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    Náufrago

    Estamos en el Centro de Montevideo en una mañana resplandeciente. La gente, los ómnibus, la congestión clásica en los semáforos. De su lugar de trabajo —suponemos— sale un hombre (Alfonso Tort) que monta en una bicicleta y se dirige hacia la rambla. Allí, en la playa Ramírez, contempla el mar. Luego se dirige hacia otro punto cercano de la costa, a La Estacada de Punta Carretas, donde se quita la ropa y se tira al agua. Cuando sale —con otro traje de baño— ya estamos en una playa distinta, en algún punto de Rocha, con olas más pronunciadas que las del Río de la Plata. Camina hacia una sombrilla donde hay ropa y bolsos pero nadie a la vista. Revuelve uno de los bolsos y encuentra un celular —un viejo Nokia— y envía un mensaje: “¿Dónde están?”. Busca a su esposa y a su hija, que no aparecen. Prueba en una casa y luego en otra, en el atardecer y en la noche del balneario, pero no encuentra a nadie, hasta que da con su hija. El hombre parece estar solo en el mundo. Tenemos un buen comienzo, con un misterio instalado. Pero Las olas no es un thriller ni un drama, tampoco una comedia, aunque está más cerca de esto último.

    A partir de una serie de entradas y salidas al mar, en distintos lugares de veraneo (Jaureguiberry, La Paloma, Santa Teresa) y en diversos momentos de su vida, el protagonista se verá confrontado a sus padres, a su exesposa y a su hija, a sus amigos de la infancia, a sus primeras novias, a un matón que en cierto momento lo acobardó (“el Kaluma te va a partir la cara”), a la seducción de una atractiva mujer madura, a los chistes guarros de sus camaradas adolescentes. El juego está claro: nuestro héroe verá desfilar su crecimiento sin nunca cambiar su estado actual (un tipo en traje de baño, descalzo), porque es el mismo hombre que presencia su infancia, su adolescencia y su reciente edad adulta, y nada puede hacer para cambiar el pasado. Únicamente lo revivirá con una mayor o menor exactitud, apelando a las emociones. Si hay una intervención, es de su propia fantasía. Algo similar a lo que hacía Carlos Saura en La prima Angélica con José Luis López Vázquez: cuando el protagonista recordaba su infancia, era el propio actor mayor jugando con juguetes.

    Esta es la tercera película escrita y dirigida por Adrián Biniez (Buenos Aires, 1974, actualmente radicado en Montevideo), luego de Gigante (que se llevó varios premios, entre ellos el Oso de Plata en Berlín) y El 5 de Talleres, también con una participación de Tort. Y es la más ambiciosa del cineasta.

    En las dos primeras, si bien había diferencias en el resultado a favor de Gigante (redonda por donde se la mire), Biniez tenía un firme control del material y se movía con naturalidad. Se sentía más cómodo y esa sensación era palpable en el resultado.

    Las olas busca trascender el sentido naturalista de sus dos trabajos anteriores. Es una propuesta donde el aspecto plástico, la ambientación y lo que generan los recuerdos —eso que no se puede definir con palabras— es más importante que el argumento y los diálogos. Para conseguir esta meta se necesitan imágenes que conmuevan la narración y no solo que la hagan avanzar. En ese sentido, Las olas avanza episódicamente, pero no conmueve. No es fácil dar en la tecla de la ensoñación y la resonancia interior. Un ejemplo donde esto funcionaba y también era con un protagonista en traje de baño, era El nadador (1968, sobre cuento de John Cheever), de Frank Perry, con Burt Lancaster como el tipo que recorría todas las piscinas del vecindario.

    Tort se desplaza como un fantasma en su propio rollo, que debe significar y valorar sus recuerdos (actúa correctamente, pero es mucha la responsabilidad sobre sus hombros porque debe ir más allá del naturalismo). Es casi una figura simbólica en el paisaje circundante de arena, sol y mar, un ambiente que siempre remite a relax y vacaciones, aunque la desolación y cierta tristeza imperen en la mayoría de las secuencias. Si bien hay una buena ambientación (por momentos extraña, lunar), el planteo exige otra riqueza visual y una densidad poética que la película no alcanza, con excepción de la estupenda secuencia del anochecer en un campamento con dos novias y dos carpas en paralelo y la escena de animación de los créditos, realizada por Álvaro Zinno y Matías Bervejillo.

    El humor acierta en cuentagotas y Las olas navega mecánicamente (la intención es más clara que el resultado), con Tort entrando y saliendo del agua en capítulos que remiten a los libros de la adolescencia (La familia Robinson, Viaje al centro de la Tierra, La isla del tesoro, El tigre de la Malasia, El llamado de la selva), edad en la que parece estancado el protagonista.

    Las olas. Uruguay, 2018. Guion y dirección: Adrián Biniez. Con Alfonso Tort, Fabiana Charlo, Julieta Zylberberg. Duración: 88 minutos.

    Eduardo Alvariza

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