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    Mentes brillantes entre delirios místicos, soledad y locura

    Es un libro inclasificable. Lo que en principio parece ser un relato que recopila algunos de los descubrimientos científicos que revolucionaron el conocimiento, a medida que se avanza en sus páginas se convierte en una historia fascinante que va intercalando curiosidades de la naturaleza y del comportamiento humano con la vida de investigadores famosos que pasaron por su cuota de misticismo y locura, de genialidad y a la vez horror. Hay ciencia, historia y literatura, pero sobre todo en Un verdor terrible (Anagrama, 2022)hay una excepcional narración de Benjamín Labatut, escritor nacido en Róterdam en 1980 y radicado en Chile desde los 14 años.

    “Esta es una obra de ficción basada en hechos reales”, aclara el autor recién al final, en la página de agradecimientos, cuando ya no importa porque a esa altura la realidad es tan abrumadora que ha superado a la ficción. En 2021 el libro, publicado por primera vez en 2020, fue finalista del Premio Booker Internacional y del National Book Award de literatura traducida. Ya va por su decimotercera edición y le continúa volando la cabeza a quienes lo leen.

    Como si fueran piezas de un puzle, Labatut va relacionando datos, anécdotas, acontecimientos y personas, con un cúmulo abrumador de información. Lo hace de tal forma que las historias nunca llegan a completarse porque detrás viene otra y otra y otra. Y todas están conectadas. De esta forma, nunca se llega a la última figura del puzle, pero ese es uno de los aspectos más atractivos de esta narración vertiginosa y a la vez misteriosa y por momentos poética.

    Tal vez una frase del matemático japonés Shinichi Mochizuki, uno de los protagonistas del libro, sea la clave de todas las historias. “Entender es imposible”, dijo después de mantener en vilo a la comunidad matemática sobre su teoría Inter-Universal. Entonces decidió que nadie publicara las conclusiones a las que había llegado porque “incluso en las matemáticas ciertas cosas debían permanecer ocultas para siempre”.

    El japonés, cuya historia es en parte inventada por el autor, no pudo completar la imagen del puzle, pero otros la continuaron y Labatut lo cuenta a través de la historia que realmente quiere contar: la de Alexander Grothendieck. Considerado el matemático más importante del siglo XX, Grothendieck, un revolucionario de la geometría, había nacido en Alemania y se había nacionalizado en Francia. Él quería llegar al “corazón del corazón”, a las “estructuras que subyacen a todos los objetos matemáticos”. En su afán por lograrlo, “su mente había tropezado con el abismo”, acota Labatut. Terminó viviendo como un vagabundo por el sur de Francia, difundiendo mensajes pacifistas y renegando de la ciencia. “Los átomos que despedazaron Hiroshima y Nagasaki no fueron separados por los dedos grasientos de un general, sino por un grupo de físicos armados con un puñado de ecuaciones”, les decía a quienes iban a escuchar sus charlas, mientras repartía manzanas e higos por él cultivados. En 2010 le envió una carta a un amigo en la que establecía que fueran retirados de las librerías todos sus escritos. Murió solo en una cama de hospital en 2014.

    El primer capítulo del libro es aterrador. Se llama Azul de Prusia y trata sobre venenos. “En 1782, el químico Carl Wilhelm Scheele revolvió un pote de azul de Prusia con una cuchara que contenía restos de ácido sulfúrico y creó el veneno más importante de la edad moderna. Bautizó su nuevo compuesto como ‘ácido prúsico’”, cuenta Labatut, y comienza sus asociaciones con otros personajes que van de Napoleón, pasando por Alan Turing —otro genio matemático, el padre de la computación, que se suicidó mordiendo una manzana inyectada con cianuro— hasta Hitler. “Si el arsénico es un asesino paciente, que se esconde en los tejidos más profundos de tu cuerpo y se acumula allí durante años, el cianuro te roba el aliento”, dice el autor.

    El capítulo llega hasta el nombre del químico Fritz Haber, el creador de un gas que se utilizó por primera vez sobre tropas francesas en Ypres, durante la I Guerra Mundial. Años después creó un pesticida sin saber que los nazis terminarían utilizándolo en los campos de exterminio para asesinar a miembros de su propia familia.

    Aunque parezca asombroso, a Haber le otorgaron el Nobel de Química en 1918, pero por otro descubrimiento: junto con Carl Bosch, ingeniero del gigante industrial BASF, descubrió cómo duplicar la cantidad de nitrógeno del aire. “Hoy, cerca del cincuenta por ciento de los átomos de nitrógeno de nuestros cuerpos han sido creados de forma artificial, y más de la mitad de la población mundial depende de alimentos fertilizados gracias al invento de Haber. El mundo moderno no podría existir sin el hombre que ‘extrajo pan del aire’”.

    Cuando murió en 1934, su mayor culpa no fue haber desarrollado armas químicas contra combatientes, por lo que fue declarado criminal de guerra, sino justamente por el descubrimiento que le dio el Nobel. Él temía que su método para extraer nitrógeno del aire alterara tanto el equilibrio de la naturaleza que las plantas iban a crecer en forma desmesurada hasta dominar el planeta, “ahogando todas las formas de vida bajo un verdor terrible”. Esto último lo dice Labatut y de ese espanto de Haber surgió el título de su libro.

    El astrónomo, físico y matemático Karl Schwarzschild murió de una forma espantosa, con ampollas terribles que le cubrían todo el cuerpo. Había sido teniente del ejército alemán y los doctores le diagnosticaron pénfigo, una enfermedad por la que el cuerpo no reconoce sus propias células y las ataca violentamente. Los médicos militares pensaban que podía haber sido desencadenada por la exposición al gas en la guerra.

    En 1915, le había enviado una carta a Albert Einstein con “la primera solución exacta a las ecuaciones de la teoría de la relatividad general”. Había vivido obsesionado por la luz y por la muerte de las estrellas y su posible choque con la Tierra. Su principal temor era “que la física fuera incapaz de explicar los movimientos estelares y encontrar un orden en el universo”. Quien más escuchó y estudió la “singularidad de Schwarzschild” fue el propio Einstein, quien en 1939 publicó un artículo sobre su teoría. Labatut dice sobre este hombre que murió entre el delirio de las fuerzas que dominaban su pensamiento y el martirio de su enfermedad: “Tuvieron que pasar más de dos décadas hasta que la comunidad científica aceptara las ideas de Schwarzschild como consecuencia inevitable de la teoría de la relatividad”.

    Los últimos capítulos del libro están destinados al enfrentamiento y discrepancias de los fundadores de la mecánica cuántica que generó el principio de incertidumbre. Erwin Schrödinger fue el físico que puso orden en el caos del mundo cuántico y que creía que las partículas elementales tenían un comportamiento similar al de las olas. Conocido por su experimento “el gato Schrödinger”, el científico austríaco tuvo una vida también delirante que lo llevó a plantear la posibilidad de que dos estados opuestos existan simultáneamente y algunas de las características más desconcertantes de la física cuántica.

    Su contrincante fue Werner Heisenberg, quien a los 23 años hizo la primera formulación de la mecánica cuántica, seis meses antes que Schrödinger, y estaba seguro de que los electrones no eran ondas, ni olas ni partículas. El pobre Heisenberg sufría de alergia por el polen, tan virulenta que le deformaba el rostro y parecía un hombre que había sido brutalmente golpeado. En 1925 se refugió en una isla de Alemania y allí sufrió delirios místicos, en los que se le aparecía Goethe, que le enviaba mensajes a través de sus poemas. En diciembre de ese año, publicó la primera formulación de la mecánica cuántica.

    Labatut se crio en distintas ciudades del mundo, entre otras, en Buenos Aires y Lima, antes de llegar a Chile. Allí estudió periodismo y publicó sus primeros títulos: La Antártica empieza aquí (2009), un libro de cuentos, y Después de la luz (2016), un conjunto de notas científicas, filosóficas e históricas sobre el vacío. Al escritor con tatuajes en sus brazos y pinta de roquero le gusta escribir libros raros, o por lo menos difíciles de ubicar en un género.

    Después de Un verdor terrible publicó La piedra de la locura (Anagrama, 2021), un relato breve, intenso y genial, también inclasificable. Allí escribió tanto sobre Lovecraft como sobre Philip Dick o sobre el cuadro de El Bosco: Extracción de la piedra de la locura.

    “Suelo escribir sobre la locura en mis libros, y tal vez por eso, cada vez que publico, hombres y mujeres extraños aparecen en mi vida como los mosquitos después de la lluvia. ¿Acaso me ven como uno de los suyos?”, se plantea Labatut en su último libro. Después de leer sus últimos trabajos, la respuesta sería que su locura es bienvenida, igual que la de todos esos seres que se atrevieron a desafiar la lógica para cambiar la visión del mundo y que producen a veces admiración, a veces horror y siempre asombro. A Labatut hay que responderle que, por favor, siga escribiendo.

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