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    Mientras Batlle y Ordoñez y Sanguinetti pisaron el acelerador, el segundo gobierno de Vázquez parece apenas apretar tuercas

    Además del primero de todos, Fructuoso Rivera, y de Luis Batlle, que presidió un año el gobierno colegiado y luego fue presidente por todo un período, José Batlle y Ordóñez, Julio Sanguinetti y Tabaré Vázquez fueron electos por la ciudadanía para un segundo mandato.

    Un relevamiento realizado por Búsqueda mostró que mientras los segundos gobiernos de Batlle y Ordóñez y Sanguinetti se caracterizaron por la introducción de reformas que no habían logrado hacer en el primer período, el de Vázquez, en cambio, apunta hasta ahora a consolidar políticas aplicadas durante su primera experiencia al frente del Poder Ejecutivo.

    “Lo que está pasando con el presidente Tabaré Vázquez se ajusta más a que, como ocurrió con Barack Obama, en Estados Unidos, y Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula Da Silva, en Brasil, en el segundo gobierno se agota la frescura del líder y suelen ser gobiernos monótonos y sin grandes novedades”, dijo a Búsqueda el politólogo Daniel Chasquetti.

    No obstante, reconoció que esa regla, si existe, no se aplica a los segundos gobiernos de José Batlle y Ordóñez y Sanguinetti, que “no fueron más de lo mismo”.

    Para Chasquetti, “el primer gobierno de Vázquez fue excelente, soñado, pero en el segundo parece como que se agotó en sí mismo”.

    Un caudillo.

    Batlle y Ordóñez ejerció dos veces la presidencia a comienzos del siglo pasado. La primera transcurrió entre los años 1903 y 1907 y la segunda entre 1911 y 1915. En el libro La República Batllista, el historiador Gerardo Caetano afirma que la mayoría de los que estudiaron este período coinciden en que durante los años 1903 y 1904 el primer gobierno de Pepe Batlle se tuvo que ocupar casi de lleno a hacer la guerra. No obstante, a pesar de la contienda, tuvo iniciativas en materia laboral, impositiva y contra el “dogmatismo religioso”.

    Además de las huestes de Aparicio Saravia, a las que luego buscó integrar al Ejército, Batlle debió enfrentar a una serie de adversarios internos, entre ellos el jefe político y de Policía de Montevideo, coronel Federico West, quien le dio bastantes dolores de cabeza. También se opuso Antonio Bachini, excanciller de Claudio Williman.

    Otros que recelaban naturalmente del laicismo encarnado por Batlle eran los ciudadanos que militaban en la Unión Católica del Uruguay.

    Esa resistencia se agudizó, precisamente, mientras Williman era presidente. En esos días Batlle recorría Europa, de donde regresó ya electo por segunda vez y cargado de nuevas ideas reformistas.

    Caetano describe en el libro cómo los detalles del retorno fueron mantenidos en reserva. El viajero trasbordó en la Isla de Flores a un pequeño barco que lo llevó hasta un muelle secundario en el puerto de Montevideo, buscando acotar el peligro de un atentado contra su vida.

    El caudillo caracterizado por un gran sobretodo se instaló en una casa alquilada que estaba ubicada en la calle Uruguay 292 esquina Río Negro, antes de mudarse a la quinta de Piedras Blancas.

    Fue durante el segundo gobierno cuando encontró mejor ambiente para llevar adelante sus políticas, porque —como explica Caetano— a pesar de que no faltaron conatos y conspiraciones “la hipótesis de la guerra era muy resistida en los medios empresariales, tanto nacionales como extranjeros, así como impopular en el seno de la población en general”.

    Para este historiador y cientista político, después de los primeros discursos “quedaba claro que Batlle era el de siempre pero más radical, que no se había vuelto un pragmático negociador y que no llegaba nuevamente al poder para gestionar y administrar con prudencia”.

    Con respaldo popular, el presidente desató, al decir del profesor estadounidense Milton Vagner, una “lluvia de proyectos”. Además, en el primer año de gobierno Batlle se involucró en acontecimientos importantes como la huelga de los tranviarios y la manifestación liberal del 9 de julio para separar la Iglesia del Estado.

    En esos años, Batlle logró hacer una plataforma común con los socialistas (Emilio Frugoni había llegado al Parlamento) pero teniendo en contra, entre otros, al filósofo y legislador José Enrique Rodó.

    El programa de ocho puntos era: 1. Separación de la Iglesia y el Estado 2. Jornada legal de ocho horas 3. Reglamentación del trabajo de mujeres y niños 4. Disminución de los impuestos que gravan los artículos de consumo 5. Protección a los trabajadores del campo. 6. Mayores facilidades para nacionalización de extranjeros. 7. Impuesto progresivo sobre el valor de la tierra. 8. Representación proporcional.

    Los historiadores José Barrán y Benjamín Nahum establecieron en el libro Batlle, los estancieros y el imperio británico que el plan de reformas tuvo seis grandes líneas: económica, social, rural, fiscal, moral y política.

    Una prueba de las dificultades que tuvo el impulso transformador fue el traspié electoral de 1915 que dio lugar al llamado “alto de Viera”, cuando la presidencia quedó en manos del también colorado Feliciano Viera.

    El gradualismo de Sanguinetti.

    Al primer gobierno, Sanguinetti llegó en 1985 con el eslogan El Cambio en Paz y tuvo que enfrentar bastantes conflictos sindicales, además de la herencia de la dictadura.

    Fue una década después, en 1995, luego de ganar por pocos votos al nacionalista Alberto Volonté y al propio Vázquez, cuando este continuador más fiel que Jorge Batlle de las ideas batllistas pudo hacer las transformaciones que consideraba necesarias para el país.

    Aunque tuvo dificultades para licitar la playa de contenedores del Puerto de Montevideo por acusaciones de corrupción, y en la economía debió concentrarse en dominar la inflación, en medio de Argentina y Brasil en dificultades, Sanguinetti llevó adelante, con fuerte respaldo y sacrificio de Volonté, un gobierno de coalición que hizo crecer la producción y atrajo inversión extranjera. Desde su perspectiva, lo hizo con una “administración paulatina de los cambios” que “permitió reducir los costos sociales” al mismo tiempo que mejoraba la productividad.

    El más polémico de los frentes que abrió fue la reforma de la educación, impulsada por el sociólogo Germán Rama. El gobierno se enfrentó a los sindicatos de la enseñanza.

    A la hora de los balances, Sanguinetti entregó un informe de 12 carillas a la Asamblea General (Búsqueda N° 1.016) en el que se ufanó de bajar la inflación de 44% a 8% y de reducir el déficit fiscal de 3,4% a 1%.

    El presidente saliente legó a Jorge Batlle cuatro reformas más o menos encaminadas: la del Estado, la educativa, la de la seguridad social y la de la matriz energética.

    En materia de obras, el gobierno de coalición dejó proyectos en proceso, como el puente Colonia-Buenos Aires, el puerto de La Paloma, el aeropuerto de Carrasco, el saneamiento de Maldonado, la terminal de contenedores de Montevideo, la doble vía de la ruta Interbalnearia y la de la Ruta 1.

    El primer y el segundo Vázquez.

    El Frente Amplio (FA) recibió el gobierno en 2005 con una economía repuntando tras la fenomenal crisis de 2002 y “las siete plagas” que enfrentó Batlle.

    Vázquez formó un gabinete con los principales dirigentes del FA y llevó adelante una serie de reformas.

    Además de revitalizar la negociación colectiva mediante la reinstalación de los Consejos de Salarios y abrir espacios de diálogo con los sindicatos, el primer gobierno de la coalición a nivel nacional llevó adelante dos proyectos que buscaban mover la aguja en la distribución de la riqueza, distinción histórica de la izquierda: la reforma de la salud y la tributaria.

    Al mismo tiempo, intervino sobre la emergencia social a través del nuevo Ministerio de Desarrollo Social y el Panes, un programa de transferencias que ayudó a reducir la pobreza.

    Aunque el primer gobierno tuvo que enfrentar los temores de propios y extraños, el estilo de Vázquez logró transmitir tranquilidad.

    El presidente se jactó de gobernar siempre apegado a la ley y al Programa de Gobierno del FA. Sin embargo, la decisión más recordada de su período no estaba en los papeles. Pese a las resistencias en la educación, Vázquez comenzó a aplicar en 2007 el Plan Ceibal, mediante el cual dotó de una computadora a todos los alumnos de las escuelas públicas del país.

    Tampoco había sido una iniciativa contenida en el programa de gobierno del FA la instalación de dos pasteras sobre el río Uruguay, un asunto que desató un largo conflicto binacional con Argentina.

    Llegando a la mitad del período, el segundo gobierno de Vázquez está concentrado en consolidar algunas de las medidas que comenzó en 2005, luego de que el expresidente José Mujica le imprimiera su propia dinámica al país.

    Vázquez tuvo un año 2015 muy difícil, en el que a los problemas de presupuesto —con un nivel de déficit fiscal que amenazaba la calificación crediticia del país— sumó el criticado Decreto de Esencialidad de la educación.

    Uno de los objetivos actuales de Vázquez es mejorar la seguridad pública y consolidar las reformas. Como megaobra busca que se produzca la instalación de una tercera planta de celulosa, que tendrá como efecto —más allá de los riesgos— una mejora de la infraestructura y creación de puestos de trabajo.

    Las banderas distintivas que se presentaron en la campaña fueron la reforma del “ADN de la educación”, el sistema de cuidados y la rebaja impositiva para los pagos hechos con tarjetas.

    Esta última está en marcha mediante la ley de bancarización, que ha tenido resistencias de algunas organizaciones comerciales y promete ser un frente de batalla abierto desde sectores de la oposición. La reforma de la educación no tomó el impulso anunciado, mientras que el sistema de cuidados también arrancó con más lentitud, entre otras cosas, por problemas de caja.

    Con Astori al frente, igual que en el primer período, el crecimiento de la economía en el gobierno de Vázquez, aunque moderado, sigue siendo uno de los logros que puede mostrar el presidente.

    Información Nacional
    2017-08-10T00:00:00