Mientras rompe récords de ingresos, Enfermería busca cambiar la imagen de que son el “personal doméstico del hospital”

13 minutos Comentar

Nº 2129 - 1 al 7 de Julio de 2021

entrevista de Juan Pablo Mosteiro y Federica Chiarino

Mercedes Pérez es la decana con más antigüedad en su cargo entre todos los servicios universitarios que hoy integran el Consejo Directivo Central (CDC) de la Universidad de la República (Udelar). A poco de cumplir nueve años al frente de la Facultad de Enfermería, en rigor está fuera de período porque su segundo decanato debió terminar el 31 de diciembre. Pero como no hubo elecciones seguirá hasta que termine el proceso electivo del nuevo claustro universitario, previsto para el 29 de setiembre.

Oriunda de Casupá, Florida, Pérez es una de las ocho mujeres en un total de 16 miembros que integran el CDC, y es la cuarta decana de una facultad creada hace casi 17 años y que en 2021 tuvo cifras “récord” de ingresos, unos 2.000 estudiantes en todo el país. Este extraordinario nivel de inscriptos sorprendió a la decana por tratarse de una opción tan sacrificada y mal paga. Estima que en la actualidad el sueldo de un auxiliar apenas supera los $ 20.000 y el de un licenciado oscila entre los $ 30.000 y $ 40.000.

La pandemia también trajo dificultades para la formación de los enfermeros: prácticas hospitalarias incumplidas y varias generaciones trancadas, sin posibilidad de acceder al título. Enfermería es un servicio con faltante histórica de profesionales, un déficit de enfermeros y auxiliares que se hizo más notorio en este contexto. Según indicadores internacionales, lo recomendable es que en los equipos de salud trabaje un enfermero por cada médico, y esa relación en Uruguay baja a un enfermero por cada cinco médicos.

La decana formó parte del recientemente disuelto Grupo Asesor Científico Honorario (GACH), que contó con dos representantes de enfermería entre casi 60 especialistas de otras áreas. Agradecida por la invitación, Pérez considera que el GACH debió convocar a más colegas y que el enfermero debe romper de una vez con el prejuicio de ser el “personal doméstico de hospital”.

Lo que sigue es un resumen de la entrevista con Búsqueda.

—Enfermería tiene un récord histórico de inscripciones en todo el país. ¿Cuánto influyó en eso el efecto de la pandemia?

—A mí me sorprendió mucho este aumento extraordinario de inscripciones porque pensé que con la pandemia iba a pasar exactamente al revés. Pensé que los estudiantes, viendo la gran diversidad de carreras que hay actualmente y con todo lo que está pasando, con los riesgos que están corriendo los enfermeros, una carrera tan sacrificada y muy mal remunerada, iban a elegir otras opciones. Enfermería requiere mucha presencia hospitalaria y también en los servicios de salud, persona a persona, y por eso resultó tan desafiada por la pandemia.

—¿Cree que la crisis sanitaria mejoró la imagen de la enfermería al tener mayor visibilidad?

—Hemos tratado de dar la imagen de que la enfermería no es solamente sufrir y acompañar al paciente mientras sufre, sino que implica muchas más funciones. Hoy la imagen social de un enfermero ante la pandemia es la de quien vacuna, hace el hisopado y está en el CTI cuidando a los pacientes, en la trinchera. Pero en realidad el espectro de trabajo es más amplio que ese. Enfermería es una disciplina muy joven en la historia de la humanidad y eso hace que haya infinitas posibilidades de desarrollo en otras áreas. Tratamos de mostrar esa otra cara para dar una visión un poco más amigable de la profesión, y para eso necesitamos más personal y recursos.

—Precisamente, respecto a ese reconocimiento social de la profesión, ¿se refleja en medidas políticas y económicas concretas?

—Ese es el punto. Porque no es solo que se vea, sino que se valorice y eso tenga un cambio en la imagen de la enfermería, que muchas veces se visibiliza como el personal doméstico del hospital. Pero para contrarrestar eso falta un camino largo. Es lo que trabajamos con el diálogo político, a propuesta de la Organización Mundial de la Salud, para que esto no quede en un mero homenaje a los enfermeros por su sacrificio, por haber expuesto su vida, y luego damos vuelta la página y seguimos igual que en 2019. Sin pandemia, la mayoría de los enfermeros, sobre todo los de los niveles de CTI, trabajaban en dos lados, o en las emergencias móviles. A veces lo hacen en una emergencia móvil y en un CTI. Nosotros veníamos hablando de esto desde el 2014, del agotamiento y del burn out de los enfermeros.

—Se dicen en general “los fallecimientos en el personal de la salud”, pero ¿se sabe cuántos son los enfermeros?

—Siete u ocho auxiliares de enfermería, y dos licenciadas. Gente muy joven, con mucho futuro por delante, con familias. Eso es muy doloroso.

—Usted integró el GACH junto con la enfermera jefa en el CTI del Hospital de Clínicas, Gabriela Méndez, ¿qué destaca de esa experiencia?

—Trabajar con los científicos de mayor prestigio y trayectoria del país, como Rafael Radi o Julio Medina, fue para mí un aprendizaje enorme, porque yo no tengo una trayectoria de investigación muy amplia. Mi trabajo ha sido más que nada docente y en la asistencia en una mutualista hasta 2012. Era muy difícil liderar tantas personas y en modalidad virtual: 57 profesionales, entre ellos, dos enfermeras. Pero cuando miro el “trabajo” que generó la pandemia el equilibrio era otro… Lo dije muchas veces en el GACH, hasta en la evaluación final, y lo digo ahora: debió haber más enfermeros en otros grupos de trabajo. Yo estuve en las recomendaciones vinculadas con lo materno-infantil, que es mi especialidad, y mi compañera en CTI. Pero había otras áreas donde pudimos aportar, por ejemplo, en la reincorporación de alumnos a escuelas y liceos. Igual, por suerte, fuimos considerados, porque a veces cuesta entender que una enfermera no solo está en la puerta del consultorio, sino que participa en todo el proceso de cuidado de las personas. Hay que aprovechar todo ese talento, más ahora que surgió una tanda grande de científicos jóvenes con unas espaldas impresionantes, incluso a escala internacional.

—Y todo pese a que Uruguay invierte poco en ciencia en comparación con otros países…

—Sí, es muy baja la inversión y hay muchas inequidades. Pero tenemos una universidad pública que destina parte de sus recursos a esto y que cambió su forma de trabajo para centrarse en desarrollar la investigación, la ciencia y la extensión, más allá de que los fondos no sean tan grandes.

—En este contexto, ¿cómo recibió los dichos de la senadora oficialista Graciela Bianchi que, entrevistada por El País, señaló al 90% de los científicos universitarios como adherentes al Frente Amplio?  

—No sé… Creo que la facultad y la universidad han hecho un análisis de su realidad bastante crudo y nuestras sesiones siempre son muy prolongadas porque todo el mundo opina y quien no está de acuerdo lo dice. Los cambios son muy pensados y, en lo posible, consensuados, en la facultad y el CDC. En el gobierno universitario no es tan fácil hacer lo que uno quiere. Yo soy la decana de la facultad, pero mi ámbito de decisión personal es muy estrecho porque dependo del Consejo de Enfermería. Entonces, tengo mucha tranquilidad en que lo que se está haciendo es lo que se está pudiendo hacer con lo que se tiene, e incluso más de lo que uno de repente piensa que se podría hacer.

—¿Y eso se hace con independencia política real?

—Pienso que sí. No tengo el panorama tan claro, más allá de que una tiene percepciones. No tengo la certeza de que toda la gente piense lo mismo en ningún ámbito universitario. Cuando uno está en estos cargos aprende a que tiene que, entre comillas, “colar” lo que escucha, y eso no implica escuchar solo lo que a una le gusta, ¿no? Pero hay cosas que no tienen sustento o que están equivocadas en la información que reciben, o que dicen lo que se les ocurre… Yo qué sé, cada uno tiene la libertad de expresarse, pero de ahí a que uno vaya a vivir pendiente de lo que dicen los demás, honestamente…

—Se trata de una senadora…

—Sí, sí, claro. No es cualquier persona. Claramente no. Es la segunda en línea; en caso de no estar el presidente y la vicepresidenta de la República, es ella quien queda al frente del país. Pero llevado a lo que una sabe que se hace, tiene evidencias y hasta puede demostrar si se lo preguntaran, esas opiniones son…, bueno, opiniones.

—El personal de enfermería totaliza 34.436 personas; de ellas 27.732 son auxiliares y solo 6.731, licenciadas. ¿Cómo se explica ese desbalance?

—Por un lado, la formación terciaria de enfermería es uno de los servicios que cerró durante la dictadura, cuando dejamos de tener carácter universitario y pasamos a depender del Ministerio de Salud Pública, a pesar de que quien emitía el título era la Facultad de Medicina. Eso generó un apartamiento de la carrera universitaria. Ahí hubo un corte. Por otro lado, está el prestigio o la imagen que se tiene de la carrera. La salida laboral de los auxiliares es rápida para insertarse en el mercado laboral, mientras que la carrera exige secundaria completa y cuatro años y medio de estudio universitario. Además, el desarrollo de la carrera en el interior, Rivera, Rocha y Salto, compite con la formación de auxiliares de enfermería de las escuelas privadas de todo el país.

—Muchos auxiliares plantean que no tienen suficientes incentivos para cursar la licenciatura, entre otros, salariales…

—El enfermero tiene muy poquitos escalones en su carrera laboral, dos o tres. No hay estímulo. La idea no es que un auxiliar de enfermería que trabaja de noche en el CTI gane más que una licenciada. Es así porque tiene el incentivo nocturno y del CTI… y la licenciada gana menos que él. No digo que esté mal lo que gana él, digo que está muy mal lo que gana ella. Y digo ‘ella’ porque en general somos más mujeres en la licenciatura y entre los auxiliares hay más varones. Además, en las instituciones pierden la antigüedad, cosa que yo no puedo creer, pero también pasa.

Foto: Nicolás Garrido / Búsqueda

—La formación ha estado muy trancada también por la suspensión de las prácticas profesionales a causa de la crisis sanitaria. Hubo un semestre o más de retraso, ¿cómo afronta eso la facultad?

—Se han definido varias estrategias para mejorar el espacio de simulación clínica, y la virtualidad se ha extendido a otras áreas para no dejar a los estudiantes “parados”. El centro de Rivera estuvo cerrado y no pudimos hacer la actividad de simulación clínica, que empieza esta semana. Eso significa que 50 o 60 estudiantes van a egresar, porque era lo único que les faltaba para recibirse. También hay una propuesta de un plan de egreso, porque había muchos estudiantes que estaban detenidos por el hecho de que no podían levantar los datos para su trabajo final de investigación en los servicios de salud. Entre junio y julio egresará un número bastante importante.

—¿Qué pasa con el reconocimiento de reválidas de títulos de extranjeros?

—Tuvimos una avalancha de personas extranjeras pidiendo reválida de títulos, cerca de 100 o más, mucha gente de Cuba, de Venezuela y también de Argentina y de Brasil. Se avanzó muchísimo en ese sentido, a la mayoría lo que les falta es alguna documentación que a veces tienen dificultades para conseguir. Rectorado había tomado como prioridad todos los títulos o trámites que fueran de Enfermería y Medicina para disponer de mayor cantidad de recursos.

—También sucede que, al ser tan alto el porcentaje de mujeres, muchas son cuidadoras, jefas de hogar, tienen hijos y no cuentan con el tiempo suficiente para terminar la carrera, ¿es así?

—O lo hacen a costa de todo eso. Es un sacrificio enorme. El tema de género cruza a la profesión, a la institución, a la carrera. ¡Es así! Tiene un corte de género bien importante la enfermería, más allá de cualquier ideología. Hay una clara influencia de género en todo.

—¿Cree necesaria la cuota de género en ámbitos de poder académico?

—Siempre me pregunto hasta dónde. Quisiera que no tuviera que haber una cuota de género para que las mujeres pudieran a acceder a este tipo de cargos. Quisiera también que el techo de cristal no existiera. Pero lo que sí he entendido, porque he empezado a mirar con más cuidado el tema, es que a veces hay que hacer como, diciéndolo en términos de enfermería: “Hay que darle un antibiótico, pero primero dale una alta dosis y después le das la de mantenimiento”. Se necesita alguna medida muy drástica que obligue, y después creo que las cosas surgen solas. Con las cuotas siempre me queda la duda, porque también es una discriminación positiva. Queda esa sensación de “entró por la cuota” o “tiene el lugar porque hay una cuota”. Y eso, de alguna forma, le quita el valor a la persona. Más allá de que en algunos casos la cuota hizo pensar a algunas cabezas que hay que cambiar. Porque si no seguimos siempre con el mismo cuento de que no llegan, y en realidad no llegan porque está el techo de cristal.

—Usted rompió varios “techos de cristal”…

(Sonríe) En el plano asistencial, sí. Lo tengo clarísimo. De hecho, en 2007 decidí irme de la mutualista porque sentía que me había saturado, había cosas que las había intentado mejorar, o estaba haciendo propuestas… No se nos atendía y la mutualista era una institución en la que el poder médico era muy fuerte. Los enfermeros teníamos un techo al que llegábamos y punto, no pretendieras traspasarlo. Recuerdo una conversación con un alto directivo de esa mutualista en la que me dijo: “A ti no te ha ido tan mal…”. Le dije: “No, pero no es lo mismo ser hombre y médico que mujer y enfermera, eso me queda claro”. Hace poco me lo encontré en la calle y me dijo: “Sabés que nunca me olvidé de aquella frase que me dijiste. Nunca lo había pensado”. Y le dije que me alegraba. Pero a mí me preocupa más como colectivo. ¿Hasta dónde se deja ir a la enfermería? ¿Cómo se reconoce o cómo se identifica el rol de los enfermeros en los equipos de salud? ¿Y cómo se trabaja en ese sentido? ¿Qué se considera que los enfermeros pueden hacer?

  • Recuadro de la entrevista

Paridad de decanas no está reflejada en votos en el Consejo Directivo de la Udelar

Información Nacional
2021-06-30T19:37:00