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Con su deliberada pomposidad, sus contundentes anacronismos y su estética radicalmente kitsch, en 2001 Moulin Rouge! representó, para una buena parte de la crítica, el cenit del posmodernismo grasiento. En realidad, el tercer filme del australiano Baz Luhrmann, que venía de hacer una peculiar adaptación de Romeo y Julieta, es más que eso. El estallido estroboscópico de Luhrmann es tan acelerado, ruidoso y azucarado en la superficie que resulta sencillo tanto meterse de lleno como salir corriendo con espanto.
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En la carne de esta estridente tragicomedia musical late un principio simple, efectivo, con el que no es difícil identificarse: “Estoy enamorado y sé que me voy a morir”. Para la historia de amor entre un escritor (Ewan McGregor) y una prostituta (Nicole Kidman) ambientada en París a fines del siglo XIX, el realizador fusiona las tramas de La dama de las camelias, la ópera La bohème y el mito de Orfeo y Eurídice. Y utiliza un profuso arsenal de covers de canciones pop del siglo XX, como en un exuberante musical de Bollywood rociado de absenta. Roxanne de The Police se convierte en un tango, Like a Virgin de Madonna adopta la forma de diálogo bufonesco entre dos seres extravagantes, Diamonds are a Girl’s Best Friends es intervenida por Material Girl, y Nature Boy emerge en la voz de David Bowie. También hay espacio para temas de Queen, Nirvana y The Beatles en formatos insólitos, en un salón de baile donde entran Mariano Mores, Rufus Wainwright, Christina Aguilera, Lil’Kim, Pink y U2.
Todo esto es muy divertido y estimulante. Pero, hay que decirlo, más allá de la mezcla excesiva, de los encuadres rebuscados, de los tonos saturados, de esos rojos intensos que predominan en la puesta en escena y que remarcan la pasión, la agresividad, la vitalidad, la sexualidad, y también la tragedia y la destrucción, sobresale ella: Nicole Kidman, en uno de los papeles más sensuales, frágiles, amenos y caricaturescamente trágicos de su carrera.