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La abdicación de Benedicto XVI y la elección de Jorge Bergoglio como papa Francisco marcan un giro en la Iglesia Católica. Esta película de Netflix explora la tensión entre el conservadurismo de Ratzinger y el enfoque progresista de Bergoglio, ofreciendo una mirada profunda a sus visiones opuestas sobre la fe
La sorpresiva abdicación de Benedicto XVI en el año 2013 y la elección subsiguiente del argentino Jorge Bergoglio como papa Francisco es historia conocida. También lo es, aunque quizás más restringida a la grey católica, la oposición de los puntos de vista de ambos pontífices sobre distintas cuestiones relativas a su fe. Joseph Ratzinger, el papa Benedicto XVI, era un alemán de ideas claras y terminantes, teólogo de nota, defensor del dogma y enemigo del relativismo. En contraste, Bergoglio era un argentino de cintura más flexible, carismático y propenso al cambio. Uno era tildado de conservador y otro de progresista.
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Los dos papas (Reino Unido, 2019) es una ficción basada en hechos reales que se inicia con la muerte de Juan Pablo II en 2005 y la reunión del cónclave de cardenales que luego de un par de tentativas frustradas terminará con la fumata bianca eligiendo como sucesor a Benedicto XVI. Ya esos encuentros durante las reuniones del cónclave servirán a Ratzinger y Bergoglio para medirse a la distancia, semblantearse y dejar en claro que no congenian. Deberán pasar siete años más para que vuelvan a verse.
Será en 2012 que Bergoglio, disgustado con el manejo de los asuntos eclesiásticos por el Vaticano y las posturas teológicas de Benedicto XVI irá a Roma con una carta de renuncia como obispo de la Arquidiócesis de Buenos Aires a requerir su aceptación por parte de Ratzinger. Para su sorpresa, encontrará a este renuente y esquivo a tratar el tema, abrumado como estaba por los vatileaks y los curas pedófilos. Pero el encuentro, que durará unos días, servirá para que esos dos hombres transiten de una antipatía recíproca a un respeto creciente que finalmente fraguará en un cálido compañerismo. Basado en las biografías y en las opiniones escritas y públicas de estos dos hombres, Los dos papas crea entre ellos una charla imaginaria que en realidad nunca existió, donde intercambian sus opiniones sobre la teología y la realidad de la Iglesia. La mirada conservadora de Benedicto y el punto de vista más elástico del argentino confluyen en este filme centrado casi en exclusividad en los diálogos e intercambio de ideas entre ambos. ¿El “cambio” que propone Bergoglio implica o no “ceder” posiciones, que es lo que preocupa a Benedicto? La tradición y el progreso, y más adelante la culpa y el perdón, serán constantes en esa conversación.
Los momentos más logrados y emotivos de Los dos papas son aquellos en que ambos protagonistas reflexionan sobre la fe y la Iglesia. Muchas veces son escenas lacónicas, con miradas recíprocas en silencio donde cada uno piensa lo que el otro acaba de decirle, miradas que dicen mucho más que mil imágenes. En varias oportunidades miran a la cámara y suspiran fuerte descargando tensiones, porque ellos mismos se conmueven por lo que están diciendo o por lo que escuchan del otro. Ese clima algunas veces se quiebra con los flashbacks que nos muestran a Bergoglio joven y su periplo sacerdotal durante la dictadura militar. Retrocesos que son pertinentes y que contextualizan la historia y el drama personal del actual Papa, pero que de alguna forma interrumpen la narración principal y el diálogo entre esos dos hombres, que están protagonizando esta historia íntima de una de las transiciones de poder más dramáticas de la historia reciente.
Hay varios créditos lustrosos en la película. Anthony McCarten, escritor de La teoría del todo, Las horas más oscuras y Bohemian Rhapsody, es también quien empuñó la pluma para esta historia pontifical. Lo hace con la inteligencia suficiente para que una película donde en su mayor parte dos hombres veteranos hablan sobre teología resulte inesperadamente entretenida. Por otra parte, el dúo imbatible del brasileño Fernando Meirelles en la dirección y el uruguayo César Charlone en la fotografía (Ciudad de Dios, El Jardinero fiel, Ceguera) reiteran aquí su profesionalismo de primerísimo nivel. Hay que ver lo que es la cámara de Charlone en los interiores del Vaticano, en los jardines y, sobre todo, en los primeros planos casi permanentes de los rostros de ambos protagonistas.
Esos lujos de imagen se complementan con una dirección de actores que extrae de los dos británicos un rendimiento apabullante. No es novedad en la abundante filmografía de Anthony Hopkins, aunque quizás haya que decir que desde Tierra de sombras (Shadowlands) y Lo que queda del día (ambas de 1993) no lo veíamos transmitir con tanta profundidad su drama interior como en las escenas en que ambos clérigos confiesan sus demonios. En cambio, Jonathan Pryce, que casualmente encarnó a otra celebridad argentina como Juan Domingo Perón en Evita (1996), no había escalado tan alto en una interpretación como el Bergoglio de esta película. La calidez con que cocina y se mezcla con los habitantes de la Villa 21 en Buenos Aires o la naturalidad con que se relaciona con el personal de servicio del Vaticano no pueden ser más auténticas. Su sonrisa casi permanente, la mirada respetuosa hacia Benedicto, el peso de la culpa de su pasado en dictadura, el azoro ante la fastuosidad y la firmeza y sencillez con que, una vez electo, va declinando algunos de esos fastos, todo es una lección actoral de principio a fin.
Hay varios apuntes de humor, algunos explícitos como la compra de un pasaje aéreo que abre y cierra la historia, otros más sutiles como la elección de ciertos fragmentos musicales para comentar la acción. Por ejemplo, ese brevísimo momento donde el intelectual alemán, conservador y cuadrado que es Benedicto, mira en televisión al rupturista y revolucionario Thelonious Monk al piano, o cuando Benedicto dispone en forma inconsulta que Bergoglio viaje con él de inmediato a Roma mientras un coro a capella canta una versión delicada y polifónica de Bella ciao (la canción de los partisanos contra el fascismo) o finalmente en los prolegómenos de la abdicación de Benedicto, cuando los acordes de Blackbird van creciendo y la última frase musical se repite una y otra vez mientras la renuncia del Papa se concreta. Es bueno recordar la letra de esa frase: You were only waiting for this moment to be free (tú solo esperabas este momento para ser libre). Pequeñas guiñadas de los realizadores.