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    Más allá de la metafísica de la cucaracha

    En las nuevas ediciones, y por lo visto así lo había estipulado el propio Franz Kafka, se la conoce como “El desaparecido”. Pero el título que le dio Max Brod —amigo y albacea del escritor— cuando llevó el manuscrito a la imprenta fue América, y así la conoció el mundo cuando se publicó en 1927, tres años después de la muerte de Kafka. Como todas sus novelas, estaba inconclusa. Como todas sus novelas y cuentos, era tan inquietante como genial.

    Según Jorge Luis Borges, quien pocas veces se equivocaba, el destino de Kafka (1883-1924) fue convertir sus propias circunstancias y agonías en una alucinante y límpida pesadilla, continua, ininterrumpida, de un solo rollo. Escribía de un tirón, como si fuese un beatnik, porque así aprovechaba mejor la energía creativa. Y escribía a toda máquina hasta caer rendido entre los últimos silencios de la madrugada y los primeros síntomas de la mañana, cuando la humanidad, que siempre fue a contrapelo de Kafka, se levanta para realizar sus tareas y apuntala sus andamios.

    Cuando Moisés separó, con una raya al medio, los negrísimos cabellos del escritor, también le advirtió que padecería otros problemas. El insomnio fue uno de ellos. No poder dormir tiene una mezcla diabólica de lucidez a contrapelo con fantasmagoría. Es la furia de la inteligencia que se vuelve contra Kafka cada vez que se autoanaliza. Y lo va desgastando, consumiendo, horadando como a una vieja piedra a la que se raspa hasta convertir en arena.

    Kafka también sufrió la soledad y la incomprensión —en particular la resistencia de un padre terrible—, hasta que una larga tuberculosis puso fin a su vida en un hospital vienés. “Yo no alcanzaré nunca la edad de hombre”, dijo en una oportunidad. “De niño pasaré a ser enseguida un viejo con el pelo blanco”. Y así fue. Pero el niño terrible, que en el trato personal era callado y dulce, dejó una de las obras literarias más importantes de todos los tiempos.

    El calvario de un hombre convertido en cucaracha (“La metamorfosis”), el funcionario que no sabe de qué se lo acusa —nadie es inocente en este mundo— pero sin embargo sufre el siniestro peso de la ley (“El proceso”) y el agrimensor que nunca llega a realizar las mediciones (“El castillo”), son algunas de las pesadillas más célebres de este atormentado creador que nació en Praga bajo la bandera del imperio austrohúngaro y que escribía en alemán.

    Si Nietzsche filosofaba a martillazos, Kafka diseñaba sus historias desde la mazmorra. Curioso caso para un hombre que siempre añoró volar y salir disparado de la Tierra, pero que para ello debió pernoctar y consumirse hasta las llagas en el sótano con los insectos y los fantasmas de los insectos, que tienen más presencia que los humanos.

    Hay quien sostiene que América es su novela más amable. Y es cierto. Pero cuidado con sus amabilidades. El personaje central, nuestro héroe, no reposa en una inicial ni emite pitidos: se llama Karl Rossmann, tiene 16 años y acaba de arribar al puerto de Nueva York, donde la Estatua de la Libertad lo recibe con su brazo en alto y su espada, un detalle que poco importa si es erróneo o deliberado. En definitiva, es la América de Kafka, una tierra hecha a fuego y a enceguecedor filo de arma blanca, por donde Karl deambulará de un lado para el otro, desde el tiempo detenido en el propio barco merced a extrañas disquisiciones con un fogonero y pasando por estadías en casas fantasmales hasta su trabajo como ascensorista en el Hotel Occidental, su encierro en un apartamento-balcón junto a tres personajes surrealistas (Brunelda, Delamarche y Robinson) y su integración final al Teatro de Oklahoma, un teatro “que casi no tiene límites”, donde lo reciben unas musas sobre pedestales. América, la de las grandes extensiones y las curiosas máscaras. América infinita, el país que mata el sueño, donde todo lo kafkiano puede ocurrir.

    Novela iniciática, de aventuras y picaresca, viaje futurista o sueño tan hipnótico como absurdo, América también es una road movie con campos y paraje rural, rejas doradas en los jardines pero también viaductos, arroyos y trenes que emiten sus rugidos a la distancia. Ciudades que mueren en paisajes desolados y que vuelven a nacer en esos mismos paisajes. De repente, soledades. De pronto, multitudes y tráfico congestionado, como el tumulto que provoca el grupo político callejero cuyo líder va sobre los hombros de un gigantón. Y Karl Rossmann como un testigo cándido de semejantes apariciones, con el salchichón veronés a cuestas que contamina con su penetrante olor la ropa contenida en su única valija de viajero eterno. El buenazo de Karl, a quien “sus pobres padres enviaban a América porque lo había seducido una sirvienta que luego tuvo de él un hijo”.

    Kafka no pudo escribir América de un tirón. Entre medio fue asaltado por “La metamorfosis”, que escribió esta vez sí de corrido y bajo una furibunda fiebre creativa, entre el 17 de noviembre y el 7 de diciembre de 1912. Los parajes americanos debieron ser interrumpidos por la cucaracha Gregorio Samsa. Y luego por el comienzo de “El proceso” y el tremendo cuento “En la colonia penitenciaria”. De todos modos, grandes extensiones de América fueron concebidas bajo el éxtasis kafkiano, entre las once de la noche y las seis de la mañana. La hora del lobo, diría Ingmar Bergman.

    El hombre flaco y amable, tímido y extremadamente inteligente, el escritor desafortunado en el amor que trabajaba solo por las noches y siempre descansaba con la ventana abierta aunque fuera en pleno invierno, también tenía un inusitado sentido del humor que hay que saber encontrar. A la exquisita sensibilidad, a la profundidad de sus inagotables ideas, con su desbordada imaginación y la hondura metafísica que destila hasta el más pequeño de sus textos, a su decidido pesimismo, hay que sumar un singular aprecio por la voluntad de vivir, por la caricatura e incluso por la payasada. El humor hace que la obra de Kafka sea más accesible y disfrutable; de lo contrario sería solo una pesadilla intravenosa.

    Cuenta Max Brod que un día llegó Kafka a su casa y sin darse cuenta interrumpió la siesta del padre de Brod, que estaba durmiendo en el sillón de orejas del living. Apenas el señor abrió los ojos, el escritor hizo un rápido ademán y, cruzando el living de puntillas, le dijo: “Discúlpeme, considéreme un sueño”.

    Cada tanto, este vegetariano que no tomaba una gota de alcohol, jamás levantaba la voz y se recibió de abogado para complacer a su padre, estallaba en carcajadas. Dicen que una vez, leyendo para sus amigos el primer capítulo de “El proceso”, no pudo contener un ataque de risa. En otra oportunidad y como funcionario de la Compañía de Seguros de Accidentes de Trabajo del Reino de Bohemia, asistió al torpe discurso de un jefe y no pudo reprimir primero una sonrisa, luego una risa más sacada y por último los pujos indomables de la carcajada hasta el llanto. Tuvo que pedir perdón por la escena, que no pasó a mayores. Como se ve, no todo es siniestro en la gris plantilla burocrática.

    Detrás de las tinieblas, del mundo paranoico y sombrío que este artista genial ha creado, existió un costado amable del proceso. Kafka salía con amigos y navegaba el río Moldava. Era un entusiasta de la bellísima Praga y de sus calles estrechas, y en especial del café Louvre, del cabaret Montmartre, del café Continental, frecuentado por Gustav Meyrink (autor de “El Golem”) y del café Arco, donde se juntaba con Brod y con otros poetas.

    Esa Praga de principios de siglo donde convivían checos, alemanes y judíos, era un centro bullente de ideas y también de misterios. El arte rupturista, las nuevas letras y el incipiente cinematógrafo generaban una energía particular. Y allí floreció Kafka, el agudo observador cuyo Yo, en sentido freudiano, era un terrible campo de batalla similar al de la I Guerra Mundial. “Todo me da que pensar”, decía. “Una broma en una revista humorística, el recuerdo de Flaubert (...), la imagen de los camisones sobre la cama de mis padres preparados para la noche”.

    En vida publicó muy poco: los relatos breves de “Percepciones” (1912), “La metamorfosis” (1916) y los cuentos reunidos en “Un médico rural” (1920). Cuando le alcanzó con orgullo uno de sus libros a su padre, un comerciante textil de la burguesía checa, lo que obtuvo por toda respuesta fue: “Déjalo en mi mesa de luz”.

    Unos días antes de morir, le pidió a su amigo Max Brod que quemara toda su obra inédita. Brod, a quien la humanidad debe agradecer eternamente, no le hizo caso y así nos dio a conocer las novelas “El proceso”, “El castillo” y América, además de otras miniaturas y textos soberbios.

    La editorial Acantilado ha editado este año una desusada biografía del escritor checo. “Kafka”, del experto italiano Pietro Citati, es una suerte de vida novelada donde pululan las conceptualizaciones agudas y las imágenes logradas. Es un recomendable viaje hacia el corazón del malogrado escritor que decidió, por voluntad propia, perderse en el bosque y entre todos los muertos del universo. Y con su sacrificio nos enseñó a convivir con la muerte de Dios. Y nos dejó una obra inmensa y fantasmagórica, pero también muy divertida.

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