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Cuando tenía tres años, Gustavo Cerati era fanático de Johny Tedesco, un adolescente rubio que imitaba a Elvis Presley en el programa El Club del Clan de Canal 13. Ese fue su primer ídolo; después llegaron otros que el niño imitaba en las reuniones familiares usando una escobita como guitarra, y así cantaba Despeinada, de Palito Ortega, o Michelle, de los Beatles. “Este chico va a ser muy conocido (…) Y no solo acá, en toda Latinoamérica”, le dijo un día a su madre una mujer mientras le leía las manos. Aquellas palabras suenan hoy como una profecía porque Cerati fue uno de los mayores renovadores del rock argentino, y logró con su banda Soda Stereo una proyección internacional raramente conquistada por grupos de rock rioplatenses.
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Toda la trayectoria del músico, desde aquellos años de infancia en los 60, cuando se fascinaba con los cómics y pintaba sus propios héroes con la mano izquierda, hasta su muerte ocurrida hace un año, el 4 de setiembre de 2014, se narra en Cerati. La biografía (Sudamericana, 2015), una investigación del periodista argentino Juan Morris, secretario de Redacción de la revista Rolling Stone.
Hay dos momentos difíciles de olvidar para los seguidores de Cerati. Uno es el recital de despedida de Soda Stereo en el estadio de River, el 20 de setiembre de 1997. Esa noche, más de 50.000 personas terminaron saltando y entonando las canciones que el grupo había compuesto en 15 años. “Arriba del escenario de River, se separaban sonando mejor que nunca. El show fue una cumbre de clasicismo, electricidad y emoción que terminó con De música ligera, el hit más emblemático de la historia del grupo”, dice Morris en su libro. Lo último que se escuchó aquella noche fue el célebre “Gracias totales” de Cerati, una frase que permanece unida a su figura conmovida frente a la multitud, igual que las estrofas de su canción: De aquel amor de música ligera / nada nos libra, nada más queda.
El otro momento que nadie olvida ocurrió el 15 de mayo de 2010, cuando Cerati fue internado por un accidente cardiovascular en una clínica de Caracas, luego de un recital. La noticia se recibió con un escalofrío porque muy pronto se supo que poco había para hacer, que Cerati ya no volvería a ser Cerati, porque el que todos conocían ya había muerto.
La biografía de Morris es exhaustiva no solo en la vida del músico sino en la historia del rock argentino de los 80 en adelante. Después de la dictadura militar, que finalizó en 1983, Soda Stereo irrumpió en la escena musical como algo diferente. “Mientras que el pop sofisticado y melancólico de Virus cargaba con la historia de un hermano desaparecido y Los Abuelos de la Nada tenían en su líder a un genio oscuro y errático que se había exiliado de los militares en Europa (...), Soda Stereo era una banda sin pasado (…), si el rock iba a salir a la superficie, la forma más genuina de recuperar la inocencia perdida era con liviandad y sin prejuicios; electricidad sin ironía”, afirma el biógrafo.
La primera banda que tuvo se llamó Koala y tocaba música afro. Después ingresó a estudiar Publicidad en la Universidad del Salvador y allí conoció a Héctor Bosio que era bajista y al que todos llamaban Zeta “porque siempre era el último en llegar”. Ambos conocieron a un muchacho un poco menor que se llamaba Charly Alberti, era baterista y tenía una pieza insonorizada en su casa para ensayar. Los tres estaban fascinados con el grupo inglés The Police. Los tres pasaban horas ensayando. Los tres fundarían Soda Stereo. “No se preguntaban si la música era comercial o no porque en los 80 el rock ya no se iba a volver a hacer esa pregunta”, apunta Morris. Los tres lograrían que Soda Stereo alcanzara al final de 1984 el segundo puesto como “grupo revelación” en la encuesta de la emblemática revista Pelo.
Cerati provenía de una familia de clase media que había ascendido con el peronismo. Tenía dos hermanas y unos padres que siempre acompañaron su carrera de músico y lo iban a ver a todos sus conciertos. Su madre, Lillian Clarke, fue una de las principales fuentes de información del trabajo de Morris, sobre todo de sus años de infancia. Con su padre, Juan José Cerati, Gustavo tuvo una relación muy estrecha. Cuando se enfermó de cáncer en los años 90, lo iba a visitar todas las tardes y tomaba el té con él y su madre. No hay nada mejor / no hay nada mejor/ que casa, dice Té para tres, una preciosa canción que Cerati escribió en su homenaje.
Algo queda claro en el trabajo de Morris: Cerati cuidaba con esmero su apariencia, desde sus rulos siempre impecables, hasta su vestimenta, y sentía una especial atracción por las mujeres más jóvenes que él. Mucho más jóvenes. En sus primeros espectáculos, él usaba jeans y una remera naranja, hasta que en un recital vio a una chica “con el pelo batido, los ojos delineados y un maquillaje casi zombie”. Así, a los 22 años, Cerati se ennovió con Anastasia (Tashi), que tenía 15. Un año después, el grupo había adoptado una estética diferente, más parecida a los grupos ingleses de donde siempre se nutrieron. “De pronto una chica de dieciséis años se había convertido en la guía estética del grupo y Soda Stereo empezó a atraer gente cada vez más moderna y lookeada: su público era más sofisticado que ellos”.
Charly García hizo una canción, Esos raros peinados nuevos, que se reía un poco de la apariencia de Soda Stereo, pero también era una señal de que al gran maestro le habían llamado la atención. Vinieron también las peleas mediáticas con Luca Prodan, el líder del grupo Sumo, que decía: “Cerati es un chetito, con toda la guita de papi”. Años después esa rivalidad, más aparente que real, se daría con el Indio Solari, líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la banda “de los suburbios arruinados por la hiperinflación y las privatizaciones”.
Pero a diferencia de estos grupos, la carrera de Soda Stereo fue imparable e internacional, con varios cambios de look, varios éxitos y diferentes estilos musicales. En Chile fueron furor y en los medios hablaban de la “Sodamanía”, y con Gira Animal estuvieron dos años por todo el continente. “El grupo había irrumpido en la escena como una banda casi ska, después se había vuelto pop, dark y casi funk hasta terminar convirtiéndose en la gran banda de rock de Latinoamérica”, escribe Morris.
Cerati se casó dos veces: primero con Belén Edwards y después con la chilena Cecilia Amenábar. Con Cecilia vivió unos años en Chile después del casamiento en 1994 y tuvo dos hijos, Benito y Lisa. Pero fueron varias las jóvenes que se sucedieron antes, durante y después de sus matrimonios.
Morris escribió una biografía que no oculta la admiración por Cerati, pero tampoco los claroscuros de su vida. El suyo es un libro cargado de voces aunque no aparezcan, que implica varios años de entrevistas y largas horas de escritura. Algunos de sus pasajes tienen la tensión del drama, entre ellos, el comienzo y el final, que describen la internación de Cerati primero en Caracas, donde estuvo dos días sin diagnóstico hasta que la operación de urgencia llegó demasiado tarde, y después en Buenos Aires, donde los cuatro años en coma fueron lentos y dolorosos, con un desfile de familiares, amigos, curas, sanadores y gurús que intentaban lo imposible.
Hacia la mitad del libro, Morris narra el momento en el que Luis Alberto Spinetta escucha la versión que Cerati hizo de su canción Bajan. “Se quedó unos segundos en silencio (…) Finalmente se levantó, se dio vuelta y Gustavo vio que estaba llorando”. El encuentro se describe en la página 172, y es uno de los mejores homenajes de la biografía.