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Nueva York a comienzos de los 50. Las vidrieras rebosan paquetes, algodón y fantasías navideñas. La gente lleva los gorros de Papá Noel. Los Packard, Mercury, Pontiac y Cadillac se desplazan con la parsimonia de quien no tiene apuro. Una época, si es que alguna vez existió, apacible, sin urgencias ni mayores convulsiones. Son los aires que se respiran en una ciudad sobreprotegida, acariciada por los copos de nieve y el bienestar económico, una ciudad silenciada por las costumbres bienpensantes.
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Ella es rubia y de enormes ojos verdes, esbelta, sofisticada y viste un tapado de piel. Es Carol, la clase de mujer que se mueve sin mayores ademanes pero resalta claramente entre la multitud. Desea comprarle una muñeca a su hija. La dependienta de la juguetería, Therese, también una fotógrafa aficionada, le propone en cambio un tren eléctrico con los vagones pintados a mano. La misteriosa señora y la joven se miran a los ojos con esa chispa tan particular que estalla cuando dos seres humanos se encuentran en un mismo punto, en una misma sintonía afectiva. Carol acepta la sugerencia, escribe su dirección para que envíen el regalo a su casa y olvida sus guantes en el mostrador. Así comienza esta asordinada, prohibida y también apasionada historia de amor que en ningún momento aprieta el acelerador, carga la tinta de las emociones ni explicita la palabra homosexualidad o lesbianismo.
El director Todd Haynes (Los Ángeles, 1961) dijo que al leer la novela original de Patricia Highsmith, publicada a principios de los 50 con el seudónimo de Claire Morgan, no estaba familiarizado con el universo de la escritora, más conocida por la vertiente policial y de serie negra. Por aquel entonces, la Highsmith transitaba la vida bohemia en la Gran Manzana y sus amores lésbicos eran tan tempestuosos como fugaces. Haynes quedó encandilado con semejante novela amorosa, con su tono romántico y desafiante, y no dudó en volver a emprender un viaje hacia lo más profundo y delicado del mundo femenino, como ya lo había hecho en Safe (1995) y en Lejos del paraíso (2002), ambas películas con la monumental participación de Julianne Moore.
Haynes como cineasta fue, de pique, un hombre signado por las apuestas controvertidas y riesgosas. Luego de un par de experiencias fílmicas se hizo conocer con el corto Superstar: The Karen Carpenter Story (1988), que era un resumen de la trágica vida de la cantante pop contada por… muñecos. En 2007, con I’m Not There, se metió con otro ícono de la música: Bob Dylan, y para darle uno de los tantos rostros al genio eligió a… Cate Blanchett, cuya actuación fue, como siempre, soberbia, además de haber alcanzado un camaleónico parecido con el músico por intermedio de esos clásicos rulitos y una mirada afilada detrás de los lentes negros. De no creer, pero la bella Cate era igual al feo Bob.
Haynes se toma su tiempo para desentrañar la femineidad, y en particular, el enigma que la rodea. Para Carol empleó los servicios de la muy inteligente guionista Phyllis Nagy (mejor guion adaptado, una de las seis nominaciones de la película), pero también se apoyó en una fotografía intimista de Edward Lachman (también nominado) que recrea las agradables imágenes de las revistas de decoración, las tiendas y los museos frecuentados por la burguesía de Manhattan en los 50, y por supuesto en los dos pilares protagónicos, Rooney Mara (nominada como mejor actriz secundaria) y Cate Blanchett, que no necesita ninguna nominación más ni premio alguno porque nadie puede competir con ella (y además tiene dos estatuillas: por Blue Jasmine y por El aviador).
Pero vayamos a lo que no tiene nominaciones, que es el trabajo del propio Haynes. Cuando no hay escenas intensas ni acentuaciones dramáticas, tanto la narración como las actuaciones pueden parecer inocuas, ya vistas, del montón. Por lo general, el espectador necesita sacudones que llamen su atención. Carol apuesta precisamente a no transitar ningún tipo de desborde, con excepción de un par de gritos o de alguna amenaza; por el contrario, se detiene en el círculo más silencioso de lo que hay bajo la piel, el latido del deseo. Y para ir por ese lado siempre conviene sugerir. Para Haynes es más importante cómo decir una historia de amor antes que ponerse en la posición del militante, que siempre hace hincapié en qué decir.
Entonces, los primeros planos de una pitillera, de unas caravanas, de un Martini con una aceituna, de la portada de un LP de Billie Holiday y Teddy Wilson y principalmente de la mirada de alguien desde un taxi con el vidrio empañado por gotas de lluvia, no solo es una opción poética o el principio de una caligrafía estética que Haynes emplea en su narración, también es el modo de presentar un amor que necesariamente debe pasar inadvertido, contenerse a sí mismo. Por vía de la sutileza, el director —con el entendimiento absoluto del resto del equipo— hace que una relación signada por las adversidades, luzca luminosa y placentera. Al fin y al cabo, detrás de una palabra amable, de una caída de ojos o del suave roce de una mano con otra, subyace la pasión.
Carol (Carol). EEUU, 2015. Dirección: Todd Haynes. Guion: Phyllis Nagy, sobre novela de Patricia Highsmith. Con Cate Blanchett, Rooney Mara, Kyle Chandler, Sarah Paulson, Jack Lacy. Duración: 118 minutos.