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Es una de las mejores obras teatrales del año pasado. A secas, sin entrar en categorías, géneros o circuitos. Por más que fue ignorada en los Florencio, incluso en el galardón que se abrió para los unipersonales, dada su abundancia en la temporada 2016, Encuentros en la estación del Este es una bomba dramática que estalla a pocos metros del espectador, encarnada en la pequeña humanidad de Dahiana Méndez.
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La actriz fue puntal de la disuelta compañía Complot, desde que apareció como la niña en Mi muñequita, de Gabriel Calderón, con quien volvió a trabajar en Uz y Ex, y con quien recientemente formó una familia. Con Mariana Percovich hizo Pentesilea y Proyecto Felisberto, en la que representó a la protagonista-narradora de El balcón. El año pasado fue una de las protagonistas de la serie de TV Feriados y en mayo subió a escena en la Sala 2 de Teatro Circular con este drama del francés Guillaume Vincent que retrata a Emilia, una mujer de 30 años que sufre trastorno bipolar, en su lucha titánica por sobrevivir. La obra, con traducción de Laura Pouso y dirección de Margarita Musto, se repondrá los miércoles 1º, 8 y 15 de febrero a las 22.30 a cielo abierto, en el patio de Escaramuza Libros, la casa transformada en librería en Pablo de María y Charrúa.
Sentada en una silla, la joven mira a los ojos al público. Le cuenta que toma litio desde hace mucho, que su matrimonio va y viene, que debe tomarse extensas licencias laborales obligadas, que duerme poco y muy mal, que sube y baja de peso como un péndulo y que cuando no puede más, se interna en un hospital psiquiátrico. Habla de sus ganas de ser madre y también de los momentos en que solo pensó en suicidarse. Habla de química: hormonas, enzimas, neurotransmisores, pastillas, principios activos. La química que recorre sus venas y marca el pulso de su existencia, según su grado de (des)equilibrio y compensación. El trabajo de Méndez (y Musto) es un prodigio de realismo, donde cada palabra es acompañada de gestos, miradas, tonos de voz, inflexiones, ademanes, movimientos de piernas y brazos, sonrisas nerviosas, temblores y especialmente silencios. Esos silencios que lo dicen todo.
Musto dijo a Búsqueda que intentó acercarse al formato de cabeza parlante. “Buscamos el equivalente en teatro a un documental. Trabajamos las herramientas para manejar las emociones, para decir y para ocultar algo frente a una cámara. Exploramos la forma en la que una persona puede invisibilizar sus emociones en esa situación, y cómo afloran espontáneamente cuando la cámara se apaga. Trabajamos con el latido honesto de la actuación”.
El autor, nacido en Montpellier hace 40 años, es una de las figuras emergentes del teatro francés. Dirigió clásicos como Miravaux y contemporáneos como Lagarce y estrenó esta obra en Bouffes du Nord, el teatro de Peter Brook. La traductora e investigadora teatral uruguaya Laura Pouso la vio allí y de inmediato se embarcó en traducirla (esta es la primera versión de este autor en castellano). Vincent escribió la obra como un periodista, y dice que su intención ha sido “describir, de verdad, qué es la locura”. Entrevistó durante seis meses a una mujer con trastorno bipolar en una estación de París y escribió el texto basado en esas transcripciones. Filtró expresamente toda referencia temporal para lograr “un flujo ininterrumpido de palabras sin necesidad de subrayar nada”. Según explica el autor, “al principio, el tema que me interesaba no era ella, sino su enfermedad. Pero a medida que transcurrían nuestros encuentros y que transcribía meticulosamente sus palabras, me di cuenta de que el tema era ella y no su enfermedad. La orientación de nuestras conversaciones se volvió más amplia, ya no se trataba solo de medicamentos, de hospitales… hablábamos de cosas cotidianas, de amor, trabajo, por supuesto la enfermedad siempre estaba cerca”.
Pero no son todo tinieblas en esta historia. La puesta, utilitaria y despojada, se vale de una muy inspirada ambientación sonora y musical de Leonardo Croatto, un músico de vasta experiencia en el trabajo escénico, que actualmente dirige la Escuela Universitaria de Música. Además de brindar abundantes detalles sobre las fases maníaca y depresiva y las violentas transiciones entre euforia y angustia, Vincent deja la puerta abierta al humor como único medio posible para oxigenar el ambiente y cauterizar las heridas, aun cuando el pronóstico no permita posibilidad alguna de sanación. En este mundo de dolor, el teatro permite que las luces les ganen la partida a las sombras: la soberbia actuación de Méndez está siempre al filo de convencer de que allí nadie está actuando. El espectador que esté dispuesto a entrar en el juego podrá convertirse en el terapeuta a quien Emilia mira a los ojos. Literalmente, vale la pena someterse al suplicio.