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    Los parientes no se eligen

    El juego de la silla, del cine al teatro

    La familia es uno de los centros de gravedad de la obra de Ana Katz, una cineasta argentina cuya carrera ha estado muy ligada a la de artistas uruguayos como Daniel Hendler, su pareja durante mucho tiempo e intérprete en algunas de sus películas, e Inés Bortagaray, guionista de Una novia errante y Mi amiga del parque, filme rodado en locaciones montevideanas. A fines de 2018 se sumó otro vínculo, con el estreno local de El juego de la silla, versión teatral de la ópera prima de Katz, estrenada en 2002 y disponible en YouTube. Luego de unas pocas funciones en la sala Delmira del Solís, a principios de abril se reestrenó en el Teatro Victoria, donde estará en cartel hasta el 31 de mayo.

    Víctor, el mayor de cuatro hermanos, radicado desde hace un buen tiempo en el exterior, regresa a casa. Pero solo por unas horas, pues está en escala de un viaje de negocios de un extremo al otro de América (vive en Canadá y se dirige a Tierra del Fuego). Parece poco, pero pasar una tarde, la noche y la mañana siguiente puede ser el tiempo suficiente para que nuestro protagonista recuerde —y reviva en carne propia— las razones por las que se marchó no solo de casa, sino del país. Antes que nada, estamos ante otra magistral composición de Fernando Amaral, uno de los actores más completos del medio local, expresivo y verosímil en todos los géneros y lenguajes (también integra el elenco de la comedia romántica Luz negra, en cartel en La Cretina).

    Este reencuentro entre un hombre tranquilo e introvertido con sus hermanos y su madre (el padre ha muerto) es la plataforma ideal para la comedia en clave de melodrama basada en la familia disfuncional, todo un género en sí mismo. Estimulados por las peculiares circunstancias, se dibujan en escena los trazos caricaturescos —más bien grotescos— con que Katz pinta las relaciones familiares: sus contradicciones, sus paradojas, sus detalles entrañables y sus aristas aborrecibles y patéticas. Estas luces y sombras concurren al escenario en clave de comedia. Y el público agradece, se desternilla de risa durante los abundantes momentos descacharrantes y se rompe las manos aplaudiendo. La alegría se pinta en los rostros en el hall del teatro, luego de ese final festivo con todo el elenco coreando una tonada peligrosamente pegadiza llamada Viviendo en las estrellas, que contagia a la platea, al punto de que los versos siguen sonando en la vereda, mientras los espectadores dejan el teatro.

    La desesperante necesidad de ser valorado y amado invade a personajes increíbles como Nélida, la madre, excepcionalmente encarnada por Elsa Mastrángelo, y Silvia —notable Angie Oña—, la exnovia que vuelve convocada por la madre, a intentar revivir por una noche aquel romance trunco. Vannet logra desde la dirección encontrar la alquimia precisa para que los rituales familiares —la mamá cantando una añeja tonada o la nena recitando unos versos espantosos pero ancestrales— fluyan espontáneos, naturales, como sin querer. Compacto y parejo, el elenco logra que parezcan muy vivas las horas muertas rellenas de sonrisas obligadas y otros cumplidos. Sí, hasta en una visita fugaz hay tiempo para que se instale la incomodidad, la tensión, los reproches y el hastío. Como también aparece la felicidad, en cuentagotas, como siempre, concentrada en una sonrisa, en una mirada cómplice.

    “Observamos un sistema familiar tan normal y anormal como el nuestro. Presenciamos el patetismo ajeno… y el propio. Entendemos, amamos, odiamos y justificamos a los personajes que integran esta familia... y la nuestra. Ineludiblemente, nos vemos”, dice Vannet, y dice bien. Es casi un lugar común hablar de Esperando la carroza como el non plus ultra de la comedia familiar rioplatense moderna. Más recientemente aparecieron La omisión de la familia Coleman en Argentina y Mi muñequita en Uruguay (variante más oscura y trágica) como referencias. No es aventurado situar esta pieza en ese mismo escaparate.

    Párrafo aparte para El Cuarteto del Amor a cargo de la ambientación musical en vivo con un compendio de boleros, tangos y habaneras propios de ese universo melódico internacional que tan bien dialoga con estos personajes y sus circunstancias. Llenos de gracia y desbordantes de swing, los músicos deambulan entre los personajes, invisibles para ellos y espectacularmente presentes para nuestros sentidos. Y todos contentos.

    El juego de la silla, de Ana Katz. Dirección: Fernando Vannet. Teatro Victoria (Río Negro 1477, 2901 9971). Jueves y viernes, 20.30. Duración: 80’. Entradas: $ 380 (solo en boletería).

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