The Cure en Buenos Aires
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáTres horas y media de concierto. Cuarenta temas. Un repaso épico a todos los clásicos y todavía más de esta banda inglesa de inconfundible sonido oscuro, una asociación que en los 80 fue pionera y hoy lo sigue siendo. De allí abrevaron U2, Nirvana y Pearl Jam. Y de allí seguirán abrevando muchos otros grupos porque es un verdadero oasis en el desierto de un género que no parece dar demasiadas señales frescas.
Es muy difícil, por más fanático que uno sea de un músico generoso en desplegar energía (Hendrix, Coltrane, los Stones, el que sea, los que sean), que luego de dos horas no diga: “Basta, ya está bien, me voy a casa satisfecho”. The Cure hizo un monstruoso plano-secuencia musical, y semejante viaje implica siempre un compromiso físico en el espectador. Nadie se movió de su lugar hasta el final.
Lo más llamativo fue la entrega del quinteto y la frescura de su sonido, como si se conservase a temperaturas bajo cero en una caja de cristal. Una vez abierta la caja, la música emergió recién hecha, removedora y misteriosa. Es curioso: la banda tiene casi cuatro décadas de existencia y está nuevita, intacta, más allá de los cambios, más allá de los bemoles. Claro, gran parte de la magia estriba en la asombrosa voz de Robert Smith, que ya no es aquel chico depresivo con el rimel corrido y manos de tijera, el sello de unos angustiados tiempos posmodernos, sino un señor cincuentón un tanto entrado en carnes y con el pelo revuelto como la vieja de Gasalla. Pero canta mejor que antes, porque a cada tema le pone años y años de una emoción a prueba de cualquier tipo de corrosión. Y tiene un manejo de la escena moderado, sin gestos abruptos ni ampulosos, sin palabras demagógicas, una especie de agujero negro que te chupa hacia él.
Muchas veces, los recitales son sacados adelante gracias al oficio de sus músicos. Los años de convivencia sobre el escenario, las giras, los aeropuertos y los estadios tienden en cierta forma a uniformizar las cosas. El oficio existe y es necesario. Pero The Cure no solo posee ese oficio imprescindible para que una banda los tenga bien puestos y sea una banda en escena; va más allá: tiene un profundo sentido de la progresión musical. A medida que los músicos iban ejecutando los temas, el sonido crecía estéticamente marcando una distinción, señalando un camino, envolviendo todo en un manto de guitarras de porte tan roquero como melancólico. Una película musical sin fisuras. Los 40 temas terminaron siendo una sola propuesta, un gran telescopaje que irradió un latido único. Cualquiera con un poco de oído y sensibilidad se dio cuenta: allí, en el Estadio Monumental de River y ante unas 40.000 personas, el viernes 12 ocurrió algo muy serio.
Y no estamos hablando de melodías complejas. La gran mayoría de las estructuras de esta banda, los arreglos y los riffs de guitarra de Smith y de Reeves Gabrels (colaborador de David Bowie), son sencillos. Pero es esa clase de sencillez que de tan despojada termina siendo seductora, soberbia, inolvidable. Las canciones de The Cure no exceden los tres o cuatro minutos, pero parecen de diez. Son un trayecto elástico que cuestiona el sentido del tiempo. Hasta el momento de escribir esta nota, siguen percutiendo en mi cabeza las líneas del bajo de Simon Gallup en “A Forest”.
En la platea baja de la Tribuna San Martín, un padre de unos cincuenta años que creció paralelamente con Smith, solo que por debajo de la línea del Ecuador, comparte el recital con su hijo menor de diez. Al principio el niño se mueve hacia un lado y hacia el otro, como todo niño. Luego se duerme y el padre lo abriga con su campera. Aguantan estoicamente las tres horas y media, el padre abrazando a su hijo dormido y moviéndose levemente ante cada canción reconocible: “Lullaby”, “Love Song”, “Just Like Heaven”, “Friday I’m in Love”, “Boys Don’t Cry”... Ese niño, en algún punto del sueño, viajó hacia el extraño mundo de Robert, hacia el polvo cósmico, aquella noche en que acompañó a ver a una banda que le gustaba a papá cuando conoció a mamá.