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    Los sonidos del silencio

    Ricardo Pascale en la Fundación Unión

    En el medio de la sala hay una figura blanca, delgada, que juega en el aire como una larga y sólida serpentina. Es una construcción en madera fina, un cilindro delgado que se extiende en línea curva como una cinta de Moebius desacomodada. A diferencia de la cinta en dos planos que evoca el infinito, hay aquí una inserción en un espacio que se vuelve curvo, sin planos, solo la línea que parece una evocación más intrigante. La obra está inmóvil, serena, liviana, apenas apoyada en algunos puntos. Genera una fantasía de ciencia ficción. Por allí el espacio se distorsiona, parece abrirse como si fuera líquido, parece moverse y generar una sensación de apertura a otros espacios, tal vez a otros universos.

    Es extraño que una escultura en madera, fina, tan simple y liviana, construya una imagen tan sugerente y provoque la sensación de plena ocupación, de poderosa influencia sobre su entorno. Es que en esta muestra del escultor uruguayo Ricardo Pascale (1942) todo parece extraño, novedoso, sorprendente. Para empezar, el título. La exposición se llama “Ruido rojo”. Aparentemente, la correspondencia baudelariana tiene más que ver con la investigación científica que con la poesía, aunque entre ambas, en manos de Pascale, logran un efecto devastador. Sobre todo por el finísimo trabajo sobre materiales claros, maleables, maderas más dulces y suaves que las utilizadas en sus trabajos anteriores. Del otro Pascale, el de las esculturas pesadas, en especial de su marca de ruedas y tótems construidos con piezas duras, acopladas en tonos y formas ásperas, densas, no queda nada. O casi, porque en realidad el método se aplica. En esta exposición hay también acoplamiento, yuxtaposición y apretadísimo encuentro de materiales.

    Pero lo que antes era grosor, cuerpo, madera en relación casi primitiva con su origen, naturaleza viva y dolorosa, ahora es materia procesada, prensada, manipulada en cuidado y paciente trabajo de orfebre. Es Pascale en esta construcción un artesano de finísima calidad. Juega con esas líneas descriptas anteriormente en piezas como “Random Loops”, de 2012: juega con la madera como si fuera elástica. Exprime con sentida tensión la flexibilidad y la suave carnalidad de un material aparentemente de fácil manipulación. En otras obras, como la serie de “Crowd” , la maestría continúa el oficio de acoplamiento, aunque en este caso, de pequeñísima e impensable acumulación de palillos delgados, exasperantemente difíciles de manipular, colocados con paciencia imposible, en perfecta armonía de conjunto. Hay, pues, un pasaje de la obra gruesa y rústica, de trozos grandes y en cantidades acotadas, a este despliegue delicado y de incontables piezas minúsculas.

    Pero además, en esta serie, que incluye títulos como “Waiting in the Crowd” (2010) o “Looking in the Crowd” (2010), dibuja figuras cautivantes, estilizadas, sugerentes. Colgados en la pared, los cuadros se ven como si uno mirara desde arriba en un campo de trigo. Más oscuro, pero similar a las imágenes de Nazca, líneas trazadas desde una visión poco habitual para un ser humano. Es un punto donde la figura emerge perfectamente definida, limpia, sin tropiezos. En algún caso, podría ser también un diseño de tapiz sobre tela gruesa, apenas sugerida por las diferencias de tonos o signos de antiguas civilizaciones. Lo que sea y sugiera es provocativo, determinante para entender una técnica formidable. Pero además, un vuelo creativo que permite el salto de la pura artesanía al plano del arte donde precisamente el valor aparece en el despliegue complejo de sentidos y sugerencias. Aunque hay más.

    Siempre en este juego de acople y liviandad, de madera clara y manipulable como goma, se destacan dos trabajos. Uno es vertical, construido con maderitas superpuestas, y el otro es horizontal. De un lado, se parece a un edificio levantado con exactitud, de una ingeniería detalladísima, en tono claro. Son obras de líneas rectas, de una geometría sobria pero pujante. De un lado de la fina construcción, la pared se desbarranca, como si una parte del edificio se hubiera caído y quedaran líneas inconclusas de frente al vacío. Las maderitas, colocadas de forma despareja, más largas o cortas, dan otra vez la sensación de espacio a medio construir, de lugar físico no visible pero existente, de superficie y profundidad. Al final la obra es puro movimiento, como las ondas de sonido reproducidas en una pantalla, como el ruido del silencio, con movimientos imprevisibles, aleatorios. Acá el espacio es aguijoneado donde antes era curvo y suave.

    En definitiva, la sensación de espacio que completa, devora o conduce a otros universos, se repite como un denso, provocativo y sugestivo viaje por los agujeros negros de la percepción.

    “Ruido Rojo”, de Ricardo Pascale. En Fundación Unión. Plaza Independencia 737. De lunes a viernes de 11 a 18 horas. Hasta el 7 de enero.

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