivel nacional. La preocupación era qué iba a pasar en la política de la comunidad internacional con un Estado que se parara y explícitamente violara las convenciones. Eso ya sucedió. Es claro que Uruguay no va a ser penalizado, que las convenciones de Naciones Unidas no se quebrarán y que aliados poderosos alrededor del mundo no le están dando la espalda a Uruguay. Ahora, en lo que respecta al sistema interno, no es tan único. Modelos similares se han aplicado sobre poblaciones más extensas mucho más rápido de lo que ha ocurrido aquí. En EEUU tienes marihuana medicinal en varios estados y muchos son más grandes que Uruguay. Además tienes marihuana con fines recreativos en tres estados, cada uno de los cuales tiene más población y mayor tamaño. El “experimento único” se queda corto como justificación real para lo que está pasando con las dinámicas internas del país.
J.W. —Pero la razón por la que no hubo represalias a escala internacional es que el gobierno se manejó muy bien. Y eso fue porque construyó una ley que lo protegió de la condena internacional, pero hizo su aplicación más complicada. También creo que los estados de EEUU que aplicaron modelos similares tuvieron la ventaja de hacerlo con la votación de sus ciudadanos (en plebiscitos) y en algunos casos por mayoría abrumadora. En Uruguay existía reticencia. Esa es una razón más para asegurarse que la implementación se produzca lo más rápido y fluidamente posible. Hay gente que está esperando para decir: “Te lo dije, esto nunca iba a funcionar”.
—Ustedes dicen que no necesariamente es un experimento único. ¿Por qué su interés en estudiarlo? ¿Qué hay en juego?
J.H. — Tiene una importancia crítica para la región y para la comunidad internacional. Uruguay tiene uno de los sistemas institucionales más estables y maduros de América Latina. Es un país con valores democráticos muy fuertes, lo que crea el ambiente indicado para una experimentación política osada. Los países con instituciones débiles enfrentan una variedad de desafíos, siendo la corrupción el más importante. Si la marihuana recreacional no es exitosa en un país como Uruguay, ¿dónde en Latinoamérica puede serlo? Y podemos ampliar esa duda: ¿dónde en África? ¿Dónde en Asia? Las excepciones son, probablemente, EEUU y algunos países de Europa Occidental que tienen instituciones tan o más fuertes. Si Brasil, Paraguay o Jamaica fracasaran podrías decir que tiene sentido porque tienen instituciones débiles o porque el gobierno no puede manejar algo así. Nadie va a pensar que el gobierno uruguayo no es tan fuerte como para hacer que esto funcione. Justa o no, esa será la percepción. Si Uruguay fracasa, el siguiente país que maneje la idea de la legalización de la marihuana para adultos se lo pensará dos veces.
—¿Los gobernantes uruguayos son conscientes de esto?
J.W. —No lo hemos hablado, pero creo que son conscientes de que el mundo sigue con interés lo que pasa aquí. Cuando eres el primero hay mucha presión, precisamente porque no hay ejemplos. Otros países con instituciones menos fuertes podrían pensar que si Uruguay lo está teniendo difícil, sería mucho más para ellos. Pero si tiene éxito, podrían decir que un modelo similar no les funcionaría porque Uruguay tiene instituciones más fuertes. No hay un resultado en el que todos ganen. La pregunta es: si la implementación de la ley no tiene éxito en los próximos meses, ¿Uruguay tiene la capacidad de revisarla y probar otra vez, o ya está? Eso es lo que va a marcar cómo los demás Estados vean el modelo uruguayo. Veremos en el próximo año qué dirección se sigue.
—¿Les sorprendió que la venta de marihuana medicinal no esté en funcionamiento?
J.H. —Absolutamente. El apoyo al consumo de marihuana con fines medicinales es superior al consumo recreativo, en Uruguay y en EEUU. Hay una motivación democrática que debería llevar a que la habilitación de la marihuana medicinal fuera antes. Pero aquí está pasando justo lo contrario. Es más, tienes cultivadores comerciales que están viendo la marihuana medicinal como una oportunidad desde el punto de vista cultural, ideológico y sobre todo económico. En EEUU ocurre lo contrario: la mayoría de las empresas ven que la mina de oro es la recreativa. Todo lo que sabemos sobre el mercado cannábico está de cabeza aquí. Eso no es necesariamente una crítica, solo es sorprendente. Pero desde el punto de vista de la opinión pública no tiene sentido: ¿por qué vas a avanzar en algo que tiene a dos tercios de la población en contra, pero empujas menos algo que apoya la mayoría del país?
—¿Qué consecuencias puede tener la venta en farmacias en comparación con otros modelos que no las usan como punto de venta?
J.H. —Requiere de una profesión que históricamente ha sido conservadora y que ha tenido un involucramiento prohibicionista con este producto, en el que además han sido entrenados académicamente. Se crea un problema cultural. En general, las reformas pro marihuana llevan a una batalla constante con la cultura, los prejuicios y los legados históricos. Pero en el campo de la medicina a menudo hay obstáculos aún más grandes. Entre el público hay prejuicios del tipo “todo el que consume marihuana es un vago”. Pero entre doctores, enfermeros, profesionales de la salud mental y farmacéuticos enfrentas eso sumado a los obstáculos científicos de una comunidad que se construyó considerando la marihuana como un daño social sin beneficios medicinales ni recreativos. Que el modelo uruguayo fuerce a la venta a través de esa comunidad solo crea más desafíos para el sistema y para el consumidor. En los dispensarios de EEUU, donde no hay profesionales de la salud, hay una actitud casi adolescente de los usuarios no regulares que compran por primera vez: son tímidos, usan lentes de sol, no miran a los ojos del vendedor. Se comportan como si estuvieran comprando condones. Imagínate tener que hacer eso frente a un profesional de la salud, sintiéndote aún más incómodo y probablemente juzgado. La motivación (del gobierno) estaba en el lugar correcto, pero si piensas en cómo ese punto de venta se ve realmente surgen dificultades. La mejor alternativa sería tener otro mecanismo de venta.
J.W. —Existe una chance de que la venta en farmacias sea una de las áreas en las que el gobierno tenga que hacer cambios. Si hay muy pocos puntos de venta y la cantidad de compradores supera ampliamente esa capacidad —con la suficiente producción— quizás haya que pensar en otro esquema. Las dificultades que se han presentado para llegar a este punto y las dudas que persisten sobre la venta en farmacias sugieren que se necesita de un plan B.
J.H. —Y allí está la verdadera belleza de una ley que está repleta de flexibilidad, y de posibilidades de aplicar cambios a nivel Ejecutivo sin la necesidad del Legislativo. En EEUU eso no sucede. Aquí todo lo que necesitas es que el gobierno reconozca que hay un problema. No necesitas discusiones parlamentarias o convencer al público. Solo que el gobierno esté convencido de cuál es el camino correcto y lo aplique. Uruguay puede estar en una posición privilegiada en comparación con el resto de los modelos que se aplican en el mundo, porque puede encontrar sus errores y solucionarlos en lugar de tener que mantener un sistema roto o abandonarlo por completo.