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    Mutilado por el horror

    El colgajo, del periodista Philippe Lançon, sobreviviente de los atentados a la revista Charlie Hebdo

    El 7 de enero de 2015, dos jóvenes entraron a la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo y en dos minutos mataron a 12 personas e hirieron a 11. Después se supo que eran hermanos, que se apellidaban Kouachi y que estaban armados con fusiles AK-47. Así se había iniciado un día de atentados yihadistas en París.

    Uno de los sobrevivientes de aquella masacre fue Phillippe Lançon, periodista de Charlie Hebdo y del diario Libération. La mañana del atentado, él se despidió desde su computadora de su novia Gabriela, que estaba en Nueva York, y dudó hacia qué redacción dirigirse primero. “Me subí a la bici y fue entonces, en los bulevares, a la altura del Monoprix en el que paré a comprar un yogur para beber, cuando decidí que primero iría a Charlie”. Con esa decisión empezaría su calvario que lo tuvo en hospitales durante casi un año curándose de sus graves heridas y de sus 17 operaciones. Las heridas fueron en los brazos y en las manos, pero la peor fue en la parte derecha de su mentón, destrozado por los disparos. Los médicos se lo reconstruyeron con un injerto sacado de su propio peroné, por lo que tuvo que rehabilitarse también de la pierna derecha.

    Todo su periplo por las salas de hospitales y quirófanos, todo su sufrimiento físico y anímico, Lançon lo cuenta en El colgajo (Anagrama, 2019, 448 páginas), un relato narrado con el dolor del sobreviviente, sin odio, pero tamizado con reflexiones para entender el horror. “Habría sido fácil, en ese momento, comprender qué fascinación inspira la abyección; oler cómo se sienten más fuertes quienes la justifican, y más libres quienes tratan de explicarla. Pero era más fácil, en ese momento, sentir hasta qué punto esa abyección superaba estos discursos y estos razonamientos”, dice el periodista al recordar esos minutos del atentado.

    De por sí desagradable, la palabra “colgajo” implica desgarramiento, y en este libro, que ya recibió tres premios literarios franceses, adquiere carácter de símbolo de lo que sucedió en aquel enero de hace cinco años.

    Charlie Hebdo es una revista de humor fundada en 1969, y desde entonces es famosa por sus caricaturas despiadadas, a veces muy groseras, que no perdonan a ninguna corriente ideológica ni a ninguna religión ni a ninguna figura pública. A partir de 2006, cuando publicó caricaturas de Mahoma, empezó a quedar aislada. “Aquel fue un momento crucial: la mayor parte de los periódicos, e incluso algunas personas destacadas del dibujo, dejaron de solidarizarse con un semanario satírico que publicaba esas caricaturas en nombre de la libertad de expresión. (…) Esa falta de solidaridad no era solamente una vergüenza profesional, moral. Al aislarlo, al señalarlo, también contribuyó a hacer de Charlie el blanco de los islamistas”, recuerda Lançon.

    Charlie empezó a perder avisos y ventas, se mudó a locales cada vez más precarios, hasta que terminó en la Rue Nicolas-Appert, un callejón aislado, donde ocurrieron los atentados. La revista ya había tenido algunas señales intimidantes: su director, el dibujante Charb, que murió en la masacre, había recibido amenazas y tenía custodia permanente, y en 2011, en otra de sus sedes, una bomba molotov provocó un incendio en la noche, en el que se perdió todo el archivo.

    “Sobre las 10.30 del 7 de enero de 2015 no había mucha gente en Francia que fuera Charlie”, dice Lançon, en alusión a la frase “Je suis Charlie”, que recorrió el mundo después de los atentados. Antes de que ocurrieran, la revista parecía tener importancia solo para sus enemigos, por eso el propio Lançon reconoce que no se atrevía a abrirla en el metro. “Si hay que empezar a respetar a quienes no nos respetan, más vale cerrar el chiringuito”, le dijo una noche Charb, consciente de que estaban cada vez más solos, pero que debían seguir resistiendo.

    La mañana de los atentados había reunión de redacción, por eso estaban todos, excepto Luz, uno de los principales dibujantes de la revista, que se durmió. Luz se salvó, pero por mucho tiempo no pudo volver a dibujar. Cuando Lançon llegó a la reunión estaban discutiendo sobre la novela Sumisión, del escritor Michelle Houellebecq, que había sido portada del último número de Charlie. Lançon había hecho una crítica muy favorable sobre la novela para Libération y la defendía frente a varios de sus detractores en la reunión.

    En Sumisión, Houellebecq imagina a Francia gobernada por un partido islámico. Su protagonista, irónico y políticamente incorrecto, despliega todo su sarcasmo sobre el avance musulmán en París, frente a la benevolencia de los partidos de izquierda. “El objetivo del debate no era el libro, sino las opiniones y provocaciones de su autor; su pedigrí, por así decirlo. Y ese pedigrí no dejaba lugar a muchas dudas: lo que Houellebecq atacaba casi de manera sistemática era justamente eso por lo que Charlie había luchado en los años setenta”, reflexiona Lançon.

    El colgajo está lleno de citas literarias, porque su autor es un gran lector y los libros fueron su compañía en los meses de internación. También tiene alusiones al cine y a las artes plásticas, pero lo más atractivo es su forma de narrar el horror a través de sus descripciones detalladas de las habitaciones y de los quirófanos, de quienes lo atendían, de Chloe, la cirujana de sus múltiples operaciones, y hasta de los dos guardias fuertemente armados que lo custodiaban todo el tiempo. Su relato va y viene en el tiempo, pasa por su infancia, por su juventud, por familiares y amigos, y vuelve inexorablemente al día del atentado y a su rostro mutilado.

    El capítulo destinado al atentado es estremecedor. Lo primero que percibió Lançon esa mañana fueron sonidos secos y algunos gritos. Después llegó a ver a Franck, el guardia de Charb, que sacaba su arma. “Tienes que desenfundar más deprisa. ¡Más deprisa! ¡Más deprisa!”, recuerda que pensó en ese momento, sin saber aún de qué se trataba. A continuación llegaron las balas, él quedó tendido boca abajo y sintió el estremecedor grito “¡Allahu Akbar!” de uno de los terroristas que se le acercaba. Entonces cerró los ojos, sintió el aliento del hombre muy cerca y pensó que era su fin, pero por algún motivo el asesino se alejó.

    Cuando abrió los ojos sabía que estaba herido, pero no sentía nada. Vio un poco más lejos el cráneo abierto y los sesos desparramados de su amigo Bernard, con quien había estado hablando minutos antes. Vio las piernas de alguien que aún se movía y que eran las de Fabrice Nicolino, otro periodista sobreviviente, y vio también su antebrazo derecho abierto por una herida.

    Cuando pudo sentarse, se apoyó en la pared y distinguió el cuerpo del dibujante Tignous. “En ese momento no me fijé en lo que el informe policial, leído un año y medio más tarde, me reveló: tenía un bolígrafo entre los dedos de una mano, en posición vertical. Tignous estaba dibujando o escribiendo cuando entraron. Los investigadores repararon en ese detalle, que indica la rapidez de la masacre. (…) Tignous murió como un habitante de Pompeya sorprendido por la lava”. Los dibujantes Cabu, Honoré y Wolinski también fueron asesinados ese día.

    Una joven ilustradora llamada Coco salió ilesa. Cuando pasó todo, caminó entre los cadáveres y le pudo acercar un celular a Lançon. Entonces en el vidrio negro él vio reflejado su propio rostro. “En el lugar del mentón y de la parte derecha del labio inferior había no exactamente un agujero, sino un cráter de carne destrozada que colgaba y que parecía puesta allí por la mano de un pintor infantil”. A partir de entonces, su vida se llenó de tubos, de pinchazos, de apósitos, de máquinas que sacaban fluidos y de otras que lo alimentaban. Durante meses, no pudo comer ni hablar, y se comunicaba con los demás por una pizarra o por su laptop.

    En noviembre de 2015, Lançon estaba en Nueva York, ya con su mentón reconstruido, aunque aún convaleciente, cuando le llegó un aviso de un colega sobre el atentado al Teatro Bataclan de París. Entonces sintió que todo volvía a empezar y lo envolvió el miedo y la desesperanza. Con esa imagen Lançon cierra El colgajo.

    “Sin humor todos estamos muertos”, escribió el dibujante Patrick Chapelle en la caricatura que hizo en homenaje a sus colegas muertos en el atentado. Igual que Chapelle, durante los días posteriores, periodistas y dibujantes se unieron en el repudio y en la reivindicación de la libertad de expresión como única arma contra el terrorismo.

    El colgajo es un libro conmovedor que no deja indiferente, más allá de la postura que se tenga sobre el humor de Charlie Hebdo. Mientras se lee, vuelve a sonar aquella frase que circuló por redes sociales, manifestaciones callejeras y redacciones periodísticas, y que simplemente decía: “Je suis Charlie”.

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