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Ricky es el nuevo empleado de una empresa que reparte encomiendas. Vemos esos enormes depósitos con los laburantes y los carritos con paquetes prontos para ser cargados en camionetas de un blanco inmaculado. Cuando tiene su primera entrevista laboral, el patrón le dice: “No trabajas para nosotros, trabajas con nosotros”. Y lo envuelve en el discurso del emprendimiento personal, de la efectividad, de los horarios, de la ruta con los mejores clientes, de la perseverancia, del buen sueldo. Ricky se compra una camioneta para realizar los repartos, pero para ello su esposa —que cuida ancianos y discapacitados— debe vender su coche e ir a cada casa en autobús. Ricky se parte el lomo trabajando 14 horas al día. Inmediatamente vemos las vicisitudes del repartidor: las multas por estacionar en zonas prohibidas, el mal —y a veces pésimo— humor de quienes reciben los paquetes, los perros que te muerden en las casonas de los ricos, las subidas por escaleras cuando los ascensores no funcionan, la posibilidad de que te roben la mercadería. En una palabra: el mundo de mierda que deben soportar a diario los trabajadores en las ciudades industriales, un paisaje que el británico Ken Loach nos ha mostrado en la mayoría de sus películas y no se cansa de hacerlo. Y lo mejor: nunca cansa al espectador. Esa sucia realidad que se barre y se oculta debajo de la alfombra. Esa sucia realidad que los políticos siempre dicen saber demagógicamente cómo se combate y se cambia para mejor. La realidad de la precariedad laboral. La de los que llegan a sus humildes casas deslomados y apenas tienen tiempo para cenar y estar un rato con sus hijos antes de caer dormidos frente al televisor. La de los que tienen deudas y más deudas. Una realidad que sufre la gran mayoría de la humanidad.
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Desde Pobre vaca, su debut en el largometraje en 1967, con una maravillosa Carol White y un jovencísimo Terence Stamp, Loach ha filmado la misma —y siempre eficaz— película. Y a los 85 años tiene más de 50 títulos en su haber, entre series y documentales para TV y largos de ficción. Sus personajes son invariablemente los desfavorecidos, la clase trabajadora británica, la que sobrevive como puede, los marginales, los olvidados.
Su nuevo trabajo Lazos de familia (Sorry We Missed You, 2019, 101 minutos, en Cinemateca y Life Cinemas 21), con guion de Paul Laverty, se ambienta en Newcastle. Sí, la camioneta puede tener un GPS, los celulares son cada vez más sofisticados y la tecnología es de avanzada (hoy en día se pueden rastrear paso a paso los paquetes), pero la injusticia sigue siendo la misma de toda la vida. El patrón sigue siendo un tipo desagradable con sus discursos de cero falta y máxima precisión y el trabajador sigue siendo el eslabón más débil en la cadena de producción. Está el trabajo y está la familia, y lo primero es necesario para que la segunda subsista. Así se articula el drama. Esto no lo cambia nada, a diestra y siniestra, sea un sistema capitalista o un sistema comunista. La gente debe pelear por su subsistencia y lo hará hasta el agotamiento.
Pero Loach habla de lo que ve a su alrededor y conoce de primera mano: el capitalismo británico. A pesar de ser un cineasta notoriamente identificado con la izquierda y de manejarse con una óptica realista en todas sus historias, jamás cae en el panfleto, en la dicotomía fácil y burda. Hay una delicadeza sublime para tratar a esta familia trabajadora. Una exquisita naturalidad para que todo fluya, desde los encuadres y el tiempo de las secuencias hasta las estupendas actuaciones, en particular de sus protagonistas Kris Hitchen y Debbie Honeywood, que parecen salidos de un documental, de la vida misma.
El naturalismo desafiante de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne, que también enfoca a la clase trabajadora en sus historias, es un claro heredero del maestro Loach. Los belgas son un poquito más secos y austeros, no tan estilizados en el retrato de la injusticia, como Loach, aunque igualmente implacables.
Alejado completamente de Hollywood y del cine industrial (inclusive con su thriller de 1990 Agenda secreta, con Frances McDormand y Brian Cox), Loach ganó dos veces la Palma de Oro en el Festival de Cannes gracias a El viento que acaricia el prado (2006) y Yo, Daniel Blake (2016). El tipo se ha ganado un prestigio a prueba de todo. Los Dardenne también figuran entre los selectos cineastas doblemente premiados con el máximo galardón de Cannes, grupo que incluye a Bille August, Emir Kusturica, Shoei Imamura, Michael Haneke, Alf Sjöberg y Francis Ford Coppola.
Cuando a Loach lo fastidian con demasiada ideología en algún reportaje, él responde que una película es simplemente una película. Y tiene toda la razón. Más allá de que la emprenda contra un sistema social y económico, Lazos de familia es una sólida y maravillosa historia de gente en pie de guerra contra la infelicidad, un tema tan viejo como la muerte.