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    Mejor los delincuentes que la princesa

    “El mundo de afuera”, de Jorge Franco, Premio Alfaguara de Novela

    Una novela escrita por un colombiano y ambientada en Medellín. “Otra vez la guerrilla de las FARC y el narcotráfico”, podría pensar alguien desprevenido. Sin embargo, a pesar de la agresividad de sus personajes y de su clima trágico, esta novela transcurre a principios de los años 70, previo al estallido de la peor violencia en la ciudad.

    En la historia hay un castillo en un barrio de Medellín, sobre una loma que lo separa del bullicio de la ciudad. Es un castillo de los verdaderos, con paje, mucamas, cocineras y bosque propio. Allí vive una pareja que cultiva costumbres monárquicas y cría a su única hija como una princesa, con vestidos de muñeca e institutriz particular. Más allá de la reja y del bosque, está el otro mundo, el de la ciudad cruda, turbulenta y desigual, con seres que pasan hambre, delinquen o simplemente sobreviven. 

    Sobre cómo la vida exterior invade una fortaleza que parecía imposible de contaminar, trata El mundo de afuera, del escritor colombiano Jorge Franco, que ganó el Premio Alfaguara de Novela 2014. Nacido en Medellín en 1962, Franco ha publicado el volumen de cuentos Maldito amor y las novelas Mala noche, Paraíso travel y Rosario Tijeras, que fue llevada al cine y es su historia más conocida, esta sí sobre el mundo de los sicarios y el narcotráfico en el escenario predilecto del escritor: Medellín.

    Franco narra a través de imágenes potentes, de escenas simultáneas, de saltos en el tiempo y de diálogos que mueven la acción. Todo en El mundo de afuera está servido para transformarse en película, y es muy probable que alguien ya lo esté pensando. La historia parte de hechos reales que el escritor ha recordado en varias entrevistas. Aunque parezca extraño, ese castillo que describe en la novela existió y él lo conoció cuando era niño. Allí vivía un industrial poderoso con su esposa e hija, que murió cuando era pequeña. Al empresario lo secuestraron en 1971, y el hecho fue un indicio de que se vendría una época negra en la ciudad.  

    En la novela se narra el secuestro de don Diego Echavarría, el señor del castillo, por un grupo de torpes delincuentes que dan un poco de lástima. Después de meses de planificar su atentado, el destino los lleva a secuestrar al miembro de la familia menos indicado. Durante un mes lo encierran en un rancho maltrecho, alejado de la ciudad, en un cuarto frío y lleno de goteras.

    El cabecilla de la banda es el Mono Riascos, un hombre más complejo de lo que su apariencia muestra, quien ha pasado muchos años subido a los árboles para recoger frutos y ganarse la vida. Sus secuaces también tienen apodos, como corresponde en el mundo de la delincuencia, entonces allí están Cejón, el Pelirrojo, Caranga y Maleza. También colabora con algunos trabajos la novia del Mono, apodada Twiggy, una joven que quiere parecerse a la famosa modelo inglesa, y como ella usa el pelo muy corto, pestañas postizas y minifaldas ajustadas.

    En la trama se va alternando la situación del secuestrado con la historia del Mono, que crece como personaje a medida que se conoce su vida. También aparece el pasado de don Diego, un hombre conservador que tuvo sus simpatías con el nazismo y se casó con Dita, una alemana a quien convenció de vivir en Medellín y construir el suntuoso castillo. Diego es un hombre refinado a quien le gusta la música clásica, sobre todo la ópera Tristán e Isolda de Wagner, que en la historia adquiere un valor simbólico.

    Los mejores momentos de la novela están en los diálogos que Diego mantiene con el Mono. El secuestrado conserva su dignidad y apenas bebe un poco de café y habla lo imprescindible con su captor, pero se burla de sus gustos poéticos y cursis. Por su lado, el Mono lo tortura con información que conoce de primera mano sobre su familia, y en ese duelo lleno de silencios, gestos controlados y palabras hirientes surge el verdadero drama de ambos personajes.

    La historia transcurre en un nivel real que es el de ese rancho en ruinas donde un hombre viejo se deteriora en cautiverio, mientras sus custodios se aburren, se desesperan y cometen errores. Franco transmite muy bien el clima de encierro que sufren tanto captores como víctima. Ese rancho huele a humedad y a mugre; también a miedo y a muerte.

    Pero hay otro nivel que tiene características de fábula. El propio Franco ha definido a esta novela como “un cuento de hadas con final a lo Tarantino”, al hacer referencia a Isolda, la otra protagonista de la historia, la niña princesa. Educada por Hedda, la institutriz alemana, Isolda se ha inventado un mundo de fantasía en torno al bosque en el que se refugia para escapar de las lecciones de piano, de bordado, de aritmética. Allí tiene diálogos con los insectos, con los árboles y con los “almirajes”, una especie de conejos míticos que “tejen con su cuerno en el pelo de ella, y con destreza le incrustan flores, hojas y semillas”.

    Esa fantasía comienza a resquebrajarse cuando la niña crece y conoce la música de los Beatles, se cruza con ojos que la miran y con la vida real. La historia de Isolda queda difusa en el conjunto de la trama y su personaje también, mucho más que el de los delincuentes.

    “Entre la fantasía y la truculencia, entre los hermanos Coen y los hermanos Grimm. El mundo de afuera es una deliciosa sorpresa”, escribió sobre esta novela la escritora colombiana Laura Restrepo. El juicio, que figura en la contratapa, parece excesivo por las figuras que elige para comparar el estilo de este escritor. Es cierto que la novela tiene su fuerte en la acción absurda de sus “malos tontos”, parecidos a los personajes que suelen crear los Coen, pero está muy lejos del mundo fantástico de los otros hermanos, por más “almirajes” mitológicos que la condimenten.

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