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    Los viejos la rompieron

    The Rolling Stones dieron un recital memorable en Montevideo

    Fue mucho más que una noche. Los Rolling empezaron a tocar en Montevideo hace un buen tiempo. Desde que comenzaron a correr rumores, datos confidenciales y algún que otro bolazo. Hacía ya diez años que el productor Eduardo Atín Martínez los tenía entre ceja y ceja. No pudo aquella vez y lo volvió a intentar. Cuando un artista como estos llega a una ciudad el ambiente empieza a cambiar mucho tiempo antes. El tema se mete en la oficina, en la calle, en las redes, en los magazines de radio y TV que llenan el éter con variedades, en los grupos de Whatsapp, en la salida de la escuela, en el almacén mientras el tipo te corta 200 gramos de muzzarella, y en la mesa del domingo con tus viejos. Aquella posibilidad incierta y varias veces postergada comenzó a volverse real el jueves 27 de agosto de 2015, cuando Búsqueda (Nº 1.830) informó que la productora AM había señado el Centenario. Hubo que esperar dos meses más a que se armara el negocio, ingresaran los patrocinantes y se anunciara oficialmente la gira Latinoamérica Olé, nombre que será feo pero ilustra fielmente lo que la gente canta en los estadios de esta parte del mundo.

    Desde aquel tórrido sábado de noviembre en el que miles y miles pasaron horas y horas al sol en las calles de Punta Carretas tras una bendita entrada, Montevideo comenzó a ponerse en modo Stone. Los celulares se llenaron de fotos de gente sonriendo con sus entradas en la mano. Las disquerías se llenaron de nuevas ediciones remasterizadas —más de 30— y las radios volvieron a rotar sus clásicos. (I Can’t Get No) Satisfaction empezó a sonar en los avisos como si fuese el único tema de los ingleses. La icónica lengua reapareció en la vida cotidiana de los transeúntes: en las vidrieras, en los puestos de remeras, en los mostradores, en los termos, en la ventanilla que separa al conductor del ómnibus y los pasajeros.

    Fueron semanas de euforia rolinga. Los conciertos de Santiago y La Plata iban adelantando datos sobre lo que se vería en el Centenario. Las listas de temas prometían un show lleno de bombazos, armado para complacer a todas las generaciones. No faltaban las entrevistas a los cocineros que pasaban la receta del pastel de papas de Keith Richards o explicaban que a Mick Jagger le gusta comer liviano.

    Los programas radiales organizaban concursos de anécdotas del grupo y premiaban a la audiencia con remeras, discos y entradas. Uno de los ganadores fue un caballero al que le robaron su entrada recién comprada en un asalto al local de cobranzas. Otra resultó una dama que fue plomo de los Stones y moza en un show de los ingleses en Barcelona, en un concierto privado solo para dueños de bancos.

    El sábado 13 el show del argentino Pity Álvarez fue una verdadera previa Stone, con casi mil personas coreando sus clásicos como Me gustas mucho mezclados con temas stones como The Spider and The Fly. Y cuando quisimos acordar, el lunes 15 nos encontró vibrando —y hasta soñando— con las violas afiladas de Keith y Ron Wood, con la síncopa inconfundible e inconmovible de Charlie Watts, con el groove poderoso de Darryl Jones, el sustituto de Bill Wyman en el bajo que tiene bien ganado el mote de “quinto stone”.

    A las cinco de la tarde los muchachos llegaron a Carrasco y a las diez de la noche Jagger cenaba en Tandory. Su presencia alteró el barrio y se corría la bola por Whatsapp, por lo que debió salir por un costado para evitar a los 150 cholulos agolpados frente a la puerta, munidos de libreta y lapicera, ilusionados con la selfie y el autógrafo imposible.

    El martes 16 amanecimos con la foto de Mick abrazado al Negro Rada en la casa del Lobo Núñez. Toda una sorpresa. Según contaron, ni bien aterrizó pidió para escuchar candombe, y entre el corista de la banda Bernard Fowler y el bajista uruguayo Francisco Fattoruso lo llevaron a la casa del Barrio Sur donde el maestro candombero y luthier de tambores festejaba sus 60 años. Dicen los presentes que Jagger estuvo un buen rato en el taller de Núñez conociendo la fusión de madera y lonja que da forma y sonido a los tamboriles. Bailó Satisfaction en clave de candombe, se sacó fotos y tomó agua de la canilla con hielo porque no había mineral. Solo le faltó poner un billete de cien dólares en la vaquita para la cerveza.

    Encendidos.

    A las 21.10 se apagaron las luces, una voz alcohólica vociferó “The Rolling Stones!” y el riff de Start Me Up sacudió el alma de los 55.000 espectadores congregados en el Centenario. Mejor comienzo, imposible. Parece mentira que una canción tan simple, con tres acordes sencillitos y una letra que en su concepto no difiere demasiado de la “cumbia cheta” —nena, vamos a la cama—, sea tan demoledora. Durante las siguientes dos horas, Montevideo entendió por qué los Rolling Stones son los Rolling Stones. Y por qué son junto a Paul McCartney los únicos artistas vivos capaces de influir con tanto vigor en la vida de una sociedad durante días, semanas e incluso meses. Tanto como un clásico o partido de la Selección.

    Fue un show soberbio desde los primeros fuegos artificiales, con Watts dando pie al primer grito de Jagger, hasta la última salva de pirotecnia, cuando se apagaba Satisfaction. Solo 18 temas les bastaron para revalidar el mote que los define como “la banda más grande del mundo”. La lista es inapelable. Pueden haber faltado Street Fighting Man, Not Fade Away, Ruby Tuesday, Under My Thumb, Dead Flowers, Beast of Burden y mil más. Los Stones tienen temas para alimentar tres conciertos en simultáneo, sin repetirse. Pero en esta gira solo cargaron armas de destrucción masiva. Después de la trilogía inicial con Start Me Up, It’s Only Rock ’n Roll (But I Like It) y Tumbling Dice, el bajo del señor Jones estremeció los cimientos del Coloso de Cemento con Out of Control, quizá el mejor tema de los Stones post Steel Wheels. El sonido fue perfecto, pero ese soul ascendente y atronador sonó especialmente bien.

    En la votación propuesta en la web oficial, el público uruguayo eligió She’s So Cold, temazo relegado de su repertorio reciente, pero muy popular en Uruguay. Se ha insistido hasta el cansancio acerca de las condiciones atléticas de Jagger, que va y viene sin parar. Pues bien, Ella es tan fría fue la única que logró quitarle el aire a Mick, que terminó resoplando en el fondo del escenario.

    La hermosa Wild Horses, una de las tres baladas de la noche, permitió el primer respiro, seguida de dos pasajes a 1970: la épica Paint It Black y la bajofondera Honky Tonk Women, el mejor homenaje a las chicas que fuman en los antros de todo el planeta.

    Keith Richards es el alma de todo esto, el tipo que mejor representa la esencia del rock en su actitud, su sonrisa socarrona cuando dice “cómo estoy disfrutando en este país”, su rostro arrugado como un traje de lino, su postura encorvada en torno a su guitarra, su Fender Telecaster amarilla con la pintura gastada a puazos, llena de cicatrices. Por primera vez en su vida muestra una incipiente pancita cervecera. Y está claro que canta porque es Richards y puede hacer lo que quiere. Puede pifiar algún punteo o carraspear demasiado en Slipping Away, la canción en la que quedó en bolas. Pero es Keith Richards, papá. En seguida canta Can’t Be Seen, ese precioso himno al pata de bolsa que le queda pintado.

    Ron Wood acompaña con sabiduría y sabe ocupar el lugar protagónico cuando le toca. Es el contrapeso preciso, el oído justo para el contrapunto, el colchón siempre bien ubicado para que Richards se lance al vacío. Y sorpresivamente fue el más ovacionado en la presentación individual.

    Charlie Watts es el hombre metrónomo. No le pidan palabras, ni sonrisas, ni saludos efusivos. No le pidan lujos. Mucho menos solos de batería. Lo suyo es el pulso, el espíritu jazzero. Es el señor del tiempo y tiene toda la pinta de ser un viejo entrañable.

    En la banda se destacó especialmente la cantante Sasha Allen, una negraza nacida en 1982 en Harlem que demostró flor de garra en las tremendas Miss You y Gimme Shelter, dos de los mejores momentos de la noche.

    Ahora bien: si Richards es el alma, Jagger es el cerebro y el corazón juntos. Corre, camina, vuelve a correr, para, baila solo y abrazado con Allen, habla en español, sabe ponerse a la multitud en el bolsillo con los “bo”, “vamo arriba”, “ta”, “chivito”, la camiseta y el “aún sufro los goles” de Suárez y la “Midnight Rambla”, con guiñada por el chiste malo. Sabe bien que esos trucos encierran algo de demagogia, pero sabe que de todos modos son un mimo, una muestra de cariño, un gesto que humaniza un show de estadios y le aporta una necesaria dosis de cercanía y empatía. Este negocio lo inventaron ellos, se sabe.

    Su despliegue físico es arrollador. A los 72 años, Jagger es un atleta que recorre 150 metros de escenario por canción. Saquen la cuenta. Y es, señores, ante todo un cantante negro adentro de un cuerpo blanco, que mantiene el timbre, el ataque blusero (de Midnight Rambler), la claridad de la emisión, el punch perfecto para tener a 55.000 personas en la palma de su mano.

    Después de la hora y media de show se precipitó una catarata de emociones que arrasó el estadio: Brown Sugar, Simpathy For The Devil, Jumping Jack Flash, You Can’t Always Get What You Want y Satisfaction. La enorme, cincuentona y siempre fresca Satisfaction. Uf, da vértigo de solo escribirlo.

    Fue mucho más que una noche. The Rolling Stones seguirán tocando en Montevideo durante un buen tiempo.

    Vida Cultural
    2016-02-18T00:00:00

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