Si alguien hubiese pronosticado en 1972 que Clint Eastwood iba a convertirse con el tiempo en un gran director, la mayoría se habría reído. “¿Quién? ¿Ese cowboy de los spaghetti westerns? ¿Ese republicano reaccionario de Harry el Sucio? ¡Por favor!”. Pero los años pasaron y el viejo Clint ganó su primer Oscar como director por Los imperdonables (1992), que era ni más ni menos que un western, y repitió ese premio con Million Dollar Baby (2004), una historia humanista que estaba muy alejada de lo que podría haber hecho con ella un republicano reaccionario.
¿Dónde había quedado archivado aquel violento policía de San Francisco que manejaba su Magnum 44 con gatillo fácil y que liquidaba a malhechores sin atenerse a los reglamentos oficiales? Pues el viejo protagonista de Gran Torino (2008) podría muy bien ser ese mismo Harry Callahan retirado, aunque su violencia se había transformado en una calma reflexiva, una actitud tolerante y un rechazo visceral a la brutalidad ejercida por una patota de delincuentes que aterrorizaba al barrio. Esa evolución para muchos sorprendente ya se insinuaba en Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997) y era un hecho en Río Místico (2003) y en el díptico La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima (2006): Clint Eastwood no solamente era un dramaturgo que exploraba las dudas y contradicciones de la condición humana sino que lo hacía con una fórmula cinematográfica segura y convincente que sabía comunicar ideas y emociones. Era, en suma, un gran director.
El pasaje por Italia y el cowboy sin nombre.
Clint Eastwood nació el 31 de mayo de 1930 en San Francisco, California. Sus padres se movían constantemente de lugar y, al instalarse en Seattle en 1951, él trabajó como guardavidas e instructor de natación para el Ejército durante dos años antes de regresar a California. Firmó contrato con Universal-International y desde 1955 apareció en varias películas del estudio sin figurar en el reparto. En 1959 logró el papel de Rowdy Yates en la serie de TV Rawhide y pareció que allí se quedaría para siempre, pero en 1964 el director italiano Sergio Leone le ofreció el protagónico del spaghetti western Por un puñado de dólares sólo porque James Coburn exigía U$S 25.000 y él aceptó unos módicos U$S 15.000.
Según declaraciones propias, después de aparecer en Rawhide durante cinco años su agente le preguntó si no estaría interesado en hacer un western en Italia y en España y él contestó que no. Como en aquel momento el cine italiano utilizaba los escenarios que dejaban las producciones hollywoodenses en Cinecittà para hacer baratas producciones históricas, el panorama no era muy prometedor. Pero al leer el guión se dio cuenta de que estaba prácticamente levantado de Yojimbo, de Akira Kurosawa (1961), a quien admiraba enormemente. El personaje del “cowboy sin nombre” se hizo muy popular luego de las tres películas que hizo para Leone (las otras: Por unos dólares más, 1965, y Lo bueno, lo malo y lo feo, 1967), donde se dobló a sí mismo para la versión en inglés. En Uruguay se exhibieron antes que en EEUU, donde llegaron recién en 1968.
Pero Eastwood ya estaba decidido a volver a Hollywood y hacer su carrera allí, ya fuera en westerns (La marca de la horca o Hang’em High, 1967, de Ted Post), policiales de acción (Mi nombre es violencia o Coogan’s Bluff, 1968, de Don Siegel), aventuras bélicas (Donde las águilas se atreven o Where Eagles Dare, 1969, de Brian G. Hutton) y hasta musicales (La leyenda de la ciudad sin nombre o Paint Your Wagon, 1969, de Joshua Logan) donde hasta tuvo que cantar. Tenía ya cerca de 40 años y necesitaba un éxito importante, ese tipo de película que identifica a un actor y lo hace recordable para siempre. Y su amistad con Don Siegel, a quien, junto a Leone, siempre consideró como su maestro, le permitió aparecer en dos películas importantes de 1971, además de debutar como director para su propia productora a la que llamó Malpaso en honor a su agente, que le había dicho que trabajar en Italia con Leone iba a ser a “bad move”. A juzgar por lo ocurrido, ese “mal paso” nunca fue tal.
Al fin el éxito, la fama y… las críticas.
Con Don Siegel ya había hecho dos películas: Mi nombre es violencia y el western Los buitres tienen hambre (Two Mules for Sister Sara, 1969, con Shirley MacLaine), pero El engaño (The Beguiled, 1971) era un estilizado y gótico filme de época con toques de horror, con Clint acechado por mujeres encabezadas por la pérfida Geraldine Page. Sin embargo, Harry el Sucio (Dirty Harry, 1971) fue el escalón definitivo en la carrera de Eastwood. Los productores querían a John Wayne, Frank Sinatra o Robert Mitchum, porque daban más con la edad del personaje. pero Siegel se la jugó por Clint y él finalmente coprodujo el filme que lo convirtió en superestrella. Claro que el policía brutal que buscaba justicia aunque los impedimentos burocráticos (y legales) se interpusieran, provocó el griterío de los críticos de izquierda, que lo tildaron de ultrarreaccionario y hasta de fascista.
Es cierto que Clint, quien más tarde adheriría a “las ideas libertarias”, proclamaba su simpatía por el ala moderada del Partido Republicano (nacida según él de su admiración por el Gral. Dwight D. Eisenhower, héroe de la II Guerra Mundial), pero también es cierto que la época tratada estaba signada por la violencia política y social (Vietnam, rebeliones estudiantiles, descontento popular) y que particularmente en EEUU el tráfico de drogas y las mafias organizadas estaban haciendo de las suyas (no en balde Contacto en Francia y El Padrino salieron al cruce en ese momento). El asesinato de los dos Kennedy, el de Martin Luther King y posteriormente el escándalo Watergate eran todos hechos políticos que estaban en la prensa y en la memoria de la gente, así que no era extraño que individuos como Harry el Sucio procuraran sus objetivos a cualquier costo. Era un producto de su tiempo: el héroe individualista que lucha por la justicia y choca contra intereses espurios que se burlan de ella. El público no tenía más remedio que simpatizar con Harry el Sucio, ya que sus superiores eran ineptos, corruptos y peligrosos. Los críticos de izquierda elogiaron la dinámica dirección de Siegel y odiaron al policía encarnado por Eastwood, identificando al actor con el personaje en una temeraria (y errónea) simbiosis ideológica.
Pero ese mismo año, Clint dirigió Obsesión mortal (“Play ‘Misty’ for Me”, 1971, estrenada en Uruguay en 1972), donde revelaba condiciones insospechadas como realizador al frente de un un asunto melodramático donde la violencia es ejercida por una mujer psicótica (Jessica Walter) contra el disc jockey que seduce y al que luego intenta matar (el propio Eastwood). Esa primera incursión detrás de cámaras fue seguida por un western clásico (La venganza del muerto o High Plains Drifter, 1973) y por un título romántico (Interludio de amor o Breezy, 1973), sobre la compleja relación entre un hombre maduro (William Holden) y una mujer más joven (Kay Lenz). Trabajando sin parar y cuidando siempre la calidad de su producto (comercialmente potable y estéticamente atractivo), Eastwood protagonizó o dirigió —o ambas cosas a la vez— una serie de títulos exitosos donde Malpaso figuraba siempre en los créditos, asociada mayormente a los estudios Warner Brothers.
La consolidación de un artista exigente.
El western siempre fue el género más original del cine, pero en cierto momento perdió vigencia. Hollywood no lo atendía como antes, porque la repetición de fórmulas había cansado al público, o tal vez porque el viraje hacia un estilo que canjeaba la acción clásica por honduras psicológicas lo había sumido en oscuras complejidades. Y lo peor, porque los baratos spaghetti westerns habían terminado por corromper las bases del género y ridiculizar a sus personajes. Pero tanto El fugitivo Josey Wales (1976) como El jinete pálido (1985) venían a revalorizar un tipo de cine clásico que volvía por sus fueros, con el único actor-estrella capaz de recuperar a un público indiferente. La culminación fue Los imperdonables (1992), con su Oscar muy merecido, premio que venía a reconocer los esfuerzos de un artista que todavía creía en aquel género tan querido y que se atrevía a reformularlo sin hacerle perder sus características esenciales.
En el medio, hubo otros cuatro filmes con Harry el Sucio: Magnum 44 (Magnum Force, 1973, de Ted Post), Sin miedo a la muerte (The Enforcer, 1976, de James Fargo), Impacto fulminante (Sudden Impact, 1983, del propio Eastwood) y Sala de espera al infierno (The Dead Pool, 1988, de Buddy Van Horn), fieles a la misma tónica. Y varios títulos de acción, con temáticas variadas: Especialista en el crimen (Thunderbolt and Lightfoot, 1974, de Michael Cimino), Licencia para matar (The Eiger Sanction, 1975) y Ruta suicida (The Gauntlet, 1977), ambas dirigidas por él, y Alcatraz, fuga imposible (Escape from Alcatraz, 1979), la última colaboración con Don Siegel.
Algunos temas muy personales como Bronco Billy (1980) y Honky Tonk Man (1982) lo mostraron como un actor mucho más versátil y desenvuelto, pero fracasaron en la taquilla. En los años 80 pareció que una serie de pasos desafortunados iba a sepultar su carrera, pero títulos como Bird (1988) y Cazador blanco, corazón negro (1990) enfocados sobre dos de sus pasiones (la vida de un músico de jazz, un episodio en la trayectoria de John Huston, director admirado junto a Howard Hawks y a John Ford) le valieron entusiastas elogios de la crítica. El Oscar de 1992 vino a revitalizar su nombre y su prestigio, a esa altura en proceso de alcanzar un alto nivel de madurez y de plenitud artística.
Una serena madurez creadora.
Había dos maneras de encarar los filmes de Eastwood: separar aquellos títulos comerciales de temática violenta y aquellos otros que lo mostraban como un realizador sensible y talentoso. Los puentes de Madison (1995) entraba en esta segunda categoría, con el maduro romance entre Eastwood y la estupenda Meryl Streep. Medianoche en el jardín del bien y del mal (1997) era un lúcido cuadro de descomposición social, mientras que Río Místico (2003) lo mostraba en pleno dominio de su tema y de sus personajes en un drama de alto voltaje. Sean Penn y Tim Robbins recibieron sendos Oscar ese año por sus intensos trabajos, y Clint merecía también uno por la dirección. ¿Pero quién competía con El señor de los anillos en 2003?
Habría que esperar hasta el año siguiente, cuando Million Dollar Baby se llevó varios premios (película, director, actores Hilary Swank y Morgan Freeman). Según declaró Clint cuando los productores objetaron el tema del boxeo: “No se trata de eso: es la relación padre-hija”. Y el impacto emocional del filme probó de una vez por todas que Harry el Sucio era ahora un veterano lleno de sabiduría acerca del poder de los sentimientos, un humanista capaz de penetrar la sensibilidad hasta la genuina emoción.
Fue alcalde de Carmel, ha sido premiado en varios festivales europeos, fue condecorado con la Legión de Honor de Francia, compone la música de sus filmes y tiene más de ochenta años. Dirigió en 2006 dos obras simultáneas sobre puntos de vista opuestos acerca de la batalla de Iwo Jima (La conquista del honor, Cartas desde Iwo Jima, esta última hablada totalmente en japonés), ambas magistrales.
Tiene una actividad intensa con películas complejas, aplaudidas o discutidas, como la notable Gran Torino, del mismo año que El sustituto (The Changeling), con una excelente Angelina Jolie (2008), Invictus, con su amigo Morgan Freeman como Mandela (2009), Más allá de la vida (Hereafter, 2010), con Matt Damon, y J. Edgar (2011), con Leonardo di Caprio, todas las cuales lo siguen mostrando como un director ecléctico que no rehúye temas polémicos y que se siente seguro. Hace 40 años que lo está haciendo muy bien, porque ha sabido evolucionar desde un actor de spaghetti westerns a un realizador con instinto transformado luego en sólido oficio y, posteriormente, a un creador de probada sensibilidad y talento.
No podría haberlo hecho mejor.
Vida Cultural
2012-11-08T00:00:00
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