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    Más papas para la ensalada

    El joven papa, la serie de Paolo Sorrentino, estrena una segunda temporada

    El papado y el Vaticano se han convertido en un negocio para la industria audiovisual. Los dos papas, la película de Fernando Meirelles con Anthony Hopkins y Jonathan Pryce, ha tenido muy buena respuesta de público y crítica y está colgada en Netflix. Pero si respetamos la cronología, debemos empezar por el año 2016 con El joven papa, una serie de diez episodios distribuida por Sky Atlantic, HBO y Canal+, que en nuestro país HBO estrenó en su momento y luego ha venido reiterando su emisión en años posteriores, incluso en estos días. Para quienes poseen las destrezas necesarias, la serie íntegra puede también bajarse de Internet. Mientras Los dos papas parte de hechos reales —la abdicación de Benedicto XVI y la elección de Francisco—, agregando ficción bien concebida a supuestos encuentros y diálogos entre ambos, El joven papa es una ficción de punta a punta escrita y dirigida por el italiano Paolo Sorrentino y con un elenco encabezado por Jude Law y Diane Keaton. HBO ya estrenó en enero una nueva temporada de esta exitosa serie, que ahora se llama El nuevo papa y tiene en el rol principal a John Malkovich.

    Jude Law encarna a Lenny Belardo, un cura norteamericano de 47 años que es elegido papa y adopta el nombre de Pío XIII. Su elección es el fruto de una maniobra entre los cardenales del cónclave para impedir que triunfe otro candidato. Entonces juntan los votos para proponer a este joven que nadie conoce bien y que los veteranos purpurados creen que podrán dominar y llevar de las narices hacia donde quieran. Craso error. Belardo es una personalidad inasible no solo para sus compañeros cardenales, sino también para los espectadores de la serie. Es joven, norteamericano, tiene buena pinta, fuma todo el tiempo, maldice con frecuencia, es vanidoso e intrigante. Al mismo tiempo, tiene un gusto exacerbado por el fasto y el vestido, es profundamente conservador y blande el dogma como una espada: no al aborto, no a la homosexualidad, no al divorcio y no a las parejas gais. Además tiene una estrategia que consiste en no mostrarse. No sale al balcón a hablar a los fieles, no se deja fotografiar, no quiere merchandising, y cuando visita África baja del avión con el rostro cubierto. Todo con el propósito de que la Iglesia se vuelva misteriosa y ese misterio atraiga nuevamente a los fieles para descubrirlo. Pero al mismo tiempo, ese hombre tan decidido a todo, a menudo duda con angustia de la existencia de Dios. Bajo su papado, el Vaticano va mutando hacia algo turbio, lleno de intrigas, militarizado, temeroso. Hay también alusiones al doble discurso, al pecado de la carne y a la pedofilia. No falta nada.

    Por si todo fuera poco, a Belardo lo trauma haber sido abandonado en un convento por sus padres hippies cuando tenía ocho años, y desde que es papa convive con el secreto deseo de que, ahora que es famoso, aquellos se arrepientan del abandono y vuelvan a su encuentro. En el convento lo crio y educó la hermana María (Diane Keaton), una monja tan singular como su discípulo, devenida en la madre sustituta de Lenny. La hermana María practica básquetbol tirando al aro, fuma igual o más que el papa y duerme con una camiseta estampada que dice: “Soy virgen pero esta es una camiseta vieja”.

    Para completar las excentricidades, el guion plantea la posibilidad de que Lenny sea un santo, aludiendo a hechos supuestamente milagrosos causados por sus rezos: siendo adolescente, la cura que hizo de un enfermo terminal, ya siendo papa, que una mujer estéril quedara embarazada y que una monja corrupta sucumbiera bajo la ira divina y dejara su lugar a una monja honesta. ¿Será posible que este hombre tan poco amable y tan autoritario tenga poderes sobrenaturales?

    En medio de esta mezcla se mueve como puede el secretario de Estado del Vaticano, el cardenal Voiello (Silvio Orlando), hombre político, de fino humor, chapado a la antigua, hincha rabioso del Napoli y de Maradona, a quien obviamente lo desconciertan las actitudes e ideas de su nuevo jefe. De los tres personajes principales, el papa, la hermana María y el cardenal Voiello, este es el más redondo en el libreto y cuenta además con la actuación más sobresaliente del trío. Es notable ver cómo por momentos Orlando no puede resistir sentirse atraído por la hermana María o ver cómo oscila entre el azoramiento ante las órdenes que recibe y la obediencia al superior.

    Igual que en La gran belleza, su opus más famoso, el realizador italiano Paolo Sorrentino consigue un producto muy impresionante en lo visual aunque bastante hueco en el contenido. La apuesta a lo estético es excluyente pero esa hipnosis que producen las imágenes resulta efímera. La historia no fluye, quizás por lo absurdo o forzado de ciertas situaciones, y la resolución de algunos de los conflictos es demasiado repentina. Sorrentino maneja un lenguaje a veces ampuloso, casi siempre efectista, que confiere a sus realizaciones ese aspecto impresionante de lujoso envoltorio de algo que no deja mucho después de que se apaga la pantalla.

    Y como hacen falta más papas para esta ensalada, HBO acaba de estrenar en Europa la segunda temporada de esta serie, El nuevo papa, encabezada nada menos que por John Malkovich como Sumo Pontífice. No sabemos la fecha de estreno para Latinoamérica pero por ahora para ir haciendo boca la sinopsis oficial nos cuenta lo siguiente:

    “Pío XIII (Jude Law) está en coma. Tras una serie de impredecibles y misteriosos acontecimientos, el secretario de Estado Voiello (Silvio Orlando) consigue colocar en el trono papal a Sir John Brannox (John Malkovich), un moderado aristócrata inglés, encantador y sofisticado, que toma el nombre de Juan Pablo III. El nuevo papa parece perfecto, pero esconde algún secreto y cierta fragilidad. Enseguida se dará cuenta de que no será fácil reemplazar al carismático Pío XIII: suspendido entre la vida y la muerte, Lenny Belardo se ha convertido en un santo y miles de fieles lo idolatran, acrecentando el contraste entre fundamentalismos. Mientras, la Iglesia está asediada por varios escándalos, que pueden poner en riesgo las jerarquías de forma irreversible, y por amenazas externas que golpean los símbolos del cristianismo. Sin embargo, como siempre, en el Vaticano nada es lo que parece. El Bien y al Mal van de la mano y para llegar al enfrentamiento debemos esperar a que los acontecimientos sigan su curso….”.