• Cotizaciones
    miércoles 29 de abril de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Modernidad no es ahoridad

    Martin Wiklund, amigo, colega y compañero de despacho durante muchos años en el Departamento de Historia de la Universidad de Lund, escribió su tesis doctoral sobre un tema de aparente ligereza: la modernidad, tomando en cuenta el caso de Suecia durante el siglo XX.

    Interminables charlas sobre su investigación me habían dado suficientes pistas para comprender que yo nunca descubriría los hilos que movían sus ideas y de que, por lo tanto, nunca lograría entender el fondo de una trama que cada semana se volvía más complicada.

    Ahora bien, la pregunta en torno a la cual hemos hablado durante docenas de horas es: ¿qué es la modernidad? Y más concretamente, ¿cuándo es moderna una sociedad?

    En nuestro intercambio de ideas a lo largo del tiempo yo intenté establecer algunas coordenadas prácticas y usables para identificar el grado de modernidad de una sociedad determinada: una especie de “modernitómetro”. Pero mi colega y amigo prefirió siempre mantenerse en un plano mucho más abstracto, moviéndose hacia el final de su trabajo en dirección a lo que en el debate internacional se llama “modernidades múltiples”.

    La idea central de la teoría de las modernidades múltiples sostiene que la mejor manera de comprender al mundo contemporáneo, a fin de entender la historia de la modernidad, es a través del estudio de un proceso continuo de los cambios culturales que se dan al interior de una sociedad cualquiera.

    Un punto fundamental en este modelo es que Occidente no representa la única forma de modernidad. Por el contrario, puede haber “modernidades verdaderas” cuyas formas y contenidos difieren, en mayor o menor grado, del modelo occidental (hay también otras características, pero no vale la pena ponerlas sobre la mesa).

    Según este concepto, cada sociedad tiene su propio modelo de modernidad y por ello, para ser considerada moderna, no tiene por qué parecerse a otra sociedad aceptada como incuestionablemente moderna. Este concepto-chicle nunca me convenció. Tampoco me convence ese confundir la modernidad con mera “ahoridad”. El ahora no es moderno por el mero hecho de ser actual, o por el mero hecho de no ser todavía pasado, pues la modernidad, a mi entender, no depende solamente del paso del tiempo.

    Una sociedad que llegó a ser moderna en alguna fase de su historia puede perfectamente haber perdido esa característica más adelante. Era mucho más moderno el viejo Irán del Shah Reza Pahlevi que el actual Irán de los ayatolás cavernícolas. Era más moderna la Turquía secular de Kemal Ataturk que la Turquía islamizada de Erdogan. Nada dice, a priori, que la Latinoamérica de hoy sea más moderna que la Latinoamérica de hace medio siglo. Por el contrario, estoy convencido de que es al revés, pues la Argentina del 10 o el Uruguay del 20 o del 30 eran mucho más modernos que la Argentina peronizada o el Uruguay culturalmente miserable de las últimas décadas.

    ¿Por qué no intentar entonces ver si una sociedad es moderna entrando a la cuestión por la puerta de atrás? Es decir: definiendo primero aquello que no hace moderna a una sociedad. Veamos si funciona.

    Una sociedad no es moderna cuando en vez de ciudadanos tiene grupos de presión. Una sociedad no es moderna cuando el problema de la corrupción está continuamente en el temario del día y condiciona todos los procesos en su interior.

    Una sociedad no es moderna cuando sus gobernantes en vez de trabajar para el bien de todo el país aspiran a perpetuarse en el poder en función de sus intereses personales. Una sociedad no es moderna cuando la sensación de inseguridad de sus habitantes es tan alta que se convierte en cuestión electoral.

    Una sociedad no es moderna cuando unos pocos no saben qué hacer con su riqueza mientras que la mayoría lucha a diario con sus limitaciones. Una sociedad no es moderna cuando una cantidad muy grande de gente vive de subsidios, pretendiendo, además, seguir viviendo de subsidios durante el resto de su vida.

    Una sociedad no es moderna cuando integrantes del gobierno cometen graves delitos sin correr riesgo de ser juzgados y castigados. Una sociedad no es moderna cuando reina la intolerancia y el pensamiento único.

    Una sociedad no es moderna cuando la irracionalidad es hegemónica. Una sociedad no es moderna cuando un grupo organizado se arroga impunemente el poder de cortar las calles, ocupar el espacio público y sembrar el pánico.

    Una sociedad no es moderna (y pienso especialmente en países como Rusia o Argentina) cuando es famosa en el mundo entero por su tonta prepotencia, su falta de respeto a los acuerdos establecidos y su vacía arrogancia: signos, todos ellos, de un infantilismo no superado.

    Una sociedad no es moderna cuando nadie, ni el gobierno ni la oposición ni la enorme mayoría de sus habitantes, tiene la más pálida idea de qué hacer con el país, de qué papel jugar en el mundo, de cómo organizar el presente y de cómo pensar el futuro.

    La ahoridad es una cosa; la modernidad, otra.