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    Música de dos ciudades

    Con el documentalista brasileño Jefferson Mello

    Tiene 55 años y viene de una familia de fotógrafos. Se fogueó en la publicidad iluminando autos cero km, haciendo más dorado el cuerpo de las modelos o encontrando perlas de agua en los vasos de whisky. Y diseñando las tapas de discos para artistas como Marisa Monte y Ney Matogrosso. Es un apasionado del jazz más puro y duro, ese que nació en Nueva Orleans y al día de hoy sigue viviendo en las bandas callejeras y mantiene intacta la tradición en los boliches del distrito francés. Siempre quiso hacer cine, y un buen antecedente fue editar el imponente libro Os caminhos do jazz, con tapas duras y más de 280 fotografías de músicos de 11 países y 18 ciudades. Para filmar Samba & Jazz: Río de Janeiro y Nueva Orleans, un documental que se exhibió en el festival, Jefferson Mello viajó varias veces a la emblemática ciudad del sur profundo de Estados Unidos. La hipótesis de trabajo fue sencilla: hay más similitudes entre el jazz y el samba que diferencias. Y esas similitudes se remontan a la raíz común que tienen ambas músicas: África. Además de trazar un paralelismo entre las festividades y los sonidos del samba y del jazz (sus ritos, las vestimentas multicolores para el desfile, la marcha carnavalesca, el grado de libertad y desparpajo en la ejecución musical), Jefferson apunta al racismo que sufren los negros, hablen portugués o inglés.

    —El origen del documental, ¿es visual o musical?

    —Ambos. En los viajes que hice a Nueva Orleans para hacer el libro, quedé impactado por la cantidad de imágenes que me dejó la ciudad, imágenes que inmediatamente se mezclaron con el carnaval de Río de Janeiro. Se puede decir que el libro funcionó como una preparación. Tres años después emprendí este documental.

    —Hay testimonios de varios músicos, tanto en Río como en Nueva Orleans. ¿Cómo fue la selección?

    —Muchos de los músicos están retratados en el libro. Pero el gran anfitrión, el que me condujo por la ciudad y me presentó a varios músicos, fue Gregg Stafford. Me abrió las puertas de varios lugares cerrados al público. Y por supuesto me abrió las puertas de su propia casa. Yo no fui en busca de nombres famosos. Un documental debe ser rico y diverso, y esa riqueza y diversidad está alojada muchas veces en personajes poco conocidos, anónimos. Claro, por allí también figuran algunos músicos conocidos en Nueva Orleans como Ellis Marsalis.

    —¿Cuál es el ele­men­­­to de mayor hermandad que hay entre el jazz y el samba: el carácter popular, la improvisación, el tono nocturnal?

    —Todo eso. Algunos me preguntan por qué hay batuque en el samba y no en el jazz. Bueno, esto quizá lo responda en mi próximo documental, que esta vez partirá desde el Missi­ssippi, pasará por Cuba y terminará en Brasil. El batuque era usado por los esclavos como un llamado, como un mensaje de alerta, por eso los blancos lo prohibieron en algunos lugares.

    —¿Qué etapa disfruta más en la producción de un documental: la investigación previa, la filmación, el montaje?

    —Estuve seis veces en Nueva Orleans solo para filmar. Diría que todo el proceso es apasionante y tiene diferentes grados de dificultad. La edición me llevó entre seis y ocho meses. Hice todo: guion, cámara (yo era la tercera cámara) y montaje. Antes de arrancar, ya tenía el filme en la cabeza y lo terminé de compaginar en mi productora

    —En cuanto al racismo, ¿qué diferencias hay entre Río y Nueva Orleans?

    —Hay mucho más racismo en Nueva Orleans. En Río, con la diversidad de razas y costumbres, se camufla un poco, pero en Nueva Orleans… En mi próximo documental quiero profundizar más este problema del racismo y de las cuestiones ligadas al negro. Quiero abarcar el plano musical, el plano político y también el histórico.

    —Y de parte de la comunidad negra, ¿existe algún tipo de racismo hacia el hombre blanco?

    —Sí, en Nueva Orleans lo sentí, es un racismo como forma de defensa. En uno de los funerales que filmé, uno de los familiares del fallecido me miraba con cara fea.

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