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    Memorias de un barrio sitiado en Montevideo

    La Mondiola festeja 110 años y es declarado de interés cultural

    Redactora de Galería

    Las manzanas entre Manuel Pagola y Luis Alberto de Herrera, desde Rivera hasta la playa, no pertenecen a Pocitos ni a Pocitos Nuevo. La zona supo ser de arenales y canteras y albergaba a sus trabajadores en casas de madera y latón. El barrio del Hormiguero, donde las lavanderas morenas junto con los grandes médanos se veían del tamaño de una hormiga, también fue cuna de grandes escritores, artistas y políticos uruguayos y uno de los mejores puntos de comunicación con la ciudad durante principios del siglo XX.

    Todo eso no la volvía una ubicación prestigiosa, pero hoy la oferta inmobiliaria, los negocios y los servicios disimulan muy bien sus raíces.

    El barrio vio crecer al actual presidente de la República, en Echevarriarza y Pereira de la Luz. Luis Alberto Lacalle Herrera, su padre y exmandatario, plasmó el recuerdo familiar en 2005 para el diario El País, donde menciona a La Mondiola como el barrio “que hoy se refugia en el más coqueto nombre de Pocitos Nuevo”.

    No hay discusión sobre quién o qué representa mejor al barrio. Hace más de 50 años el tango Garufa zanjó la discusión: Del barrio La Mondiola sos el más rana. / Y te llaman Garufa por lo bacán. Hasta 1935, cuando fue canalizado por las obras del Estadio Centenario, el arroyo Nuestra Señora de los Pocitos estaba sobrepoblado de ranas, de allí el apodo a sus pobladores.

    Garufa, escrito por Víctor Soliño y Roberto Fontaina, musicalizado por Juan Antonio Collazo e interpretado por el uruguayo Alberto Vila y las argentinas Rosita Quiroga y Tita Merello, es uno de los tangos nacionales más populares, que satiriza la idiosincrasia de La Mondiola. Garufa es el reflejo del carácter del barrio, “laburante” y bohemio, formado por los retazos de muchos otros mondiolenses.

    Estas historias las contó a Búsqueda Enrique Conde Blanco, presidente de la institución en formación Barrio La Mondiola, una comisión de vecinos que fomenta la identidad del barrio que hoy festeja sus 110 años.

    En 2011 la Junta Departamental reconoció el carácter centenario de La Mondiola. La comisión consiguió colocar placas memoriales sobre hechos, lugares y personajes relevantes, además de organizar el circuito histórico y cultural Caminatour del barrio La Mondiola, que en 2019 fue reconocido por el Ministerio de Educación y Cultura. La comisión tiene más de 4.000 seguidores en su grupo de Facebook.

    Al día de hoy esta zona es una de las más codiciadas y mejor cotizadas de la ciudad, pero en la época de Garufa nadie quería vivir en La Mondiola. A partir de 1940 comenzaron a hacerse fraccionamientos y ofrecerse viviendas bajo el atractivo topónimo de Pocitos Nuevo. “Con lo que me costó comprar casa en Pocitos, ¿y me vas a venir a decir que esto es La Mondiola?”, cuestionaron hasta el cansancio a Conde Blanco. Él recuerda que cuando la comisión quiso reconocer con una placa al Taller de los Inútiles —donde nació la carrera musical de varios artistas famosos— los propietarios del edificio que hoy está en su lugar no lo permitieron y tuvieron que colocarlo en el padrón de al lado.

    Los verdaderos mondiolenses “no quieren esta identidad prefabricada”, dijo Conde Blanco. Quieren “algo verdadero” de lo que formar parte, porque “lo que no se conoce no se ama”.

    Foto: Javier Calvelo / adhocFOTOS

    El barrio humilde de las conquistas

    El escritor e investigador Julio Garategui contó a Búsqueda que La Mondiola se formó con una población de lavanderas, pescadores y picapedreros negros y criollos, o de origen italiano, armenio, español o judío. Él, además de vecino, es hijo de una lavandera. Los obreros de la cantera propiedad de Franciso Piria fueron los que dieron nombre a esos “suburbios de Pocitos”.

    Para Garategui, Piria “era un delincuente” que traía remesas de inmigrantes desde Italia que no tuvieran una familia a la que denunciar un accidente de trabajo. Las jornadas laborales eran de hasta 15 horas, y el feliz respiro llegaba cuando el capataz Pasavante Picapiedra —así se llamaba, según recuerda— convocaba a comer. Era italiano y hacía fiambres, por eso un mediodía colgó una bondiola de uno de los árboles al borde de la cantera, para que los trabajadores cortaran su porción y almorzaran a la sombra. Ir a comer “donde la bondiola” se volvió rutina, y el nombre de lo que fue primero lugar de reunión, después un paraje y por último un barrio nació de una deformación producto de la mala pronunciación de los criollos. La primera gran edificación de La Mondiola fue el Hospital Fermín Ferreira, destinado a leprosos y tuberculosos, ubicado donde hoy está Montevideo Shopping.

    Construido a finales del siglo XIX, el hospital y las canteras atrajeron a trabajadores de todas partes. Con el tiempo el capital se fue acercando a la zona, lo que disparó el hito histórico más importante del barrio: en 1902, la jefatura departamental ordenó expulsar a las lavanderas del arroyo bajo el pretexto de que su trabajo contaminaba las aguas. En realidad las lavanderas, mujeres negras que recogían la ropa sucia de los más acomodados, “molestaban”.

    Ante el hecho, las lavanderas ocuparon las inmediaciones del arroyo. “Las golpearon, fueron presas, pero, si se llevaban a una, venía otra a ocupar su lugar”, contó Garategui. El episodio repercutió entre patrones y sus empleadas domésticas, familiares de lavanderas. Ante la posibilidad de que el servicio doméstico se uniera a la manifestación, los patrones pidieron liberar a las presas y permitirles seguir trabajando. “Fue la primera vez que mujeres, además negras, hacen y ganan una huelga en el país”. El investigador lo llama “el primer levantamiento de las mujeres en huelga” y explicó que la historia no lo consigna porque era “un mal ejemplo”.

    La rebeldía se volvió parte de la personalidad del barrio. En 1922, leprosos y tuberculosos del Fermín Ferreira, hartos de las condiciones de internación, se escaparon del hospital a modo de protesta. El director, Hilarión Lorente, era “un pequeño tirano” frente a enfermos que “hacían fiestas en carnaval y se escapaban al pabellón de las mujeres a darles serenatas”. Un reglamento de licencias los autorizaba solo a ocho horas de paseo cada tres meses de encierro, porque sus salidas ocasionales las usaban en “trasnochadas, beberaje y visitas a prostíbulos”, según manifestó en la prensa de la época el propio director. Esto “obligó” a los enfermos a organizar las timbas, jugar a la taba y festejar el carnaval dentro de sus salas. Lorente lo prohibió todo, y también limitó la comida porque los enfermos “comían hasta reventar”.

    Garategui recuerda “un centenar de enfermos que entraba al barrio La Mondiola y reclamaba su derecho a divertirse”. Marcharon por la ciudad con sus uniformes grises hasta el Ministerio de Salud Pública. “También ganaron”, como las lavanderas; se aceptó la renuncia de Loriente y se les permitió un tablado dentro del hospital en donde festejar el carnaval “con orden”, donde actuó en 1933 Carlos Gardel.

    La bohemia montevideana

    Para La Mondiola, el barrio y los boliches eran “las verdaderas universidades”, ilustró Garategui. Él conocía a Eduardo Galeano, que vivió su infancia sobre la calle Osorio. Era “un gurí muy tímido”, pero en Días y noches de amor y de guerra (1978) narró la única vez que participó en una pelea para defender a su hermano, en un partido de fútbol en la calle. “Hubo un gol dudoso” y “se agarraron a las piñas” con el Gallego, “jefe de la banda” al que “le abrían paso cuando llegaba”, relata el libro. El Gallego cruzaba siempre a Galeano por el barrio. “¡Me dejaste como un mafioso!”, le decía riendo, a lo que el escritor contestaba que sin fantasía los hechos no tenían historia.

    La Mondiola era trabajo duro de día y largas tertulias bolicheras por la noche, que potenciaron las mentes de grandes artistas como los hermanos Collazo y los Fontaina, Victor Soliño y Gerardo Matos Rodríguez. Según la mitología griega, Anfión y Zeto eran los hijos gemelos de Zeus y Antíope. Mientras Zeto se destacaba por labores físicas, Anfión era un aficionado a la música y el arte. Curiosamente, Amphion fue el nombre con el cual Juana de Ibarbourou bautizó su casa sobre la actual rambla de Perú, en el barrio La Mondiola. La misma rambla sobre la que se encontraba el rancho Aurora, de la Troupe Ateniense, cuna del tango Garufa.

    En cuanto al Taller de los Inútiles era un servicio mecánico en donde, al final de la jornada, se reunían “los bohemios” para tocar instrumentos. El nombre se debía a que jamás salió un auto bien reparado de ese taller, pero el local se convirtió en la sede de la generación de músicos del 60, de la mano de Federico García Vigil, Manolo Guardia, los hermanos Fattoruso y hasta Rubén Rada, que no era del barrio. Quien sí vivía a la vuelta y ensayaba en el taller era Caio Vila, fallecido baterista de Los Shakers.

    Foto: Nicolás Celaya / adhocFOTOS

    Contra el sitio

    La Junta Departamental, el Ministerio de Educación y Cultura y los consejos vecinales y municipales aprobaron la declaración de interés cultural para las actividades del 110o aniversario de La Mondiola. La comisión prevé la inauguración del espacio público Tango Garufa —que ya cuenta con una definición positiva de la Junta y se encuentra en estudio por la Intendencia de Montevideo—, un ciclo de conciertos para el mes de setiembre en la parroquia San Alejandro y una Fiesta de Clausura que se celebrará en el espacio Primo Levy de Kibon en diciembre. Se encuentran además a la espera de un local propio sobre la calle Rivera para el desarrollo de sus actividades culturales y artísticas.

    La comisión busca recuperar un sentido de comunidad y “los valores perdidos”, volver a “civilizarnos” a través de la cultura y que no “te miren raro” por saludar a un vecino, explicó Garategui. “La Mondiola está sitiada porque 26 de marzo se convirtió en un muro”, agrega. Su casa tiene humedad porque los “conventillos verticales” le tapan el sol. Se construyen edificios “todos los días”, donde “el que vive en planta baja no conoce al del tercero piso”.

    A sus 83 años, no recuerda todos los detalles que quisiera pero da pelea a su memoria para que el barrio no sea olvidado. Tanto él como Conde Blanco reivindican que no se trata del “capricho de dos viejos locos” o “ponerle trabas” al progreso. La idea fuerza es valorar el aporte cultural e histórico que hizo alguna vez La Mondiola al país. Las lavanderas con las aguadas que cavaban en la arena para retener el agua le dieron el nombre a la zona de Pocitos. Garategui señala cómo son los pobres los que “abren el surco, ponen la semilla y cuidan el árbol”, mientras la fruta “se la comen otros”.

    Vida Cultural
    2022-05-24T18:14:00