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    Murmullo de la vida

    Obras maestras: Pedro Páramo, de Juan Rulfo

    Podría haber firmado su obra como Juan Pérez, y así hubiera mantenido una versión simple y escueta de su nombre, como a él le gustaba. Pero eligió uno de sus apellidos más lejanos y sonoros, hoy todo un símbolo de la mejor literatura hispanoamericana. Su nombre completo era Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno. Nació hace casi un siglo, el 17 de mayo de 1917, en Sayula, una ciudad del estado de Jalisco. El mundo literario lo conoce simplemente como Rulfo, nombre que evoca vientos tórridos, perros que ladran en la soledad del desierto y la tierra árida que rodea los pueblos rurales mexicanos.

    Rulfo dejó una obra literaria concisa, a la vez que compleja en su estructura y en la concepción de sus personajes. En su narrativa todo es reconocible, pero al mismo tiempo fantasmal y maravilloso, por eso se considera un antecedente del “realismo mágico” popularizado años después por García Márquez, quien siempre reconoció su herencia. Poco más de trescientas páginas abarca toda su creación literaria, como lo prueba Obra reunida (Eterna Cadencia, 2016, 334 páginas), una nueva edición en un solo tomo de sus tres libros: uno de relatos, El llano en llamas (1953), una novela breve, El gallo de oro (1980), y su primera novela y obra maestra: Pedro Páramo (1955).

    Largamente gestada por Rulfo desde sus 30 años, Pedro Páramo tuvo varias etapas. En cartas dirigidas a su novia Clara Aparicio en 1947, se refiere al argumento de la novela en un relato que había titulado Una estrella junto a la luna. Después él mismo declaró que los cuentos de El llano en llamas fueron un antecedente de su novela. Llegó también a pensar como posible título Los murmullos, inspirado en Las palmeras salvajes de William Faulkner. Finalmente terminó de escribirla en 1954 gracias a una beca del Centro Mexicano de Escritores.

    Primero la novela se publicó como adelanto en tres revistas mexicanas, y en 1955 apareció como libro. La tirada inicial fue de dos mil ejemplares, pero solo se vendió la mitad. Al principio, Pedro Páramo sufrió críticas y rechazos por lo extraño de su estructura y concepción de los personajes, pero luego recibió el reconocimiento de quienes vieron allí una obra excepcional. Entre ellos, estuvo el elogio de Jorge Luis Borges, que la consideró “una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda la literatura”. Luego vendrían las traducciones a varias lenguas: alemán, sueco, inglés, francés, italiano, polaco, noruego, finlandés.

    Hay un pueblo llamado Comala en México que tiene clima templado, lindos paisajes y huertas cafetaleras. Y está el Comala creado por Rulfo, tal vez el primero que se evoca al sentir ese nombre, y es el que encuentra Juan Preciado, el protagonista de Pedro Páramo.

    Preciado llega al pueblo en busca de su padre, “un tal Pedro Páramo”, del que conoce solo su nombre confesado por su madre Dolores antes de morir. A pocos kilómetros de Comala, lo primero que el personaje ve es un pueblo muy diferente al que le había transmitido su madre. “¿Y por qué se ve esto tan triste?”, le pregunta al arriero Abundio que lo guía. “Son los tiempos, señor”, recibe como respuesta.

    Lo segundo que percibe es el calor abrasador. “Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del Infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al Infierno regresan por su cobija”, le explica rotundo el arriero.

    La genialidad de la novela se apoya primero en su estructura fragmentaria que entrelaza presente y pasado para contar la historia de Juan Preciado y también la de Pedro Páramo, figura fantasmal y asfixiante, el cacique que explota a los campesinos y que termina hundiendo a Comala. Además de estas dos líneas narrativas, aparecen otros relatos que cuentan, por ejemplo, la relación de Juan con su madre y la de Páramo con los hombres en armas que lidera y también con Susana San Juan, la mujer que ama. Pero estos “cuentos menores” aparecen desmenuzados, como si no tuvieran existencia por sí mismos sino a partir de otros raccontos. Con sus pocas páginas y su lenguaje austero, Pedro Páramo no es una novela fácil y obliga a los lectores a reconstruir continuamente la historia.

    En el artículo El desafío de la creación, Rulfo explicó el origen de su creación literaria: “Desgraciadamente, yo no tuve quién me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí. Están ellos platicando; se sientan en sus equipajes en las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: ‘Hoy parece que por ahí vienen las nubes…’. En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación”.

    De esa parquedad del habla se nutre la creación de los personajes en Pedro Páramo. Ellos son seres que viven en las palabras, pero en realidad son espectros que se asfixian en Comala. “¿Quieres hacerme creer que te mató el ahogo, Juan Preciado?”, pregunta un personaje. Y él responde: “Es cierto, Dorotea. Me mataron los murmullos”. En ese momento, Juan evoca las palabras de su madre, quien conservaba una visión idílica de Comala. Ese fragmento es uno de los más hermosos y poéticos de la novela: “Allí hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron. Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. (…) Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida”.

    Rulfo vivió su infancia prácticamente como un niño huérfano. Cuando tenía siete años, el hijo del presidente municipal de Tolimán mató a su padre por la espalda, cuando fue a negociar con él un problema de campos. Cuatro años después murió su madre, y entonces pasó a vivir primero con su abuela en San Gabriel y luego en un orfanato en Guadalajara.

    En San Gabriel fue testigo de la sublevación cristera, un levantamiento violento que se opuso a las leyes que prohibían las manifestaciones públicas del culto católico y querían subordinar la Iglesia al Estado. Curiosamente, fue esta sublevación la que hizo de Rulfo un gran lector, porque el sacerdote del pueblo le entregó a su abuela la biblioteca parroquial para preservarla.

    Las huelgas y los conflictos le impidieron estudiar en la Universidad de Guadalajara, pero en esa ciudad publicó sus primeros cuentos en una revista. Poco después se instaló en México DF. Fue fotógrafo, viajero por su país y por el extranjero, conferencista en varias universidades y guionista de cine. Entre otras historias adaptó junto con Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez su novela El gallo de oro, película que dirigió en 1964 Roberto Gavaldón.

    Después de su muerte, ocurrida en México DF en 1986, fue tan abrumadora la cantidad de estudios sobre su obra que se recopilaron en un libro. Sabiamente, le pusieron por título Los murmullos.

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