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Se ha subido a muros y pretiles para corregir palabras sin tildes, como las del letrero de un taller mecánico que decía “Alineacion. Suspension. Frenos”, o las de un cartel que anunciaba el recital del cantante “Joaquin Cortes”, o la de un graffiti que se quejaba de la “Puta Policia”. Pablo Zulaica comenzó con su campaña por una buena ortografía en 2009 en Ciudad de México y muy pronto tuvo repercusiones en otras ciudades de Latinoamérica y España. Publicista, periodista y corrector de estilo, nació en el País Vasco en 1982, pero vive en México desde hace siete años. En una visita fugaz por Montevideo conversó con Búsqueda sobre su proyecto “Acentos perdidos”.
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Antes de comenzar esta cruzada armado de calcomanías con forma de tildes, Zulaica estudió publicidad y vivió en Barcelona y en Buenos Aires. Luego lo contrataron como redactor publicitario en una agencia de Guadalajara y más adelante tuvo una mejor oportunidad en una agencia de México DF. Allí comenzó a fijarse en la mala ortografía callejera que aparecía tanto en instituciones públicas como privadas, en comercios grandes y pequeños, en carteles de vialidad, en bibliotecas y librerías. “Me empezaron a molestar las faltas, pero mucho más la actitud de apatía. Pensaba en el esfuerzo que se hace por inculcar en los niños hábitos de lectura, que por lo menos en México es muy fuerte, y de pronto un ministerio promueve la igualdad de género con faltas de ortografía”.
Él no puede definir exactamente de dónde viene su preocupación por la corrección ortográfica, pero recuerda que de niño le robaba el periódico a su padre y leía antes que él los deportes y los titulares. “Mis padres leen bastante. Mi madre es enfermera y mi padre comerciante, estudió Derecho y colaboró en radios locales. Me viene un poco de ahí mi gusto por la lectura y la escritura”. Luego en sus estudios de publicidad tuvo también cursos de periodismo y fueron los que más aprovechó para mejorar su escritura y ortografía.
Transcurrió un año entero desde que a Zulaica se le ocurrió la idea y se animó a pasar a la acción en 2009. “Como extranjero en México nada me avalaba a mí para corregir a otros, pero de pronto pensé que era una idea en la que yo creía y que debía hacerlo”. Para llevarla a cabo hizo un diseño en photoshop de los tildes y los imprimió en autoadhesivo. Luego abrió un blog y se propuso hacer una corrección por día y subirla en una foto. “A los siete días me di cuenta de que en un blog español apareció una noticia sobre mis correcciones. Estaba entre dos noticias de chismes o rarezas, una sobre Paris Hilton y otra sobre un japonés que había batido el récord de sandías cortadas por minuto con una katana”.
Zulaica tuvo el apoyo de su jefe en la agencia de publicidad, a quien le gustó mucho la idea y lo alentó a que tuviera una marca. Así nació “Acentos perdidos”, que hoy es el nombre de su blog y una marca para quienes van corrigiendo los tildes por las calles en otras ciudades. “Tuve muy pocas críticas negativas y la prensa ayudó mucho, porque hay una batalla continua en las redacciones por la ortografía”. Con una amiga hizo un video y lo subieron a Youtube. Entonces apareció en la televisión y comenzaron a contactarlo personas, sobre todo maestros y periodistas, de Argentina, Perú y Colombia, que querían hacer lo mismo y le pedían permiso.
En el blog “Acentos perdidos” están las plantillas de acentos autoadhesivos para quien quiera usarlas. “También hice unas letras de molde, pero nunca las usé. Tomo los acentos como un símbolo del respeto a la ortografía en la calle, y son menos invasivos que cambiar una letra”. Los dueños de comercios o de instituciones rara vez se han quejado de sus correcciones o se han negado a que las haga.
De todas formas, algún problema tuvo que enfrentar en las calles. Uno de ellos lo vivió con un grupo de estudiantes universitarios. “Una estudiante pegó un tilde en el cartel de la calle República de Brasil en DF. Entonces llegó una unidad de la Policía y nos dijeron que estábamos violando el artículo 24 de la Ley de Cultura Cívica por mal uso del mobiliario urbano, y comenzaron a ficharnos. En eso llegaron las cámaras de televisión y se formó un grupo grande de gente alrededor de nosotros que decía ‘qué vergüenza que están castigando a los que hacen algo bueno’”. Finalmente, los catalogaron como graffiteros y luego de llevarlos a una unidad equivocada, les avisaron que eran “los que pegan acentos” y los dejaron ir para no tener problemas. “Nos cambiaron la multa por tres charlas. Fue la campaña de publicidad más barata que hice en mi vida. Al día siguiente tuve miles de visitas en mi blog”.
A partir de la aparición de “Acentos perdidos” han ocurrido otras situaciones curiosas, como el surgimiento de un grupo peruano que inventó el “Tildetón”, o la publicación en el diario italiano “La Stampa” de un artículo que relacionaba lo que había iniciado Zulaica en Ciudad de México con lo que hacía un militar inglés jubilado que corregía los apóstrofes mal puestos en las calles de su pueblo.
Para Zulaica más que la ortografía importa la actitud frente a la escritura. “En mis charlas intento desacademizar lo más posible la ortografía, intento llevar el discurso hacia los valores, a cómo la escritura habla de quien escribe. Me gusta crear conciencia sobre lo que se transmite y lo que se percibe de nosotros a través de la escritura”.
Su prédica ha llegado también a las editoriales. En 2010 Random House Mondadori le pidió que escribiera su historia para publicarla en un libro de literatura infantil. Así salió “Los acentos perdidos”, con textos de Zulaica e ilustraciones de Alicia Concha, que trae, por supuesto, modelos de tildes para recortar. “Es una historia sobre la importancia de la ortografía, pero sin normas ortográficas”, explica el autor.
Actualmente Zulaica dejó la publicidad y trabaja como periodista free lance y corrector. También ofrece clases y conferencias para instituciones educativas o para grupos que estén interesados sobre la importancia de la buena ortografía. Además es un gran viajero y le gusta escribir crónicas o reportajes sobre las ciudades que visita. Y siempre anda con sus tildes adhesivos en la mochila, porque nunca se sabe en qué ciudad una palabra esté necesitando ayuda. En Montevideo vio algunas desde el ómnibus, pero no tuvo tiempo de darles auxilio.