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    Lustemberg: de fabricar chaski boom para poder estudiar Medicina a ser clave en el retorno de Martínez a la arena política

    “Las mujeres, como los negros, somos todos iguales, no nos distinguen”, solía repetir la fundadora del Frente Amplio Alba Roballo y aconsejaba a las compañeras sobreactuar para diferenciarse y destacar en política, un mundo duro y dominado por hombres.

    En esa época, María Cristina Lustemberg era una niña que aún estaba lejos de convertirse en una pediatra rubia, delgada, enérgica, madre de tres hijas y electa dos veces diputada, una mujer sensible, de lágrima fácil y con más experiencia en el terreno que cintura política.

    Faltaban años también para que jugara un papel importante para respaldar una trabajosa segunda candidatura de Daniel Martínez a la Intendencia de Montevideo después de perder por poco, pero desgastarse mucho, frente a Luis Lacalle Pou. Es que en los últimos meses, Lustemberg pasó de ocupar una banca por la Lista 711, un sector caído en desgracia, a obtener una diputación con su propio grupo, rechazar la oferta de ser compañera de fórmula de Martínez y estar en la cocina de su retorno a la actividad política.

    El factor Juan Lacaze.

    Las dos hermanas Lustemberg Haro nacieron en Montevideo, pero tenían a sus abuelos en Juan Lacaze.

    El abuelo paterno, hijo de emigrantes suizo-alemanes, trabajó en la textil Campomar. Hugo, el padre de la diputada, había partido a Montevideo para estudiar Odontología, pero no terminó la carrera y también abandonó su militancia nacionalista junto a los caudillos de Colonia Carminillo Mederos y Carlos María Aguirre (su tío) que llevaron a Wilson Ferreira a su primera banca de diputado por la Unión Blanca Democrática.

    En 1962, influido por la Revolución cubana, Hugo Lustemberg dejó el Partido Nacional y votó al Frente Izquierda de Liberación (Fidel), pero en 1966, habiendo nacido su primera hija, María Cristina, pensaba diferente que los comunistas.

    Las simpatías políticas se inclinaban entonces por el movimiento tupamaro, seguramente influido por el periodista Carlos María Gutiérrez y Alicia Rey Morales, la carismática lacazina que años después negoció con el Ejército su salida al exterior junto con el dirigente tupamaro Héctor Amodio Pérez.

    Igual que Amodio, Hugo Lustemberg había trabajado en el diario BP Color, haciendo de improvisado cronista de turf para completar el sueldo de visitador médico y de paso seguir a sus amigos de farra.

    A pesar de que se había alejado del MLN-Tupamaros, a Lustemberg lo fueron a buscar las Fuerzas Conjuntas a comienzos de 1973 y en medio de un clima represivo decidió dejar a su esposa y dos hijas en la relativa calma de Juan Lacaze y salir a Buenos Aires por Salto.

    Para ese entonces había sido seducido por el pensamiento del dirigente textil Héctor Rodríguez y formaba parte de los Grupos de Acción Unificadora (GAU), que luego los ayudaron a llegar a Cuba.

    “Seremos como el Che”.

    Una fría mañana de junio de 1974, la familia salió de Buenos Aires y poco después aterrizó en el verano del Caribe. La isla vivía no solo altas temperaturas y humedad pegajosa, sino el momento de mayor cercanía con la Unión Soviética y estaba en pleno proceso de consolidación del monopólico Partido Comunista de Cuba.

    La niña de ocho años creció más cerca de los cubanos que de los uruguayos exiliados (en su mayoría tupamaros y comunistas), fue seleccionada para estudiar en una escuela donde asistían alumnos de vanguardia y educada, como todos, bajo la consigna de los pioneros: “Seremos como el Che”, pero aun así estuvo bastante cerca de dos de los hijos del líder tupamaro Raúl Sendic, Raúl y Ramiro.

    Como estudiante visitó la Unión Soviética y comenzó la carrera de Medicina en Cuba, pero apenas se abrió la posibilidad, los ­Lustemberg Haro dejaron el reparto Antonio Guiteras, un barrio popular de Habana del Este, y regresaron a Montevideo.

    “Volví casi obligada”, dijo al semanario Voces en diciembre de 2017, pero en la larga entrevista dio rodeos para no opinar con franqueza acerca de la Cuba de hoy, quizás por sentimientos de gratitud y amor mezclados por el deseo de no cuestionar a la isla ni afectar su nuevo posicionamiento político.

    Aunque Lustemberg no se hizo guerrillera, sí estudió Medicina como Ernesto Guevara y luego tuvo chances de poner en práctica, en barrios pobres como La Paloma y Jardines del Hipódromo, sus conocimientos de pediatría.

    En La Paloma, a la que fue de becaria y luego regresó como pediatra, conoció a la médica Teresa Briozzo, una de las personas que más pesaron en su formación.

    Esa experiencia en el terreno, completada con las guardias en la Emergencia 1727 del Casmu, junto con el respaldo de Sendic, fueron valorados en los servicios de salud del Estado, en el MSP y también en la política lisa y llana.

    Antes de la práctica médica, para terminar la larga carrera trabajó en la fábrica de fuegos artificiales Chaski Boom!, vendiendo tortas fritas, fue empleada de tienda en Punta del Este, funcionaria del entonces Instituto Nacional del Menor y finalmente vendedora en la imprenta de un familiar.

    A su esposo, un médico neurólogo, lo conoció en Juan Lacaze un día en que ambos visitaban a sus respectivas familias.

    Renuncia.

    Cuando ganó el Frente Amplio, Lustemberg fue convocada por el doctor Tabaré González a trabajar en Niñez y Adolescencia mientras se procesaba la reforma de la salud.

    “Gozaba de credibilidad porque tenía mucha experiencia clínica en el ámbito público y privado. Mezclaba solvencia técnica con capacidad operativa, y una cuasi porfía en mejorar cosas. Su empecinado propósito de transformar las realidades que le parecían injustas y modificables la hacían transitar situaciones de conflicto que ella enfrentaba con sus dos rasgos dominantes: tesón y compromiso”, contó su colega Wilson Benia.

    Eso le permitió, en noviembre de 2011, ya integrada al sector de Sendic, dirigir el exitoso programa Uruguay Crece Contigo, que se radicó en la Oficina de Planeamiento y Presupuesto bajo el gobierno de José Mujica tomando los ejemplos de Chile y Canelones.

    El programa, que busca integrar políticas de primera infancia, con la llegada de Tabaré Vázquez por segunda vez a la Torre Ejecutiva fue enviado al Ministerio de Desarrollo Social (Mides). Mientras que Lustemberg fue designada subsecretaria de Salud.

    Para entonces, las políticas sociales aplicadas por el Frente Amplio habían logrado éxitos en bajar los índices de mortalidad infantil y los niveles de pobreza, pero el programa se tuvo que adaptar a un ministerio en proceso de reestructura y a competir con otros por los recursos.

    A pesar de los avances, un informe de Unicef elaborado en 2018 por Gustavo De Armas, confirma que al bajar los índices de pobreza en el resto de la población quedó al descubierto que en las familias con niños menores de cinco años el porcentaje de pobreza es mucho mayor que en el resto.

    “Si Uruguay lograse en los próximos años erradicar la pobreza por ingresos en los niños y sus familias, prácticamente lograría erradicar la pobreza monetaria en toda la población”, sostuvo De Armas, porque el uruguayo es “un régimen que protege en mayor medida a los adultos mayores que a los niños y adolescentes” y a pesar de que hubo una priorización de la infancia en las políticas públicas, el sesgo proadulto se mantiene y además la pobreza está concentrada en algunos barrios de Montevideo y Canelones.

    Después de dos años y medio de gestión, Lustemberg renunció a fines del 2017 al cargo de subsecretaria de Salud. A pesar de las diferencias, el ministro Jorge Basso elogió a su excompañera: “Ha sido un puntal que nos ha permitido trabajar muy coordinadamente, complementándonos. Es muy trabajadora, inteligente y valiente, y ha tomado una decisión que tiene que ver con hacer uso de un cargo que ganó en las elecciones”, dijo a la diaria.

    Pese a que abandonó la 711 a principios de ese año, ocupó la banca en Diputados que había obtenido en las elecciones del 2015. Su decisión de no entregar la diputación le valió duras críticas de varios excompañeros de sector.

    Lustemberg descartó algunas propuestas para integrarse a otros grupos del oficialismo y decidió seguir su propio camino. En febrero del 2018 creó PAR (Participar, Articular, Redoblar), ayudada por su asesora en comunicación Soledad Acuña, que también había estado en el sector liderado por Sendic.

    Tomando como ejemplo la política aplicada por Finlandia después de la Segunda Guerra Mundial y el informe de Unicef que destaca no solo la necesidad ética sino también la ventaja económica de invertir en esa etapa de la vida, Lustemberg comenzó su batalla casi solitaria para que el Parlamento votara un proyecto que denominó Ley de Garantías para el Desarrollo, Atención, Educación y Protección de la Primera Infancia.

    Aunque despertó interés en la senadora Lucía Topolansky, sus excompañeros de la 711, el Partido Comunista y el director del Sistema de Cuidados, Julio Bango, que quería blindar a su otrora buque insignia, se opusieron.

    El argumento empleado fue que no había un motivo suficiente para sacar el programa del Mides (sometido a fuertes críticas) y sobre todo que al pasar el mando institucional al Ministerio de Economía o a OPP se afectaba la rectoría del Instituto Nacional del Adolescente (INAU).

    Aunque Lustemberg hizo cambios en el proyecto y recurrió a las organizaciones de la sociedad civil que estaban interesadas en dinamitar el poder del INAU, el oficialismo finalmente no votó la iniciativa que sí atrajo a la oposición.

    Detrás de los argumentos legales y de conveniencia, legisladores oficialistas creen que Lustemberg, que venía de una tarea ejecutiva, no se supo mover en el terreno fangoso del Parlamento, máxime cuando al mismo tiempo se presentaba como una nueva opción política que competiría en la interna.

    Expertos independientes coinciden en que hacer cambios legales en la institucionalidad como propone, si bien no es la panacea, ayudaría a acelerar las transformaciones que se necesitan en un área estratégica.

    Cristina Lustemberg

    Operación retorno.

    En enero del año pasado, el intendente de Montevideo y su esposa, Laura Motta, estuvieron en el cumpleaños de la diputada, que se festejó en el terrero familiar de Punta Negra, donde a falta de una construcción en regla habían instalado una casa rodante.

    El sector de Lustemberg era por entonces uno de los grupos que apoyaba la precandidatura presidencial de Martínez, una definición de centro y de renovación ante los “radicales” representados por Carolina Cosse y Óscar Andrade.

    Mientras el sector de Sendic era borrado del Parlamento en octubre, ella fue reelecta diputada gracias a unos 18.000 votos obtenidos en Montevideo en alianza con Plataforma, otro sector nuevo liderado por el director de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP), Álvaro García.

    En diciembre, la casa de veraneo en Punta Negra se volvió uno de los centros de operaciones para convencer a Martínez de que fuera candidato a intendente de Montevideo otra vez, una opción que había descartado públicamente. Junto con el senador electo de la Vertiente Artiguista Enrique Rubio y el exdirector del Impo Álvaro Pérez, tejieron la vuelta del dirigente socialista, un candidato que, a pesar de todo, tenía más punch que el propio García o Pablo Ferreri, los otros posibles para competir con Cosse y con el médico Álvaro Villar, respaldado por el Movimiento de Participación Popular y Fuerza Renovadora, liderada por Mario Bergara.

    La opción por Martínez, hecha no sin largas discusiones por los sectores de García, Lustemberg y Rubio, determinó la ruptura de la alianza que había sumado votos en junio detrás de la precandidatura de Bergara, quien aspiraba a constituir y liderar un espacio político común.

    Después del fracaso parlamentario, que le arrancó a Lustemberg más de una lágrima de rabia, la buena votación y el éxito de su gestión para respaldar a Martínez, quien le llegó a ofrecer la candidatura a vicepresidenta y luego en noviembre la había presentado como su ministra de Desarrollo Social si ganaba las elecciones nacionales, la diputada piensa insistir con su proyecto en la legislatura que comienza el sábado 15.

    Para eso, además de sus aliados, cuenta con un pequeño casco de militantes, entre ellos el excura jesuita Julio Boffano, la informática Caroline Voetter, el joven maestro Joaquín Mateauda y la técnica en Relaciones Públicas e Internacionales Gisella Previtali.

    A Mateauda, como a muchos de los militantes de PAR, lo conoció en un comité de base. Previtali es nieta de Alba Roballo, la política que en 1971 se animó a dejar el Partido Colorado y sumarse al Frente Amplio al tiempo que perdía su banca.

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