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La muestra tiene el encanto de un álbum familiar: hay fotos de casamiento, de paseos por el zoológico o el parque, de vueltas en carrusel o de viajes en carretera. Hay fotos en blanco y negro o a color, hay fotos movidas o con cabezas cortadas. Allí aparece la vida cotidiana, la que transcurre en chancletas o en shorts, junto con los momentos inolvidables y especiales. Pero los otros momentos, los que no se retrataron, también están entre una foto y otra, entre los huecos de la historia.
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Así es Mamushkas, exposición de la fotógrafa argentina Carla Lucarella, que se exhibe en el Centro de Fotografía de Montevideo (CdF, 18 de Julio 885) hasta el sábado 8 de setiembre. La elección del título no es casual, porque como sucede con las muñecas rusas, en esta muestra hay una figura central que se llama Rosa y que contiene a otras dos: a su hija Carla Lucarella y a su nieta Lara.
El proceso fue así: Lucarella reconstruyó a partir del archivo fotográfico de su familia la vida de su madre, Rosa Mogilevic, quien murió de cáncer en 1978 a los 26 años. En ese momento, Lucarella tenía 4 años y en las fotografías aparece como bebé o como niña pequeña. Hacia el final de la muestra, cuando Rosa ya no está, la imagen de Lucarella con 26 años recuerda a la de su madre, y el parecido entre ambas es asombroso. El ciclo se cierra con una foto de Lara, hija de Lucarella. Tiene 4 años, los mismos que la fotógrafa cuando perdió a Rosa.
La elección del título no es casual, porque como sucede con las muñecas rusas, en esta muestra hay una figura central que se llama Rosa y que contiene a otras dos: a su hija Carla Lucarella y a su nieta Lara.
“Reconstruir su historia fue un ejercicio que hice durante toda mi vida. Y las fotos y los relatos de la pocas personas que la conocieron, sobre todo las fotos y los relatos de mi padre, eran lo poco que tenía para construir su personaje y anclar los recuerdos”, explicó Lucarella a Búsqueda.
Como resultado surgió una historia fascinante, no solo por las fotografías sino por la propia vida de Rosa, que fue breve, intensa y llena de peculiaridades. Había nacido en Corrientes, pero sus padres eran inmigrantes rusos. “El padre era fotógrafo y andaba por los pueblos con su cámara de fuelle en un carro, desaparecía por temporadas. La madre era muy joven y la dejó con unos vecinos para ir a buscar trabajo a Buenos Aires. Pasó mucho tiempo y no volvió a buscarla”, cuenta Lucarella sobre sus abuelos. Es así que Rosa terminó en Buenos Aires en el Instituto de la Minoridad. Allí conoció a Haydée, una empleada de la institución que se transformó en su madre adoptiva.
Muchas de las fotos que aparecen en Mamushkas pertenecen al archivo de los padres adoptivos de Rosa, Haydée y Alfredo Levy. Es Alfredo el autor de varias de las fotografías que la retratan de niña, algunas de ellas desencuadradas o borrosas, como la que le sacó en una calesita, con una amplia sonrisa. Todas van acompañadas de breves textos que ubican la situación, el año, el lugar, y que fueron escritos por Lucarella de forma sobria y prácticamente informativa.
“La idea era que no hubiera golpes bajos, no hacer la historia pesada, densa. Ya eran bastante fuertes los hechos que se relataban y la idea no era hacer un melodrama. El tratamiento del material como archivo, con data dura de fechas y lugares, ayudaba a tratar la información objetivamente, fríamente, de alguna manera. Y en el punto ‘observaciones’ me permití que surgiera una voz más personal”, explica la fotógrafa.
En esas observaciones, a veces aparece un poema de Walt Whitman o un comentario sobre el “desencuadre” de la foto o sobre la primera vez que vio a su hermano Augusto. En una de ellas hay un fragmento de la carta que Rosa le escribió a su hija para explicarle sobre su enfermedad. Es directa y tierna, emotiva y a la vez extraña. En setiembre de 1977, Rosa fue diagnosticada con cáncer, de un linfoma de Hodgkin. En ese momento ya estaba separada de Osvaldo Lucarella, el padre de Carla. Lo había abandonado por su psicólogo, Eduardo Adamov, con quien había mantenido una relación amorosa durante varios años. Otra de las peculiaridades en la vida de Rosa.
Mientras las fotografías van desplegando la historia familiar, se va contando otra historia que es la de los años setenta que entran por los ojos con todas sus luces y sus sombras: los cuellos polera, los pantalones “pata de elefante”, los vestidos jumper, y también la militancia política de alguien relacionado con la familia o la desaparición de alguien relacionado con la familia.
Mientras las fotografías van desplegando la historia familiar, se va contando otra historia que es la de los años setenta que entran por los ojos con todas sus luces y sus sombras.
Rosa en medio de la carretera que va a la Patagonia, en una foto que tomó Osvaldo en su luna de miel; Rosa de bikini en un campamento con sus hijos; Rosa sonriente y de turbante, Rosa con los ojos muy verdes y de peluca. “El archivo es el acto de recordar”, escribió la curadora de la muestra, Lorena Fernández, en un texto que acompaña la exhibición. “A la pulsión de entender y conocer, Carla le responde haciendo lo contrario a lo esperado: vuelve extraño lo familiar, ordena, objetiviza, aporta información. (…) Carla, literalmente, le devuelve la respiración a su madre”.
Lucarella nació en Buenos Aires en 1974. Además de fotógrafa y directora de fotografía, trabajó como camarógrafa en varios largometrajes y también en publicidad y videoclips. En Mamushkas aportó solo una foto: la de su hija Lara.
Es difícil pasar indiferente por esta muestra porque su historia es conmovedora, pero además porque provoca recuerdos propios, esos que se conservan en el álbum familiar con la calesita, la torta de cumpleaños, los niños pequeños en pañales, el viaje de la juventud, la foto de los más queridos. Las fotos de quienes ya no están.