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El comienzo es prometedor. Tras la presentación de una placa —logo incluido— anunciando que se filmó en Cinemascope, como los viejos musicales, la película se abre con un plano secuencia que registra un impecable número musical, elegantemente coreografiado, que sacude y desarma un embotellamiento en plena autopista de Los Ángeles. Es una acertada forma de reflejar, con cierta frescura, la situación en la que se encuentran los protagonistas y el poder liberador que puede tener la música en la vida cotidiana. Al mismo tiempo, la coreografía ofrece algunas ideas sobre el tono que seguirá a continuación. Porque La La Land es una nostálgica celebración del musical clásico, una declaración de amor a Los Ángeles, además de una historia romántica, un cuento sobre los sueños y la pasión que los mantiene con vida. El título proviene de la expresión en inglés que refiere a creer que lo imposible puede suceder.
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La La Land se divide en actos que se corresponden con las cuatro estaciones. Invierno, primavera, verano y otoño son también alegorías de la relación amorosa entre Mia (Emma Stone) y Sebastian (Ryan Gosling), cuyas vidas se cruzan por primera vez en esa autopista atestada. Ella es aspirante a actriz, trabaja en la cafetería de un estudio de cine, y va corriendo de audición en audición. Él es pianista, amante del jazz tradicional, que toca melodías amables en restaurantes o participa en fiestas donde se rinde homenaje al pop de la década de 1980, solo para pagar las cuentas, mientras sueña con tener su propio club de jazz.
El largometraje dejó babeando a la inmensa mayoría de los críticos de Estados Unidos, que con extrema facilidad la colocaron en la categoría correspondiente a las obras maestras, a la misma altura de Cantando bajo la lluvia. Es probable que se lleve varios Oscar. Es que la última película de Damien Chazelle, cineasta competente, prolijo, director de la correcta y también llana y esquemática —y sobrevalorada— Whiplash, técnicamente es impecable, tiene energía, brillo y color, tiene humor, romance y pasos de tap, y cuenta con dos adorables protagonistas, Stone y Gosling, que cantan y bailan con gracia y entusiasmo. Stone se luce en algunas escenas de un modo brillante (como ocurre con las audiciones), pasando del humor al drama, y Gosling, que por fuera del cine forma parte de la banda Dead Man’s Bones, se mueve dentro del género como pez en el agua. Curiosamente, en lo que falla este musical bonito, preciosamente fotografiado y declaradamente nostálgico, es que no tiene una sola canción que genere algo de emoción (o que al menos sea un poco pegadiza). Da la impresión de que Chazelle usó todos los accesorios para vestir y adornar su película y olvidó ese bien tan preciado que hace que un musical sea precisamente un musical.
La La Land: Una historia de amor (La La Land). EEUU, 2016. Dirección y guion: Damien Chazelle. Con Ryan Gosling, Emma Stone, J.K. Simmons, Rosemarie De Witt, John Legend. Duración: 128 minutos.