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    Motivos de familia

    “El camino”, de Emilio Estévez

    Aquí está Martin Sheen (nacido como Ramón Estévez, 1940), muchos años después de “Apocalypse Now” (1979), en otro peregrinaje mucho menos peligroso que aquella búsqueda en el corazón de las tinieblas del siniestro coronel Kurtz. Y también más espiritual, porque lo que busca ahora es reencontrarse de alguna manera con su único hijo sin saber que el viaje que emprende será un reencuentro consigo mismo. Sheen es Tom, un oftalmólogo californiano amargado y solitario que se entera de que su hijo Daniel ha muerto accidentalmente en los Pirineos mientras realizaba el Camino de Santiago, un trayecto de quinientas millas hasta Santiago de Compostela que los católicos suelen emprender como reafirmación de su fe o, tal vez, como una búsqueda de paz espiritual.

    Y Daniel, que aparece ocasionalmente en el filme como figura fantasmal (¿o angelical?) es Emilio Estévez, hijo en la vida real de Martin y el único que ha conservado el apellido verdadero, ya que su más mediático hermano, Charlie, optó por el nombre artístico del papá. Así que esta es una película familiar, producida, escrita y dirigida por Emilio en memoria de su abuelo gallego Francisco Estévez, emigrado como tantos otros a Estados Unidos en busca de la tierra de promisión. El viejo Martin es, así, el encargado de corporizar en la pantalla esa vuelta a las raíces en una historia que quiere ser emotiva pero que resulta demasiado sobria.

    En la ficción, la resolución del desolado padre de emprender el mismo viaje que el hijo para ir regando sus cenizas por el camino, no responde en principio a motivos espirituales sino a una postrera reconciliación, a un homenaje póstumo de culminar lo que Daniel había empezado y quedó trunco. Es ni más ni menos que una road movie con todos los componentes clásicos de este tipo de historias: el encuentro durante la peregrinación con otros personajes motivados por distintas razones oficiará de catarsis para ese hombre, que a la vez que cumple su misión se reecontrará con algunos valores que había perdido u olvidado, al tiempo que aprende a depender de otros y también a tenderles una mano, a confraternizar con la gente y escuchar sus problemas, a confiarse con los otros, a reírse, a disfrutar, a vivir.

    Es un lugar común muy transitado pero que puede dar buenos resultados si el tema se conduce con sensibilidad, con afecto por los personajes, con dosis de emotividad y con genuino sentimiento. Allí están el gordo holandés (Yorick van Wageningen) que camina para perder unos kilos; la empedernida fumadora canadiense (Deborah Kara Unger) que quiere dejar el vicio; el escritor irlandés (James Nesbitt) que sufre un bloqueo creativo y que cree que en el viaje encontrará inspiración para sus historias. Los tres pretenden romper el muro de aislamiento del viejo Tom, y en ese largo trayecto tendrán varias oportunidades para intentarlo. Ese es el sustento de la historia. Y el hermoso marco paisajístico de España ayuda bastante.

    Si el resultado no es mejor, es porque el director no quiere caer en sensiblerías y prefiere una sobriedad inexpresiva que le juega en contra. El elenco es siempre excelente, pero las dos horas pesan y hay largos momentos en que la acción se empantana y no muestra nada más que recursos dramáticos convencionales demasiado vistos. Es una lástima, porque la conjunción padre-hijo, en la que ambos profesan la religión católica y encaran el tema como un acto de fe, prometía otro tipo de emociones más genuinas que la formal y esmerada construcción de un filme austero, correcto y desabrido.

    “El camino” (“The Way”). EEUU-España, 2010. Dirigida, producida y escrita por Emilio Estévez sobre relatos contenidos en la novela “Off the Road: A Modern Day Walk down the Pilgrim’s Route into Spain”, de Jack Hitt. Con Martin Sheen, Deborah Kara Unger, Yorick van Wageningen, James Nesbitt, Tcheky Karyo, Angela Molina y Emilio Estévez. Duración: 123 minutos.

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