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    Los Caperucitas

    En una columna reciente señalé que nunca nadie construyó un cuento tan efectivo (digo “tan efectivo” pues lo creen cientos de millones de personas) como el de la transformación de la izquierda latinoamericana en una fuerza progresista. Escribí al pasar, y quiero ahora insistir sobre ello, en que el éxito compacto de este cuento de hadas (o, mejor dicho, de brujas) se debe, en gran medida, a la incapacidad de una gran parte del público para dirimir lo que es real y lo que es inventado, y también a la voluntad y a la disposición de la mayoría de la gente para creer cualquier cosa que le digan.

    Los montevideanos de más de 50 años saben que las veredas, las calles y los servicios públicos de la capital nunca han estado peor que bajo el gobierno frenteamplista. El Municipio gasta cada día más dinero para prestar cada vez menos y cada vez peores servicios. Pero no se precisa ser tan viejo: basta con ver las fotos de aquellas épocas para constatar que entre el Montevideo de antaño y el de hoy media ya no un río ancho como mar sino que un mar ancho como mundo. Y sin embargo, el hombre masa y el supuesto intelectual dicen espantarse ante la idea de que blancos y colorados puedan ganar las próximas elecciones municipales. ¿Qué pasaría con nuestra ciudad si vuelven los blancos y los colorados?, se preguntan con la voz cargada de espanto.

    Cualquier uruguayo que haya conocido la periferia capitalina o el interior del país hace un par de décadas o más sabe que los viejos cantegriles y los “pueblos de ratas” eran anecdóticos comparados con lo que existe ahora. Casavalle, Barrio Borro, Cerro Norte, el Marconi, La Cruz de Carrasco… la lista es larga, el espectáculo siniestro, el Estado incapaz de controlar lo que sucede en esos sitios, comúnmente llamados “territorios liberados”. Y sin embargo, el hombre masa y el supuesto intelectual están dispuestos a que les hagan creer lo contrario. Por eso respiran aliviados cuando les aseguran que el gobierno progresista está preocupado por la gravedad de la situación pero ya tiene un plan para solucionar, ¡finalmente!, esa “herencia del neoliberalismo”.

    Es tan pero tan incapaz el Estado uruguayo hoy, que ante la amenaza de algunos grupos de presión suspendió los festejos por una fecha patria (19 de junio) y “festejó” otra (18 de julio) encerrado, aislado, protegido por la policía de eventuales manifestaciones “espontáneas”. Nunca antes el Estado nacional había mostrado tanto miedo y tanta impotencia. Y sin embargo, quienes justifican la decisión de las autoridades se cuentan por docenas o centenas de miles. Creen que el Estado hizo lo mejor que podía hacer, pues así se los han contado. Y así lo han querido creer.

    Durante la década del ‘60, la economía uruguaya sufrió una gigantesca depresión debido a los bajos precios de sus productos de exportación. Los productores rurales se endeudaban en base a un precio a futuro de la lana o la carne que nunca llegaba a concretarse, cayendo de esa manera en situaciones desesperantes. Nadie osaba modernizarse, industrializarse, apostar por maquinarias e innovaciones. Hoy, Uruguay se beneficia de precios históricamente altos por esos mismos productos, con ganancias multiplicadas por la cadena de modernizaciones e innovaciones introducidas por capitalistas extranjeros. Los ingresos estatales nunca han sido tan monumentales, pero la deuda pública aumenta inexorablemente. Y sin embargo, los cuentistas y su público sostienen que es exactamente al revés. Uruguay nunca estuvo mejor, me dicen cuando viajo de visita, con una satisfacción en la cara que interpreto como la imagen de la idiotez personificada.

    Quienes en los años de plomo atentaron a bala y sangre contra la República y sus instituciones se visten hoy de grandes protectores de dicha República y sus instituciones, y condenan, bajo el aplauso comedido de su público-rebaño, a los partidos que en su momento hicieron todo lo posible para defender a las instituciones republicanas de los constantes ataques del terrorismo tupamaro y del movimiento político-sindical comunista y socialista.

    El exitoso relato sostiene que lo negro es blanco y lo blanco negro; que el ataque armado del MLN fue contra la dictadura y no contra la República y que los terroristas fueron las víctimas y no los culpables. Y el público, obediente, se lo cree. Cuando observamos que esta saga cuenta con el apoyo de la mayoría de la población, no podemos no sacarnos el sombrero y felicitar a sus autores por la proeza. Pero además, no podemos dejar de sentir un asombro infinito por la ignorancia, por la falta de principios, por la plasticidad ética y por la fuerte cuota de imbecilidad de quienes oyen el relato y aplauden entusiasmados.

    —Abuelita, le dijo Caperucita al lobo, ¿para qué tienes esa ley de medios escondida debajo del brazo?

    —¡Es para engañarte mejor!

    Pero no es necesario: los Caperucitas uruguayos y sus hermanitos latinoamericanos se engañan solos. Sin ayuda de nadie.

    (*) El autor es doctor en Historia y escritor