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    Los Chicos Malos

     Fortunato sabía que los sábados de noche no hay informativo, pero los acontecimientos extra deportivos del partido Peñarol Cerro le hacían presumir que habría algún boletín fuera de libreto, con datos de este escándalo.

    En efecto, una banda de forajidos locatarios había determinado la interrupción abrupta del partido en el Estadio Tróccoli del Cerro, atacando con palos, piedras y bengalas a las fuerzas del orden, que habían reculado al principio, y después habían arremetido contra la turba desenfrenada a garrotazo limpio.

    —“Algo va a pasar, vieja” —le dijo Fortu a su esposa, quien ya rumbeaba a descansar, aprovechando que los sábados los muchachos tienen programa, salen temprano y vuelven tarde.

    —“No va a pasar nada, gordo, mejor aprovechá a dormir en la cama, y no en  el sofá, como de costumbre” —le contestó la esposa —“todo va a terminar como siempre, en una nube de humo” —agregó, no demasiado premonitoriamente, ya que este es el resultado habitual de estos enfrentamientos.

    Pero apenas pasadas las 11 de la noche, la tele anunció un boletín especial “dedicado exclusivamente a los hechos de violencia registrados en la tarde de hoy en la cancha del Club Atlético Cerro”.

    —“Te lo dije” —farfulló Fortunato, pero su mujer ya estaba en camisón, haciendo palabras cruzadas en la cama, para atraer el sueño, y ni lo escuchó.

    —“Conectamos con nuestro enviado en las puertas del juzgado de lo penal, donde están siendo conducidos por la policía los diez detenidos en las refriegas registradas esta tarde en el Cerro” —dijo el informativista desde estudios centrales, mientras la imagen mostraba una chanchita blanca que venía atracando con sirena abierta en las puertas del juzgado, seguida por dos patrulleros y dos motos. Los policías bajaron de los patrulleros y de las motos, y abrieron la puerta corrediza lateral de la camioneta donde venían los detenidos, esposados y amontonados.

    Los bajaron apretándoles la nuca para que bajaran la cabeza, y los despacharon para adentro de la sede judicial.

    —“Como nuestros televidentes han apreciado, los diez detenidos se encuentran desde este momento a disposición de la justicia, la que valorará sus conductas criminales, y seguramente hará caer sobre estos sujetos todo el peso de la ley” —prejuzgó, como de costumbre suelen hacerlo él y sus colegas, sean del canal que sean— el enviado especial al lugar de los hechos.

    Fortunato, hablando solo, como también él suele hacerlo, murmuró —“que les bajen el hacha y les tiren con el código por la cabeza, manga de inadaptados, que se coman una buena en cana para que aprendan que el deporte no es violencia ni brutalidad”.

    El enviado especial del canal entrevistó entonces al fiscal de la causa, que estaba entrando al juzgado.

    —“Disculpe, pero por ahora no puedo hacer declaraciones, recién voy a enterarme de lo que pasó” —se escabulló el representante del ministerio público, quien de paso cañazo agregó —“aprovecho sí para decirle que los fiscales estamos en contra de la idea del futuro gobierno de que pasemos a depender de la Presidencia de la República, esperemos desactivar esa absurda iniciativa del Dr. Vázquez” —concluyó.

    Las declaraciones del fiscal llevaron tres minutos. El hombre entró al juzgado, y pasaron tres minutos más, en los que el canal aprovechó para meter una tandita con un par de avisos.

    Fortunato ya se estaba quedando dormido, cuando la imagen mostró a los diez detenidos saliendo del juzgado sin esposas ni cadenas, ni guardias, ni nada, saludando con la V de la victoria en sus dedos índice y mayor a la barra de aliento del club que los esperaba afuera de la sede judicial, vitoreando sus nombres y el del club.

    —“¡Vamoarriba el Cerro y lojqueluchan, carajo!” —vociferó el que parecía ser el caudillo, a quien rodearon y abrazaron los más o menos cien acólitos que agitaban los brazos al cielo y aullaban de alegría. “¡Cerronorte no se rinde, milicos cagones, tamo libre y somo libre, quejodé!” —agregó el conductor espiritual de la turba vociferante, que coreaba sus palabras cual salmo en misa.

    Fortunato luchaba para que sus ojos no se cerraran del sueño que lo vencía, pero no dejaba de maldecir al sistema y a su debilidad, ¿cómo es posible que estos forajidos quedaran libres después de todos los desmanes que habían perpetrado?. Pero la cosa estaba lejos de terminar.

    —“Muchacho, lejpedimo dijculpa pero no podemo dir pal Cerro ahora, porque vamo con el jué y el fijcal a tomarnoshuna, que noshinvita el jefepolishía pa festejá que todo terminó bien, terminó” —les explicó el jefe de la jauría a los muchachos de la barra brava, que pretendían irse todos juntos a festejar la liberación de los detenidos por falta de pruebas.

    Ahí Fortunato ya no daba pie en bola, y estaba seguro que ya había pasado de la vigilia al sueño, y que lo que estaba oyendo no podía ser cierto.

    Pero, como sea, la camioneta en la que habían llegado los detenidos fue sustituida por un vehículo de esos en los que se desplazan los turistas de los cruceros. Los ex presos subieron, detrás de ellos el juez y el fiscal, y de un patrullero que acababa de llegar bajaron el Jefe de Policía y el de la Guardia Republicana, quienes también se unieron al grupo dentro del minibús.

    Afuera la barra brava gritaba y batía palmas “¡el pueblo, unido, jamás será vencido!” —aullaban, mientras desde adentro del bondi los ocupantes saludaban como Suárez, Cavani y Forlán cuando regresaron de Sudáfrica con el cuarto puesto del Mundial.

    El notero de la tele empezó a cerrar la nota.

    —“Ha trascendido que el abigarrado y proteiforme grupo humano se dirige a un restaurante céntrico, en el que esperan asimismo los cabecillas de la banda de forajidos que se enfrentó la semana pasada con la policía en Cerro Norte, invitados también por los jerarcas policiales, para celebrar un encuentro fraterno que ponga fin a tantos enfrentamientos inútiles y desgastantes” —dijo el enviado especial.

    —“¡Esto es inaudito!” —bramó Fortunato, “¡vieja, vení a ver esto, los revoltosos y los policías se van a festejar con el juez y el fiscal!” —agregó.

    —“Mejor venite vos a dormir en tu cama y no en el sillón” —dijo la esposa de Fortu. “Lo que estás diciendo lo soñaste, pero falta poco para que se haga realidad” —concluyó.