• Cotizaciones
    domingo 22 de marzo de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Más vale tarde que nunca

    Con el músico y director de orquesta Paolo Rigolín

    Me recibe en su casa de Solymar, en un jardín donde circulan tres perros y cuatro gatos. Tiene 84 años y eso no le impide seguir jugando al tenis martes, jueves y sábados. Tampoco le impide mantener una mirada chispeante, respuestas rápidas y una conversación muy amena, donde las anécdotas empiezan a brotarle en progresión geométrica. Paolo Rigolín nació en 1931 en Cavazzana, al noreste de Italia, cerca de Lendinara, provincia de Rovigo, en medio del campo y la miseria. Su padre era el director de la cárcel y tenía la vivienda familiar dentro del predio carcelario. Sus seis hermanos nacieron en Lendinara pero él no, que es el menor de los siete. Y eso porque en 1930 quisieron obligar a su padre a afiliarse al partido fascista y él, que era anticomunista y antifascista, se negó. De un día para otro se encontró entonces con su madre y seis hijos en la calle. Se fueron al medio del campo, en Cavazza­na, donde nació Paolo.

    Hace 60 años llegó a nuestro país con una mano atrás y otra adelante. Aquí trabajó, estudió música y se abrió camino. Fue cornista y director de orquesta. Se casó y tuvo una hija que murió siendo niña. Enviudó hace pocos años. No le gusta que le llamen “maestro” porque dice que le falta mucho estudio musical, que empezó muy tarde y que si volviera en otra vida querría ser músico desde la más tierna infancia.

    Muy afable en la charla, su italianísima picardía aflora una y otra vez. Como muestra, exhibe orgulloso la foto de una cantante ex alumna suya con la dedicatoria “Al querido delincuente”. Lo que sigue es un resumen de su entrevista con Búsqueda.

    —Cuénteme cómo fue su infancia en el campo durante la guerra.

    —Cuando mi padre no aceptó afiliarse al partido fascista y lo despidieron como director de la cárcel de Lendinara, la familia se trasladó a Cavazzana, una zona rural. Él trabajaba en la hostería de un amigo; mi madre hacía las tareas de la casa y nosotros andábamos correteando por todos lados. Había mucha hambre; igual, siempre es más fácil conseguir comida en el campo que en la ciudad. Cuando conseguíamos boniatos me enseñaban a comerlos rápido, así quedaban atascados en el pecho, demoraba en bajar al estómago y también en volver el hambre (risas).

    —¿Estudió música en el medio del campo?

    —Se me hacía muy difícil porque no lo había hecho desde chico y además tenía el peso de la figura de Amelio, mi hermano mayor, que ya se había ganado prestigio como músico.

    —¿Y su hermano cómo se las arregló para estudiar música?

    —Era 20 años mayor que yo, nació en el 11. Cuando era apenas un adolescente, mis padres lo llevaron al seminario para que estudiara de cura y además porque, igual que en el campo, en el seminario siempre hay comida (risas). Luego dejó el seminario, donde había aprendido sus primeras nociones de música, siguió estudiando y se diplomó en Bolonia y Venecia con las máximas calificaciones. Se acaba de publicar en Italia un libro sobre él.

    —Volviendo a usted, ¿cuáles fueron sus estudios?

    —Estudié Magisterio y me gradué de maestro en 1950. Iba a dar clases al delta del río Po, donde enseñaba a analfabetos a leer y escribir. Para llegar allí tenía que ir primero a Rovigo en un tren, donde casi siempre el guarda me perdonaba el pago del boleto (risas). El resto del trayecto lo hacía en ómnibus y en bicicleta. Cinco años después dejé el Magisterio porque mi hermano Severino, que se había venido a Brasil primero y después a Uruguay, me contestó una carta diciéndome que me viniera. Y entonces me vine. Llegué a Montevideo en mayo de 1955, a la casa de mi hermano, en Nueva York y Agraciada. Después, mi hermano se volvió a Italia.

    —Entonces llegó aquí a los 24 años…

    —Sí, y no sabía nada de música. Al poco tiempo de llegar, el Dr. Urtubey me operó de apendicitis en el Hospital Italiano. Al día siguiente de la operación el cura que visitaba diariamente a los enfermos se acercó a mi cama. Charlamos en italiano y cuando se enteró de que yo era maestro me prometió una recomendación. A los dos días me trajo una carta de recomendación del Dr. Sartorelli al Sr. Gaetano Pellegrini Giampietro, director del Banco del Trabajo Italo-Americano, que años después estuvo 63 días secuestrado por los tupamaros. Pellegrini me consiguió un empleo de portero en el Círculo Italiano, en la calle Colonia y Agraciada. Después ascendí a mayordomo. Y allí, en el Círculo, me conecté con la música.

    —¿Trabajando de mayordomo en un club social?

    —Sí, el Círculo Italiano era un ambiente familiar y al mismo tiempo de muy buen nivel intelectual. Había una fiesta mensual a la que iban personalidades uruguayas y de la colectividad italiana. Además, los músicos extranjeros contratados, entre los que había muchos italianos, concurrían con asiduidad. Tita y María, las dueñas del restaurante Catari en la otra cuadra, tenían la concesión de la cocina del Círculo. Los músicos italianos después de la cena escuchaban música clásica en la radio. Yo trabajaba paseándome entre las mesas y disfrutaba de la música con ellos. En el Círculo conocí a quien fue luego mi esposa, hasta que la perdí hace pocos años. Y también conocí al primer corno de la Ossodre, el italiano Antonino Virtuoso, que me dio clases de corno en su casa. Pero eso duró poco; en 1956 empezó a devaluarse el peso uruguayo y los músicos italianos se volvieron a Italia porque ya no les servía seguir trabajando aquí. Quedé solo y dejé de estudiar el corno.

    —¿Y entonces?

    —A los dos o tres años de eso fui al Conservatorio Nacional, donde el maestro Carlos Estrada me recibió como alumno pese a que yo era un viejo de 28 años. Estudié Teoría Musical con Estrada y al mismo tiempo corno en la Escuela Municipal de Música. Después de diplomado seguí estudiando con Guido Santórsola. Luego me gané dos becas del gobierno italiano para estudiar: una en Nápoles y otra en Florencia. Igual yo me considero un principiante en todo esto porque a esa edad ya no se aprende tan fácil.

    —¿Cuándo entró a tocar en la orquesta?

    —En 1962, Estrada me aceptó como cornista de la Orquesta Sinfónica Municipal que él dirigía. Y en 1964 gané un concurso para integrar la Ossodre como 4º corno. Nadie daba un centésimo por mí (risas).

    —¿Cómo llega a la dirección orquestal?

    —Siempre quise dirigir, desde niño. La primera oportunidad me la dio Eric Simon, a quien conocía de los conciertos de Audem (Asociación Uruguaya de Músicos), a los que yo concurría. Hablaba mucho con él de la técnica de dirección orquestal. En 1973 lo nombraron en el Consejo Directivo del Sodre y un día me probó para ver cómo dirigía yo el último movimiento de la Sinfonía Jena, de Beethoven. Lo hice de memoria porque si miraba la partitura me perdía (risas). Me dio el cargo de director de la Orquesta de Audem y ahí empecé a dirigir. Tenía 42 años.

    —Ese fue el comienzo. ¿Y luego?

    —Un día, Pedro Ipuche Riva me pidió que sustituyera de urgencia a Miguel Patrón Marchand en la dirección de una de las funciones de La viuda alegre, a la que Patrón faltaría porque acababa de morir su madre. Yo conocía la partitura porque era cornista de la orquesta. La dirigí y recuerdo que el crítico Julio Novoa escribió: “Nunca la había dirigido antes y le salió como si supiera” (risas). Después dirigí La Traviata en el Solís. Con Pro Ópera dirigí Cosí fan tutte. Y así empecé a tener un nombre. En 1980 gané el concurso de director del Coro del Sodre, a cuyo frente estuve tres años, en los que hicimos obras importantes como el Réquiem de Cherubini, Las estaciones de Haydn, los Salmos hungáricos de Kodaly y el Coro di morti de Petrassi. Cuando dejé el Coro, Ipuche Riva me ofreció la dirección de la Escuela de Ópera (hoy Escuela Nacional de Arte Lírico), donde estuve 31 años, hasta 2013. Pero además, en medio de todo eso, en 1992 formé la Orquesta Juvenil, antecedente de la que hoy sigue actuando pero con el formato de las orquestas juveniles venezolanas.

    —O sea que usted nunca estudió específicamente dirección orquestal y además empezó a ejercer como tal tardíamente…

    —Así es. Tuve pocos estudios musicales. Hubiera deseado hacerlo desde niño pero no se dio. Si vuelvo en otra vida espero que así sea (risas).

    —Seguramente, como músico de la Ossodre conoció a muchos directores.

    —Sí, y fue mi mejor escuela de dirección. Porque se aprendía mucho de todos los directores extranjeros invitados, los buenos y los malos. De algunos me hice muy amigo, como el español Enrique Jordá, con quien caminábamos largos trechos por la Rambla hablando de música y de conducción orquestal.

    —¿Qué cosas prácticas aprendió de ellos que le hayan servido como director?

    —Aprendí que durante la primera lectura en el ensayo es mejor no parar la orquesta cuando algún músico se equivoca. Hay que completar la obra íntegra en una primera lectura, aun con errores, para que los músicos capten la concepción integral y global de la obra. Luego, en lecturas sucesivas, sí se irán corrigiendo los detalles. Aprendí además que uno debe saber hasta dónde puede dar la orquesta que tiene enfrente y no perder tiempo en detalles a los que esa orquesta no podrá llegar.

    —¿Tiene directores preferidos que lo hayan marcado?

    —Howard Mitchell haciendo Beethoven y Dvorak; Isaac Karabtchevsky por la profundidad de sus detalles; David Machado por su empatía con los músicos y su intensidad; Piero Gamba por su memoria musical y la rapidez con que hacía entrar en clima a la orquesta.

    —¿Es difícil dirigir una orquesta?

    —No es difícil. Yo solo frente a una orquesta o a un coro domino la situación. Pero no me siento tan cómodo acompañando a un solista, porque creo que para eso me faltaron estudios. Siempre sentí en la dirección orquestal toda la seguridad que nunca tuve como cornista de la orquesta. Tocaba el corno muy bien en mi casa pero no me sentía seguro en la orquesta.

    —¿Cómo puede ocurrir eso?

    —Quizás porque me marcó mal mi debut en la orquesta. Era 1963 y ni siquiera había ganado el concurso para entrar a la Ossodre. El famoso director ruso Kiril Kondrashin ensayaba la Sinfonía Nº1 de Mieczyslaw Weinberg. Se había enfermado el tercer corno y Raquel Goldemberg, violinista de la Ossodre, me llamó para que lo reemplazara. Le pregunté si estaba loca pero me obligó a ir. Había un pasaje muy difícil que tocaban al unísono primer y tercer cornos. Le dije a mi compañero: “Voy a simular como que toco contigo pero no lo voy a hacer porque no lo ensayé bien”. Lo dejé solo. Entonces cuando llegó ese pasaje vi que Kondrashin­ bajaba la batuta para parar el ensayo y con el índice de su mano izquierda me señalaba, mirándome con una expresión que no olvido hasta el día de hoy.

    —¿Y qué pasó?

    —Me desmayé. Era invierno y de pronto me encontré afuera, con el sobretodo puesto y tres o cuatro personas que me asistían (risas).

    —¿Qué lee habitualmente?

    —Estética musical, tengo la manía de la interpretación. También tengo ahora la manía de escuchar y estudiar a Mahler, porque lo descubrí tarde.

    —¿Cuál es a su juicio el tiempo correcto para interpretar una obra determinada?

    —Aprendí en Nápoles que la música tiene “su tiempo”. Tal tema nació para ese tiempo, hay que descubrirlo, hay que sentirlo. La música nace con ese tiempo. Y el intérprete debe sentir y percibir de la línea musical cuál debería ser el tiempo ideal. Ese tiempo no es la medida que marcó el compositor. El peor intérprete de su música es el compositor.

    —¿Practica algún deporte?

    —Sigo jugando tenis tres veces por semana. Lamentablemente, igual que la música, empecé a jugar tarde, a los 42 años. Pero no me puedo quejar. Gané campeonatos de veteranos representando a Uruguay en Bélgica y por último en 1990 en Sudáfrica.

    —Se lamenta de haber empezado tarde algunas cosas, pero en realidad ¿no le parece que igual hizo mucho?

    —Puede ser… En verdad estoy muy agradecido con el Uruguay porque lo que hice aquí no lo podría haber hecho en otra parte del mundo.

    // Leer el objeto desde localStorage