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    Los gritos de la memoria

    Svetlana Alexiévich, Premio Nobel de Literatura 2015

    No tiene un gran número de obras publicadas porque se toma su tiempo. Cada uno de sus extensos reportajes le llevaron por lo menos diez años de elaboración. Los estructura con las voces de sus protagonistas, como si estuviera armando un gran collage.

    Por esta obra, que integran seis enormes investigaciones, la periodista bielorrusa Svetlana Alexiévich ganó el Premio Nobel de Literatura 2015.

    Alexiévich nació en 1948 en una pequeña ciudad de Ucrania, pero pasó su infancia en la Bielorrusia soviética, el país de su padre. Las huellas de la II Guerra Mundial habían quedado marcadas en el paisaje de aquella región: “Se me ha quedado clavada en la memoria la imagen de ir avanzando por una Bielorrusia recién liberada y no encontrar hombres en los pueblos. Solo estaban las mujeres”, cuenta la escritora en su primer libro La guerra no tiene rostro de mujer (Debate, 2015).

    Alexiévich fue maestra, estudió periodismo y trabajó en una revista literaria en la ciudad de Minsk. Igual que su familia, fue defensora del régimen comunista, pero se fue distanciando cuando comenzó a hurgar en los horrores cometidos en nombre de la utopía. Sus investigaciones periodísticas la convirtieron en una de las exponentes del fracaso soviético.

    Uno de sus libros más polémicos fue Los chicos de zinc (aún no traducido al español), fruto de su estadía en Afganistán en 1988, cuando aún permanecían las tropas de ocupación soviéticas. Allí recopiló testimonios de las madres de los soldados que pelearon y murieron en aquel territorio. Y le llovieron demandas judiciales por desnudar sin contemplaciones el costado oscuro de la ocupación soviética y las trágicas historias de sus víctimas.

    Años antes de Afganistán, Alexiévich había comenzado a escribir su primer libro, en el que también eligió la voz femenina para narrar lo que la historia oficial nunca registró. La guerra no tiene rostro de mujer fue elaborado en etapas: se publicó primero en 1985 con censuras y en 2002 en su versión completa.

    Allí recopiló el testimonio de cientos de mujeres soviéticas que fueron al frente en la II Guerra Mundial: enfermeras, lavanderas, cocineras, francotiradoras, conductoras de tanques, pilotos de avión. “No hables de las pequeñeces… Escribe sobre nuestra Gran Victoria”, le decían las editoriales cuando la periodista les enviaba su manuscrito. Pero para Alexiévich en esas “pequeñeces” estaba lo más importante: en las trenzas cortadas al ras de muchachas casi adolescentes que se alistaban con entusiasmo para defender la patria, en los cuerpos delgados que perdían sus líneas femeninas en uniformes enormes, en “las ollas  de campaña llenas de sopa y gachas humeantes que nadie comerá porque de las cien personas que fueron a combate solo han regresado siete…”.

    Al comienzo de la investigación las mujeres se negaban a hablar, preferían la versión heroica de la guerra que ya otros habían contado. Pero luego de la Perestroika, las mismas entrevistadas se comunicaron con Alexiévich para narrarle lo que antes habían callado, con más detalles y ya sin miedo.

    Ellas le contaron fragmentos de la guerra porque “era presumible que la enfermera hubiera visto una guerra, la panadera otra, la paracaidista una tercera, la piloto una cuarta”. Algunas apenas habían cumplido los 18 años, otras eran adolescentes y se habían escapado de sus casas para ir a la guerra con una visión casi romántica y sin imaginar en qué se metían.

    Varios testimonios impactan por la plasticidad de las “pequeñeces”. Una mujer recuerda cuando llegó a la “choza de chicas” y se asombró de que no hubiera ningún objeto. Dejó allí su mochila y cuando regresó estaban solo los restos porque las ratas la habían devorado. “Ni en la película más terrorífica he visto algo como las ratas abandonando la ciudad antes de los ataques aéreos (…). Hordas de ratas corrían por las calles, se marchaban al campo. Olfateaban la muerte”, dice.

    Una enfermera cuenta cómo iba colgada de los tanques blindados para asistir a los heridos: “Ni siquiera teníamos un sitio asignado dentro del tanque, íbamos encima, agarrándonos como podíamos al blindaje, con un único pensamiento en la cabeza: ‘Ojo con los pies, que no se me los traguen las orugas’. Una francotiradora habla de su soledad: “En la guerra hay mucha gente a tu alrededor, pero siempre estás sola, porque ante la muerte el ser humano siempre está solo”. Otra recuerda cómo mató a tres alemanes presos porque sus compañeras más jóvenes no se animaban a hacerlo.

    No es sencillo leer este libro. Por momentos se vuelve algo monótono; los testimonios se suceden uno tras otro con pocas intervenciones de la autora. Y lo que cuentan las mujeres no da tregua, es abrumador. Por otro lado, salvo algunas excepciones, ellas muestran una visión casi idílica de los combatientes y evaden juicios críticos. Hablan del sufrimiento, pero muy poco de la crueldad del Ejército al que servían, y es difícil de creer que estas mujeres no hayan sentido en carne propia esa crueldad.  

    Lo valioso está en el enorme trabajo de investigación y en la recuperación de una memoria oral que había quedado en el olvido. “Lo que más me interesa no es el suceso en sí, sino el suceso de los sentimientos. Digamos el alma de los sucesos. Para mí, los sentimientos son la realidad”, dice Alexiévich.

    Nadie al norte de Ucrania puede olvidar el 26 de abril de 1986. Ese día, uno de los reactores de la planta nuclear Vladimir Illich Lenin, en la ciudad de Chernóbil, explotó. En Voces de Chernóbil (Debate, 2015), Alexiévich cuenta lo que sucedió, y se proyecta hacia el futuro. Lo publicó en 1997, pero continuó investigando otros diez años más. Habló con ex trabajadores, con científicos, con médicos, soldados, residentes ilegales, evacuados, viudas, niños, maestros. Muchos tenían prisa en dar su testimonio porque sabían que iban a morir.

    Dice Alexiévich: “En Chernóbil se recuerda ante todo la vida ‘después de todo’: los objetos sin el hombre, los paisajes sin el hombre. Un camino hacia la nada, unos cables hacia ninguna parte. Hasta te asalta la duda de si se trata del pasado o del futuro”.

    Se calcula que unos 600.000 “liquidadores” trabajaron sin protección alguna en esa tarea y fueron los primeros en sufrir los efectos de la radiación con una muerte horrorosa. Sus cuerpos se hincharon hasta deformarse por completo, mientras sus órganos se iban desintegrando. Eso cuenta la viuda de un bombero quien también sin protección alguna cuidó hasta el final a su marido en el hospital.

    “Se les ocultaba la verdad sobre las altas dosis recibidas, y ellos se resignaban, y luego se alegraban incluso al recibir los diplomas y las medallas gubernamentales que les entregaban poco antes de su muerte. Así pues, ¿de quién estamos hablando, de héroes o de suicidas? ¿De víctimas de las ideas y la educación soviéticas?”, se pregunta la periodista.

    Otras imágenes significativas. Un apicultor cuenta que las abejas habían desaparecido un poco antes de la explosión: “Se habían dado cuenta, pero nosotros no. Ahora, si noto algo raro, me fijaré en ellas. En ellas está la vida”. Otro hombre recuerda que las lombrices se enterraron varios metros bajo tierra: “Es la primera señal: donde no se ven ni escarabajos ni lombrices, es que allí es alta la radiación”, explica.

    El gobierno soviético ocultó las consecuencias del desastre, que también afectó a países limítrofes, evacuó la ciudad y mató a balazos a los perros y gatos. Y enterró en un sarcófago al reactor.

    Para Alexiévich el engaño fue mayúsculo porque todos creían que las centrales soviéticas eran las más seguras del mundo, “que se podían construir incluso en medio de la Plaza Roja”. Y la población estaba preparada para las catástrofes de la guerra, pero no para una catástrofe nuclear.

    Voces de Chernóbil es un libro contundente por la información, por el rescate de ese coro de voces que hablan desde el fondo del sarcófago y por profundizar en una de las mayores fallas y mentiras del sistema soviético.

    “Los rusos no entienden de libertad. (…) Las dos palabras más importantes de Rusia son guerra y prisión”, dijo Alexiévich al recibir el Premio Nobel. La escritora vivió hasta 2011 exiliada en Europa y aún no la quieren en su país ni en Rusia. Ninguna autoridad la felicitó por su premio. Una prueba de que ha hecho muy bien su trabajo.

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