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    Living Centenario

    Roger Waters llenó 40.000 cabezas de Pink Floyd

    Se apagan las luces, el Estadio tiembla. En la mayor pantalla jamás instalada en Uruguay emerge una fábrica. Cuatro chimeneas suben lentamente por detrás y comienzan a humear. Desconcierto. Asombro. La industria emergente es la Battersea Power Station, la central eléctrica londinense por la que pasaba Roger Waters en sus tiempos de estudiante de Arquitectura. Asoma un cerdo rosado inflable. Se llama Algie. La portada de Animals es recreada en el Centenario. Suenan las guitarras de Dogs y se desata ese viaje sónico de 17 minutos. Luego viene Pigs, con su furibundo —y redundante— escrache a Donald Trump en la pantalla (sobró el “Trump es un cerdo”, ya estaba clarísimo). Esa media hora del mejor rock progresivo es el cenit musical de un concierto que, con epicentro en la obra de Pink Floyd, ya quedó en la historia.

    Los 20 minutos iniciales con la imagen de esa mujer sola en la playa sincronizan la sensibilidad de los 40.000 espectadores. Será un concierto para escuchar, para contemplar. No viviremos esa comunión efervescente que nos encendió en los de McCartney y los Rolling. Las emociones viajarán por otro carril, un viaje sensorial no menos intenso pero más mental y reflexivo, con toques performáticos y un fuerte tono político. Una puesta en escena esencialmente audiovisual, ideal para ser apreciada desde la Tribuna Colombes, donde ese gigantesco cinemascope se ve como un plasma de 80 pulgadas en el living. El mejor sonido envolvente que jamás sonó en la ciudad cautiva desde una decena de torres de altavoces.

    Suena tan increíble el acorde inaugural de Breathe (In the Air), seguida de Time y Money como el bajo de One of These Days. Al cincuentón nostálgico le tiembla la perita. Suena Welcome to the Machine y las animaciones visuales nos depositan en los 70, con todo lo bueno y lo malo que tuvieron. Las cantantes Jess Wolfe & Holly Laessig nos deslumbran con su electrizante versión de The Great Gig in the Sky. Llega el momento de la suite The Happiest Days of Our Lives y las partes 2 y 3 de Another Brick in the Wall. Entran en acción los niños del coro Giraluna, en la piel de esos presos encapuchados, con la leyenda “Resist” en el pecho. Las sonrisas que cruzan con Waters son de verdad. Que les quiten lo bailado.

    Waters logra en esta gira la mejor síntesis posible de su obra y la agrupa del modo más coherente, contundente y actual. Después, cada uno hace su viaje.

    Hay más postales. The Last Refugee, Picture That y Us and Them, con esos clips estremecedores sobre las víctimas de la guerra (nunca es demasiado para resistir a la masacre); la portada de The Dark Side of the Moon materializada en láser sobre las 40.000 cabezas en Brian Damage; el final esperanzado en Confortably Numb cuando aquella madre que esperaba se abraza con su hija. Waters se expuso, sacudió estantes en varias tiendas, sembró las redes de buenos e interesantes debates y dejó a algunos muy enojados. Pero también instaló sensaciones imborrables en quienes pudimos estar ahí.

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