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    Mauricio Kartun: “Me siento cada vez más optimista sobre el futuro del teatro”

    “El Teatro Solís es un lugar que siento como mi casa”, dice Mauricio Kartun. La frase puede sonar a lugar común, pero en su fraseo se aprecia una profunda autenticidad. Los tres desembarcos del dramaturgo y director argentino en el principal escenario montevideano están en el mejor recuerdo de los teatreros locales. El niño argentino, en 2008, Ala de criados, en 2010, y Terrenal (pequeño misterio ácrata), en 2016, resultaron auténticos acontecimientos escénicos no solo con sala llena sino con extensos aplausos, de esos que se resumen con una palabra: aclamación. Esta semana, el dramaturgo y director nacido en Buenos Aires hace 76 años volverá a desembarcar en la principal sala montevideana con su última creación, La vis cómica, estrenada en setiembre de 2019 en el Teatro San Martín de Buenos Aires, ganadora de cinco premios ACE, el principal galardón de la escena argentina, y que este año está en cartel en el Centro Cultural de la Cooperación, uno de los grandes epicentros del teatro independiente porteño enclavado en el corazón del circuito comercial de la avenida Corrientes. Escrita y dirigida por Kartun e interpretada por Horacio Roca, Luis Campos, Cutuli y Stella Galazzi, la obra tendrá dos funciones, el jueves 27 y el viernes 28 a las 21. Para construir esta comedia, Kartun echó mano a Cervantes, uno de sus favoritos de todos los tiempos. Del Quijote extrae la funambulesca compañía teatral dirigida por Andrés de Angulo, el Malo, y de las comedias ejemplares retoma a Berganza, un “perro farandulero” al que le es asignado el rol de narrador de la historia. En la ficción, en busca de nuevos horizontes, el elenco español se lanza a la aventura y desembarca en Buenos Aires en la época del virreinato. No da una fecha exacta, aunque define la ciudad como “embarrada y contrabandista”. Pero no hay corral de comedias en la ciudad, la plaza no es pública y otro elenco de indecorosos improvisados acapara la tolerancia del Cabildo. Al éxito de público se sumó una respuesta crítica por demás positiva, como la publicada por La Agenda Revista: “La vis cómica es cómica, pero no. Hace reír aunque duela. El genio de Kartun lo hizo de nuevo: acabo de ver otra perfección que lleva su firma. Cien minutos de puro entretenimiento y sapiencia. La obra del año”. Jorge Montiel, crítico de Clarín, publicó: “Kartun exhibe, una vez más, su poderoso empleo del lenguaje y capacidad para definir con pocos trazos los vericuetos psicológicos de las criaturas que imagina. Los cuatro intérpretes, muy bien dirigidos por el propio autor, brindan una cátedra de actuación al demostrar los mil matices que alientan sus personajes”. Como es habitual en sus visitas, Kartun compartirá su experiencia y su pasión por el teatro en una conferencia denominada Manual de supervivencia teatral: cómo y por qué seguiremos habitando escenarios, que tendrá lugar en la mañana del viernes 28 en la propia sala del teatro. En esta clase magistral que presenta en cada sitio que visita su obra, Kartun desarrolla su “mirada distópica sobre su futuro, sobre las alternativas de la actuación y la dramaturgia en ese futuro y sobre las razones por las cuales seguiremos subiendo a escenarios”. Las plazas para la charla se agotaron hace varios días, pero aún quedan entradas para las dos funciones de La vis cómica en Tickantel, de $ 300 a $ 950.

    Kartun compartió con Búsqueda la entrevista que sigue a continuación, realizada por videoconferencia desde su casa, en el barrio porteño de Villa Crespo. “Esta obra es en esencia una reflexión sobre el vínculo, a menudo ruinoso, entre el arte y el poder. Muestra a los artistas en las entretelas piojosas de una corte de oropel”, sostuvo. Habló de su génesis, de su pasión por nutrirse de la historia para concebir sus espectáculos y sobre por qué para él el teatro “es una fuerza contracultural cada día más potente”.

    —Esta será tu cuarta vez en el Solís. ¿Qué recordás de las tres primeras?

    —Para mí estar en el Solís y estar en Montevideo significa sentirme bien. Es una ciudad que profesa un enorme amor por el teatro, y el del Solís es un público que ama el teatro, que disfruta el teatro, que entiende el teatro y que valora el teatro. Y que además es una tradición que no se muere con las viejas generaciones sino que se regenera, se multiplica en las nuevas. En todas mis visitas para hacer temporada con mis espectáculos he comprobado que el Solís como organización es ejemplar, incluso podría definir su funcionamiento como modélico. Desde la belleza del edificio al óptimo equipamiento técnico y el modo en que trabaja su personal. El modo en que tratan a los artistas que allí llegan con sus obras, el modo en que se trabaja para que el montaje sea lo mejor posible. Puedo asegurar que no hay muchas salas en el mundo donde se respire esta armonía. No en todos lados te encontrás con acomodadores que puedan responder a un espectador con lujo de detalles qué espectáculo es el que está en cartel. Hace unos años que no voy, no conozco a su dirección actual, pero confío en que se mantiene igual. Entonces para mí el Solís es sinónimo de felicidad.

    —¿Por qué se llama La vis cómica?

    —Es una expresión que usaba mi madre, nacida en España, que describe la capacidad de una persona para hacer reír. Ella decía, cuando alguien era gracioso, que tenía “la vis cómica”. Son esas expresiones que uno trae de la niñez, que están ahí, cargadas en algún rincón de la memoria y que un día aparecen en el momento de la escritura, y llegan al escenario. Me pareció tan oportuna para esta historia que quedó como título.

    —Siempre hablás de que tus obras parten de una imagen generadora y que luego esa imagen comienza a vincularse con otros asuntos laterales que estaban orbitando en tus libros de notas a la espera de entrar en la escena. ¿Cuál fue en este caso?

    —Bueno, mi deseo era hablar del vínculo entre los artistas y el poder, que existe desde siempre. Qué hacemos los artistas y qué no hacemos para conseguir nuestros propósitos. Cómo utilizamos el vínculo con el poder y cómo el poder se nutre del arte para conseguir sus objetivos. Porque no hay artista que esté a salvo de, en algún momento, estar en contacto con el poder. Y lo que quería por sobre todas las cosas era instalar la risa en esta trama entre creadores y poderosos. Generar la posibilidad de cagarse de risa en la forma más estridente posible, de encontrar la mayor irreverencia posible con los unos y con los otros.

    —¿Y cómo aparece Cervantes con sus personajes del Quijote y de sus novelas?

    —Cervantes era un mundo que siempre estuvo ahí, como están muchas otras lecturas, esperando ser convocadas. Recordé a un personaje de las novelas que me divertía mucho, un cómico llamado Angulo el Malo, que dirige una compañía errante y que se llamaba así simplemente para diferenciarse de otro Angulo llamado el Bueno, lo cual teatralmente me resultaba muy atractivo. Y leyendo descubrí que ese personaje también está en el Quijote, por lo que releí esos capítulos. Lo saqué del mármol y lo senté al lado mío para trabajar con él. El otro personaje que tomo de las novelas ejemplares es el perro que habla, que está en El coloquio de los perros, una historia que siempre me hizo reír, sobre dos perros que conversan en la puerta de un hospital y se dedican a hablar pestes de sus dueños, les sacan el cuero. Ese personaje, que se ríe de los humanos con su punto de vista opuesto, humanizado en el cuerpo de un actor llamado Berganza, es quien cuenta esta historia, lo que provoca un juego de opuestos muy provechoso para mí. Y desde ese lugar se transforma en el personaje clave.

    —Hablás de una Buenos Aires embarrada y contrabandista pero no definís una época concreta.

    —Creo que esos dos elementos, el barro y el contrabando, son ideales para describir una ciudad como Buenos Aires en la época del virreinato, de la colonia. No me quería atar a una fecha o a un siglo en particular. Creo que todos se pueden hacer una idea sobre qué época está enmarcada la historia.

    —En El niño argentino y Ala de criados plasmás muy bien los lenguajes del 900, el cheto porteño y el gauchesco. También has contado que para la puesta en escena tuviste que hacer un pacto ficcional respecto del habla de estos cómicos, que no es castiza sino que es criolla…

    —Sucede que me enfrenté a un problema. Tenía una historia para contar y en el papel estaba todo bien, pero apareció la dificultad del español castizo en escena. No podía poner a mis actores a simular un acento que no tienen. Me aburría soberanamente esa posibilidad y me hacía pensar en abandonar el proyecto. Tampoco era una opción hacer la obra con actores españoles. Entonces la solución pasó por establecer un pacto con el elenco y con el público. Los personajes son españoles pero aquí hablan en criollo, como se hablaba en esta parte del mundo en aquel tiempo.

    —¿Cómo resolviste en escena la metateatralidad de esta obra, donde los personajes son actores?

    Bueno, lo resuelven ellos con su actuación, creando una historia con sus cuerpos, con sus voces. Hay mucho de misterio poético en ese arte. Y eso sucede en gran medida porque hay un gran compromiso de los actores en el proceso de búsqueda, en la etapa de ensayos, que es cuando ellos ejercen su rol creador. Desde la dirección lo fundamental es asegurar las condiciones de libertad creativa a lo largo de un tiempo prolongado de ensayos, que permita llegar a un objetivo con seguridad. De esa manera el actor puede acceder a ese estado inefable necesario para componer un personaje que a su vez es un actor que está componiendo un personaje. El actor está vestido de humano pero el espectador logra ver un perro. Ahí es cuando sucede la magia del teatro, lo que sorprende de verdad.

    —Se hace cada vez más fuerte tu prédica sobre la ventaja comparativa que tiene el teatro frente a las pantallas como medio para contar una historia. ¿Encontrás ahí la clave para que tus producciones permanezcan tanto tiempo en cartel?

    —Esa ventaja es cada vez más considerable si tenemos en cuenta el desarrollo exponencial de la narración audiovisual. Entonces la experiencia de compartir el espacio, que los artistas y el público respiren el mismo aire, se vuelve algo cada vez más disruptivo, más revolucionario y más necesario. Por eso me siento cada vez más optimista sobre el futuro del teatro.

    —De hecho, si bien el mundo de la música grabada pasó a la virtualidad, la música en vivo pasó a ser el principal sostén de los músicos, y géneros como el ballet, la ópera y el circo mantienen su convocatoria en todo el mundo.

    —Ni que hablar. Mucha gente escucha a sus músicos favoritos en las plataformas pero muchos también desean verlos en vivo, y pagan fortunas por ello. Como en el fútbol, donde todo el mundo sabe que por más espectacular que sea la transmisión televisiva no hay nada más lindo y vibrante que ver el partido en el estadio. Por algo los países siguen invirtiendo fortunas para ser sede de los mundiales, por algo millones de personas viajaron a Catar y dejaron miles de dólares para ver los partidos. Hay algo inigualable e incomparable en esa presencialidad. Todos lo notamos en la pandemia, cuando tuvimos que suspender el cara a cara, con múltiples consecuencias que aún estamos pagando. Y al salir de la pandemia la gente fue como loca a llenar las salas. Sucedió en todo el mundo. Entonces, por eso creo que el teatro seguirá siempre, porque además cada vez necesita menos elementos técnicos para ser algo distintivo. Hace rato que el teatro se dio cuenta de que no necesita competir con el cine en la espectacularidad escenográfica, porque la imagen tiene otras posibilidades. En eso el cine ganó el partido hace décadas. Pero hace rato que el teatro sabe que lo fundamental es el cuerpo del actor accionando en el escenario.

    —¿Por eso tus espectáculos no tienen decorados muy complejos?

    —En eso creo, en un escenario lo más despojado posible, que busque la síntesis estética y poética, y que se lleve bien con la posibilidad de un teatro nómade como el nuestro. Nos gusta mucho salir de gira, nos movemos, y entonces tenemos que aplicar un criterio práctico, para disfrutar de las giras y no padecerlas. El teatro ya no necesita más la espectacularidad visual, ya no necesita más desafiar a lo audiovisual. No vamos a sorprender nunca en el despliegue visual, a menos que pongamos el acento en lo artesanal, en lo pequeño. Ahí aún podemos sorprender al espectador. No necesita más que buenos actores con el tiempo suficiente de aprendizaje para hacer de sus cuerpos esas máquinas perfectas de contar historias. Esa es la esencia del teatro y lo que asegura su supervivencia, en tanto siga conservando esa condición que lo distingue. Entre los cuatro actores de La vis cómica se acumulan más de 150 años de experiencia. El otro día nos reíamos con esa cifra. Ojo, mirá que no soy anticine ni antipantallas. Me gusta mucho mirar películas y mirar series. En mi casa con mi mujer miramos muchas series, nos tomamos un vino y la pasamos bomba. Después me pasa que me olvido rápido si la vi o no la vi y me olvido enseguida de todos los nombres (ríe).

    —En el seminario de dramaturgia que diste en el Solís cuando trajiste El niño argentino dijiste que siempre que te ibas del Uruguay te llevabas varios pomos de crema Doctor Selby. ¿Pensás mantener esa costumbre?

    —Espero mantenerla, por supuesto.

    • Recuadro de la entrevista

    Los de arriba y los de abajo: la obra de Kartun