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    Mito melódico

    Un tal Eduardo, de Aldo Garay

    Paysandú, hoy. Una mujer saca papeles de una caja. Recortes de diario, fotos, manuscritos de letras de canciones llenos de tachones. Es María Karlowicz, la viuda de Eduardo Franco, cantante, compositor y frontman del grupo que, con más de 15 millones de discos vendidos en todo el mundo, es sin dudas el más famoso, popular y duradero de la historia de la música uruguaya. Pioneros del rock en esta región, luego volcados a la música melódica y romántica, Los Iracundos siguen sonando fuerte en Chile, Argentina, Ecuador, Perú, Bolivia y en buena parte de Uruguay (pero poco en Montevideo). Una banda fundada por seis jóvenes sanduceros que, con varias formaciones y mutaciones y casi 50 discos en 60 años, ha trascendido la muerte de casi todos sus fundadores y sigue en actividad.

    Aldo Garay tiene una línea muy definida de retratos íntimos de individuos en circunstancias marginales y extremas (Yo, la más tremendo, El hombre nuevo, Bichuchi, El círculo, Cerca de las nubes). Si algo define su obra es el minucioso —y muy respetuoso— tratamiento de sus protagonistas, elevados al estatus de personajes.

    Eduardo Franco tenía 13 años cuando comenzó a cantar en el grupo. Compuso más de 500 canciones y murió de un cáncer en 1989, a los 43 años. Pero Garay se saltea la biografía y apunta a la leyenda, a la construcción —y narración— del mito. Y se vale de los habitantes de un mundo muy particular: el de los fanáticos de Eduardo Franco y sus familiares y amigos íntimos.

    Un apasionado conductor radial presenta la emisión 600 y pico de El show de Los Iracundos. Un peruano peregrina por séptima vez a Paysandú, cámara en mano a lo Loco Abreu hasta cuando lo entrevistan, y como cualquier beatlómano en Liverpool, recorre los puntos claves de la ciudad y no deja de besar el busto de Franco en la plaza. Un escultor artesanal instala una estatua de Eduardo en un jardín junto a las de Zitarrosa y Gardel (“los tres principales músicos uruguayos”). Su hija Giselle graba y canta algunas de sus canciones mientras confiesa que le quedó mucho por preguntarle a su padre. El peluquero de toda su vida lo recuerda con Gardel de fondo. Un amigo envuelto en misticismo está convencido de que Franco tenía una misión y un mensaje para la humanidad. Un cura chileno bendice su tumba, repleta de ofrendas. El cantante de una banda tributo se maquilla y usa una peluca “a lo Franco”. Su viuda duda (“quizá su amor no fue solo para mí”) y asegura: “Ahora me toca vivir mi vida”.

    Más allá de lo anecdótico, Un tal Eduardo pone en evidencia la brecha estética entre Montevideo y el interior. No la cuestiona, la visibiliza. “A la juventud hay que darle canciones de amor y que se olvide de las cuentas y de la política”, dice Franco desde el archivo. “Los Iracundos no llegan a la intelectualidad de Montevideo, más asociada al candombe, la murga y su fusión con el jazz. La capital pone una barrera a esa sensibilidad”, dice alguien. Quizá este filme contribuya a acortar unos kilómetros esa distancia. O quizá no.

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