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    Música y lágrimas

    “Conciertos en tiempos de guerra”, de Hugo López, las memorias de un director de orquesta en el Uruguay de los ‘60 y ‘70

    De tapas oscuras y con casi 690 páginas, el libro impresiona. Y sin embargo siempre hay quien, al revisarlo en las librerías, se sorprende con su hallazgo y se lo lleva.

    Hugo López, autor de estas fascinantes memorias, estuvo ausente del escenario nacional durante muchos años, pero no es un desconocido para una parte de los montevideanos que lo recuerda joven y apuesto, dirigiendo con brillo la Orquesta Sinfónica Municipal en la década de los 70. Tenía entonces 30 y pocos años y ya era una referencia en el mundo cultural uruguayo. La ominosa sombra de la dictadura pudo más y pese a todos los esfuerzos, la popularidad de sus conciertos y los elogios de la crítica especializada, fue obligado a irse del país. Se instaló en Venezuela donde todavía vive.

    Dichos recuerdos conforman estas memorias que son a la vez un testimonio de vida y el retrato preciso y doloroso de cómo se vivió en Uruguay en esa época tan particular. El libro comienza en 1954 cuando Hugo López concluye en Melo sus estudios secundarios (el preparatorio de aquel entonces) y se instala en Montevideo para iniciar sus estudios universitarios y musicales. Termina en 1976 cuando marcha al exilio. Fue una época agitada, complicada y tortuosa. Por eso su título resume con certera puntería lo que pretende narrar: “Conciertos en tiempos de guerra”.

    Tiempos de guerra que moldearon las vidas de mucha gente: de no haber ocurrido lo que sucedió, tal vez hoy López sería visto como un destacado director que durante décadas marcó su impronta en la orquesta municipal y que desde ese cargo llegó a conducir con destello otras orquestas del mundo. Sin embargo, la dura realidad política del país torció para siempre el rumbo de su carrera.

    Sus opciones políticas luchaban con su espíritu rebelde y contestatario. Fue miembro del Partido Socialista desde joven, cuando todavía no había siquiera Frente Amplio, y del que su padre había sido candidato a intendente de Cerro Largo. Pero esa filiación chocaba con su condición innata: la de ser un librepensador, de espíritu crítico e independiente. Discutió con sus correligionarios la pertinencia de integrar el Frente Amplio en 1971. Si bien acató la decisión, los hechos corroboraron su temor de que esa alianza contaminaría a su partido y le haría perder identidad frente a quien, dentro de la izquierda, debió ser siempre el adversario: el Partido Comunista, con quien había diferencias ideológicas cruciales.

    Aceptó dirigir la orquesta y el coro que cantó el himno nacional durante el primer acto del Frente Amplio el 26 de marzo de 1971. Dudó si hacerlo, pues masticaba su molestia por la alianza con los comunistas. Pero una vez decidido, se jugó el todo por el todo y fue una de las tantas cuentas cobradas que eventualmente derivaron en su exilio.

    En 1985 tomó otra decisión. Aceptó dirigir el coro y orquesta que ejecutó el himno nacional en el Palacio Legislativo, cuando un 1º de marzo de 1985 retornó la democracia al país y asumió la Presidencia Julio María Sanguinetti. Si bien era natural hacerlo en un momento en que el país celebraba la recuperación de sus libertades, algunos viejos amigos cuestionaron que lo hiciera justo para Sanguinetti y también pagó por esa intervención.

    El libro invita a seguir a López en ese trayecto de su vida. Cualquiera que haya vivido la aventura y conocido el desgarro de dejar la familia para ir a la gran ciudad a estudiar, se identificará con los episodios que López narra tan bien. Al principio se aloja en la sede del Partido Socialista, la Casa del Pueblo, donde sus caseros (viejos amigos de la familia) serán sus protectores. Allí conoce a varios protagonistas de la cultura y la política de ese apacible Uruguay de los años 50. Y empieza su tironeo entre seguir estudiando Derecho o volcarse de lleno a la música. Asiste a cuanto concierto, se enfrasca con entusiasmo en la música y así conoce a quienes fueron sus dos mentores: Carlos Estrada y Eric Simon. Con el primero tendrá un cercana y compleja relación; con el segundo desarrollará su vocación de director al encabezar los coros del interior y en especial el de Carmelo. Sorprende ver en esos relatos el profesionalismo con que se encaraban esas tareas y el enorme impacto que tuvieron dichos coros.

    Impresiona su relato de la noche que asistió a la memorable puesta en escena de “Sueño de una noche de verano”, a orillas del lago del Parque Rivera. El texto de Shakespeare, la música de Mendelssohn, la actuación conjunta de la Comedia Nacional, el coro, la orquesta y el cuerpo de ballet del Sodre: todo derivó en una propuesta ambiciosa, gigantesca y bien resuelta. Al regresar esa noche en ómnibus al Centro, conversa con un amigo sobre cómo los conmovió el espectáculo. Sin embargo, presienten que están en el límite final: hasta ahí se llegó. Alcanzado ese punto culminante, empezará la lenta e inexorable regresión que López narra tan bien en las siguientes páginas. Entre ellas, su recuerdo del día que se incendió la vieja sala del Sodre.

    López vive y sufre su época. Sigue afiliado a su partido y se sorprende de la audacia de allegados suyos que actúan en la guerrilla. A algunos les pronostica, con total honestidad y crudeza, el desenlace previsible. Pese a la presión que recibe, se niega a dirigir la orquesta del Sodre el día del golpe de Estado.

    Crece como músico y director y tiene un público leal. Pero el clima político le es adverso y forzado por un despido y ante las advertencias de sus allegados, en 1976 se exilia en Venezuela. Trabaja para la Universidad de Mérida, donde aún hoy reside, y desarrolla su otra vocación: escultor.

    Es interesante ver al protagonista rumiar sus dilemas existenciales, sus desafíos profesionales, sus relaciones humanas. Hay una genuina honestidad en su reflexión. Fiel a su partido, no puede evitar hacerse preguntas; su espíritu republicano e independiente no le deja pasar por alto cosas que muchos efectivamente pasaron por alto. Pero es leal y se aferra a esas posturas; el tiempo de la crítica vendrá después.

    El relato atrapa al lector y lo transporta como si estuviera en una máquina del tiempo. Sus cuentos y descripciones cautivan, sus pesares seducen. Un libro que debería ser leído por todos, y en especial por aquellos que quieran saber (o tal vez recordar) cómo fue aquel país en ese punto dramático de inflexión en que dejaba de ser el que era para convertirse en el que ya conocemos.

    “Conciertos en tiempos de guerra”, de Hugo López. Ediciones Los Cuatro Soles, 2012, 684 páginas.