—Pese a las conquistas del feminismo, todavía la carga de las tareas domésticas y de cuidados recae sobre todo en las mujeres.
—Sí, y en 10 años la situación ha cambiado muy poco, eso es lo más desestimulante. Pero ahora estamos abocadas en ver qué es lo que hace que cambie tan poco, incluso hasta el tipo de tareas que asumen los hombres. Porque en realidad aumentaron unas horas pero en lo mismo que ya hacían, como en compras o gestiones. Cuesta que asuman otras tareas.
—¿A qué atribuye los avances escasos?
—Obviamente, atrás de esto hay un patrón cultural fuerte; de hecho, la licencia parental (que implica recibir un subsidio de medio horario para el cuidado del recién nacido) es una política que busca distribuir justamente el trabajo de cuidado, pero los hombres no la usan. Por más que la política esté, después cuesta. Por otro lado, el desarrollo del Sistema de Cuidados es muy incipiente. Hay campañas para tratar de transformar la desigual distribución del trabajo no remunerado entre hombres y mujeres, pero atrás de esto ni el mercado laboral ni la política de cuidado logran ir contra los estereotipos vigentes. Hoy les facilitan más a las mujeres que sigan cuidando y trabajando, pero no se visualiza como algo que tiene que ser hecho entre todos. Hay un gran atraso que tiene que ver con los estereotipos de género que están impregnados en todo, en la sociedad, en las instituciones. Dejar que las cosas sucedan solas no genera el cambio.
—¿Por qué es importante que se incorpore en la agenda pública y en los programas de gobierno el valor del trabajo no remunerado?
—Lo primero es visibilizarlo. Nadie hace demasiada conciencia en lo que esto significa cuantitativamente. Al hablar en relación con el PBI, el trabajo no remunerado representa hoy un 23,8%, más que cualquier sector de la economía. Estás hablando de que hay una masa importante de la población con un trabajo que no le aporta nada, ni siquiera a la seguridad social. Esta valorización tiene otras funciones, como cuando se dice que invertir en políticas de cuidado es caro. En realidad entre el 2016 y el 2020 se le destinó al Sistema de Cuidados menos de un 1% del PBI en inversión nueva. Entonces, cuando dicen que es caro, más caro es lo que invierten las mujeres.
—¿Por qué se sostiene que invertir en cuidados es positivo económicamente para Uruguay?
—Siempre se habla de la inversión de triple impacto. Cuando invertís en una política de cuidados, la persona que realiza ese cuidado en forma no remunerada tiene chances de formarse e ingresar al mercado laboral. Así podría tener un mejor rédito o, si ya está en el mercado laboral, acceder a un empleo donde se valoricen mejor sus capacidades. A su vez, muchas veces estas mujeres son pobres y, si tienen mejores ingresos, no solo van a tener mejores aportes al hogar sino que también van a contribuir más a la seguridad social. Uno de los mayores problemas es la informalidad laboral; las mujeres prefieren un empleo informal porque con eso ellas regulan mejor su tiempo y sus jornadas laborales que en un empleo formal, que implica una jornada laboral más rígida o más requisitos para cumplir. En cuanto a la persona cuidada, es mucho más estimulante y genera un mejor tránsito educativo. Por ejemplo, los niños que van a un centro de cuidado infantil desde chiquitos desarrollan mejor sus capacidades. Y el centro de cuidado en sí mismo genera empleo, sobre todo en mano de obra femenina. Por eso se habla de un triple impacto.
—El estudio muestra que las mujeres dedican dos tercios de su jornada al trabajo no remunerado y un tercio al remunerado, mientras la situación de los varones es directamente la inversa. ¿Le sorprenden estos resultados?
—Es muy parecido a lo que ya se venía dando. En el caso de las mujeres ocupadas aparece la famosa doble jornada. Las mujeres dedican casi el mismo tiempo al trabajo no remunerado que al remunerado, cuando la parte de percibir ingresos debería de ser la que prima. La mayor carga de los cuidados recae sobre ellas, lo que limita su inserción laboral y determina después la segregación ocupacional horizontal y vertical, porque el poder acceder a cargos de jerarquía está muy atado a esto.
—Según el estudio, las mujeres se hacen cargo del 55% de la carga global del trabajo, y los varones, del 45%. Las cifras son casi idénticas que hace 10 años. ¿Cuáles deberían ser los pilares de una política efectiva que ayude a disminuir las brechas de género?
—El compromiso es ir hacia las sociedades de cuidado, el poner los cuidados en el centro. Los cuidados no son un costo, no son un gasto, no son un lujo de los países desarrollados, es algo que tiene que estar en la base de todo. Si no cuidamos, nadie puede ir a trabajar, los niños no pueden ir a la escuela y nada funciona en la sociedad. Las feministas siempre hablamos de la sostenibilidad de la vida, humana y ecológica, y por eso los cuidados tienen que tener un papel central. Y para eso se debe pensar en cómo redistribuir esos cuidados. Se ha tratado de impulsar alguna política en el interior. Por ejemplo, UPM con el Vivero de Sarandí del Yi hizo una solicitud a Inmujeres para trabajar con mujeres que vienen de poblados muy chiquitos, con esta idea muy arraigada de que son ellas las que tienen que hacerse cargo de todo. Ellos las forman y las insertan en el vivero, pero a los meses las mujeres dejan porque no logran conciliar todo, se siguen sintiendo responsables de las tareas, entonces, ¿cómo hacen también para mantener una jornada laboral a 10 kilómetros de su hogar que va de las siete de la mañana a las cinco de la tarde? Hay muchas cosas que vienen de atrás y deberían estar dentro de la política pública para que efectivamente se logre redistribuir el trabajo. También cuesta que los servicios (como los CAIF o los asistentes personales que brinda el Estado) estén pensados para cubrir toda la jornada laboral y claramente el sesgo siempre cae en las mujeres. Y el mercado laboral también favorece esto del modelo de trabajador ideal, sin responsabilidad familiar. Eso hay que transformarlo desde el Ministerio de Trabajo, por ejemplo, al premiar a las empresas que tengan más responsabilidad en los cuidados o que favorezcan esa corresponsabilidad.
—He visto que los sindicatos empiezan a plantear un sistema que pague por ese trabajo no remunerado. ¿Eso sería un avance o es consolidar un sistema desigual?
—Yo no estaría tan de acuerdo con que se pague. Por ejemplo, si la seguridad social le da a la mujer un año más por hijo, porque asume que tuvo un tiempo más fuera del mercado laboral o trabajó menos, entonces le favorece, pero en realidad son medidas temporales. La idea es que tengas medidas para favorecer la igualdad, que se inserten en formas igualitarias en el mercado laboral y no que después se las compense por la desigualdad. Y lo de remunerar, lo mismo: remunerar por ese trabajo no remunerado es un arma de doble filo, en el sentido de que puede consolidar una situación en la que nunca se va a remunerar lo que realmente corresponde, porque sería un desestimulo para ingresar al mercado laboral.
—¿Qué efectos tuvieron la pandemia y las medidas implementadas por el Estado en la situación económica de las mujeres? ¿Se profundizaron las desigualdades estructurales que ya existían?
—Efectivamente, las mujeres más afectadas fueron las de sectores informales. Y quienes tienden a tener peor calidad de empleo son las mujeres en el interior del país, de bajos recursos con hijos pequeños. Claramente todos los sectores del turismo, restaurantes, hoteles, todo lo que es esparcimiento tienden a emplear a las mujeres con menores posibilidades para la reconversión. A su vez, cuando se suspendieron las clases presenciales no hubo ningún servicio sustituto vinculado al método híbrido de educación y eso las mantuvo mucho más tiempo fuera del mercado laboral. Los hombres recuperaron el empleo y la actividad laboral antes que las mujeres. Hay que ver ahora, por ejemplo, todo lo que es el teletrabajo. El teletrabajo fue una solución para las mujeres de niveles educativos más altos por el tipo de empleo y las posibilidades que tenían. Ahí puede haber algo regresivo si se mantienen en esa modalidad, porque eso les permitió conciliar la casa, los cuidados y el trabajo, pero también puede tener consecuencias: por un lado, puede que las mantenga alejadas de ciertos puestos porque optan por teletrabajar y, por otro, que queden más escondidas las dificultades de conciliación, porque se está encubriendo un problema que antes se visualizaba más. De la pandemia se salió tal y como estábamos, organizando los cuidados de la misma forma. Y el teletrabajo no está cambiando nada estructural.
—¿Qué medidas podrían implementarse desde el Estado con perspectiva de género para recuperar o mejorar la autonomía económica de las mujeres?
—Nosotras apoyamos a Inmujeres justamente para tratar de visualizar esos problemas. Una cosa buena que hizo el instituto es crear un departamento de autonomía económica, pero ha sido muy lento lograr tener planes y poder implementarlos, se bajó mucho el ritmo de ejecución. Hay buenas ideas o intenciones para integrar mejor a las mujeres, pero en la práctica no hay grandes avances. Ni siquiera desde los programas de Inefop. Falta que las políticas estén más unidas: tener, por ejemplo, una política más vinculada al emprendedurismo y otra más vinculada a la infancia, pero que trabajen en forma conjunta. Falta también más decisión política, hasta del propio Ministerio de Economía y Finanzas de poner recursos para que eso se desarrolle.
—¿Qué expectativas tiene de que esto cambie? ¿Qué dato de la encuesta le parece más relevante?
—El hecho de que no hay un cambio es un dato en sí mismo. También que las mujeres asumen un mayor grado de trabajo total. Y el tema del cuidado de los niños; hoy los hombres tienen una mayor dedicación en horas al cuidado infantil, pero no es que las mujeres ahora cuiden menos. Entonces, la situación se mantiene y los cambios han sido muy tímidos.