N° 1667 - 21 al 27 de Junio de 2012
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáUn empaquetador de supermercado. Dos atracadores. Tres policías. Una anciana jubilada, hija de un coronel. Un patio con plantas, un gato dormido al sol y un canario en su jaula y con la puerta abierta. Los policías divagan en el patrullero hasta que la radio les indica una dirección. Los atracadores entran en el supermercado. La anciana se levanta de la siesta y revuelve un cajón donde hay, entre otras cosas, pastillas de colores. Los atracadores presentan sus armas y la gente es presa del pánico, menos el empaquetador. Los policías se dirigen hacia el supermercado con la sirena encendida. La anciana se traga una pastilla roja. Uno de los atracadores se pone nervioso. El gato sigue durmiendo y el canario se mantiene incólume en su jaula, como si estuviese embalsamado, sin importarle la puerta abierta. El empaquetador encara al atracador nervioso y lo sorprende cubriéndole la cabeza con una bolsa. Llegan dos policías empuñando sus armas; el tercero se demora en el patrullero escuchando la radio: “¡Recoba, Recoba!”, dice el locutor. El atracador que no está nervioso detecta a los policías y aprieta el gatillo dos veces. La anciana se traga una pastilla celeste. El gato se despereza y el canario lo mira de reojo. Un coronel de 99 años llama a su anciana hija de 80 y le pregunta por el revólver. Un policía cae fulminado y el otro herido, pero el herido le atraviesa la cabeza de un disparo al atracador embolsado. “¿Qué revólver?”, dice la anciana. “¡La Magnum!”, responde el coronel. El policía que se demoró escuchando la radio llega tarde: un compañero muerto, el otro herido, un atracador muerto y el otro fugado. “¡Ah, la Magnum!”, dice la anciana, y revuelve el cajón de las pastillas hasta que da con el poderoso fierro. El atracador que no está nervioso se va con el botín y salta un muro, otro y otro hasta que cae en un patio. El gato sale disparado. El canario mira de reojo. La anciana sale al balcón y sin que le tiemble el pulso (para eso era la pastilla roja) le dispara al intruso y acierta (para eso era la pastilla celeste). Ahora, la anciana mira como si fuese un canario, de reojo, detrás del leve humo que se levanta del cañón de la Magnum. El canario sigue incólume en su jaula, con la puerta abierta. El gato observa desde un rincón. Y el atracador que no estaba nervioso se desangra al sol, muy cerca de las plantas, que son meramente decorativas.