“Black Mirror”, ciencia ficción de calidad en una serie inglesa
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos escritores de ciencia ficción parten de una idea muy clara: si el presente tiene su costado nefasto, lo que está por venir será mucho peor. Y en general, quienes leen una novela de ciencia ficción o ven una película del género esperan encontrarse con un mundo oscuro o falsamente luminoso, dominado por la tecnología o por una pantalla siempre encendida que crea una engañosa sensación de dicha. Y a veces aparece algún que otro héroe lúcido que se separa de la masa despersonalizada, pero su momento de gloria va a durar muy poco. Al parecer, las buenas noticias no están en el futuro, y eso lo supieron muy bien Ray Bradbury, Aldous Huxley o George Orwell.
De esa misma idea partió el británico Charlie Brooker para crear Black Mirror, una serie de televisión de capítulos unitarios que varían de directores, tramas, personajes y ambientes, pero que comparte un tema: el poder de la tecnología en la sociedad.
Brooker, periodista, dibujante, conductor de televisión y humorista, no necesitó proyectarse demasiado en el tiempo. Las seis historias que por ahora lleva su serie (tres en cada temporada) podrían suceder hoy mismo o dentro de pocos años. El propio título hace referencia a las múltiples pantallas con las que todos convivimos. Así lo explicó Brooker a “The Guardian” cuando a fines de 2011 salió la primera temporada: “Si la tecnología es una droga —y se siente como una droga— entonces, ¿cuáles son los efectos secundarios? Esta área —entre el placer y el malestar— es donde Black Mirror, mi nueva serie, está establecida. El ‘espejo negro’ del título es lo que usted encontrará en cada muro, en cada escritorio, en la palma de cada mano: la pantalla fría y brillante de un televisor, un monitor, un teléfono inteligente”.
Así definida, se podría pensar que la serie cae en lugares comunes porque ataca a los reality shows, al hiperconsumo, a la necesidad de registrarlo todo en formato digital. En definitiva, a la pantalla total que sustituye el contacto entre las personas o hace surgir sus miserias.
Pero Black Mirror, igual que las buenas obras de ciencia ficción, está muy lejos de ser un producto trillado, tanto por la calidad de sus actuaciones como por la textura de su filmación, que es más cinematográfica que televisiva. Sus historias son desconcertantes, amargas e incómodas, pero se permiten algún toque de cínico humor inglés. Ambas temporadas de la serie se están transmitiendo por el canal para abonados I-Sat.
La primera temporada comienza con un episodio que habrá puesto nervioso a más de un político. Lleva por título “The National Anthem” (“El himno nacional”) y tiene como figuras centrales al primer ministro inglés (Rory Kinnear), a la joven e imaginaria princesa Susannah (Lindsay Duncan) y a una cerda. El vínculo entre ellos no se puede revelar para no estropear la sorpresa del capítulo, pero sí dar algunos datos: a la princesa la secuestran y la noticia llega antes a Youtube y Twitter que a las autoridades. El secuestrador exige algunas condiciones para liberarla que implican directamente al primer ministro. Y entonces las calles de Londres van quedando vacías, mientras todos miran hipnotizados la pantalla. Kinnear interpreta a un primer ministro lleno de matices, que pasa en pocas horas de la furia a la desesperación, del asco a la angustia.
Hacia un ambiente más futurista y orwelliano apunta el segundo capítulo “15 millones de méritos” (“15 Million Merits”), con personajes anónimos que deben ganar “puntos” pedaleando durante horas bicicletas fijas y mirando obligatoriamente pantallas que están en todas las paredes. El único escape de esa rutina está en el programa de talentos “Hot Shot”, una especie de “American Idol” con un jurado cruel y manipulador, en el que aparece Rupert Everett interpretando a un tipo realmente desagradable. Y en ese mundo absolutamente virtual, rozar la mano de una muchacha puede ser una de las sensaciones más eróticas del protagonista.
¿Qué pasaría si todo lo que vivimos quedara grabado en un dispositivo instalado en nuestra cabeza y lo pudiéramos ver en cualquier momento? ¿Qué pasaría si los demás también lo pudieran ver mientras comen pizza y toman una cerveza? La posible respuesta está en el tercer capítulo, “Tu historia completa” (“The Entire History of You”), que trata, entre otras cosas, sobre la importancia del olvido. La historia de este episodio entusiasmó al actor Robert Downey Jr., quien adquirió los derechos para una posible adaptación cinematográfica.
Los tres capítulos de la segunda temporada, que comenzó en febrero de 2013, son igualmente inquietantes. En el primero, “Vuelvo enseguida” (“Be Right Back”), Martha (Hayley Atwell) acaba de enviudar de Ash (Domhnall Gleeson), un joven que se pasaba todo el tiempo mirando su Blackberry. Para poder aliviar su dolor, Martha accede a un servicio virtual donde está almacenada la información de cada persona. Entonces, allí encuentra a Ash.
En un reality show se ambienta el siguiente episodio, “Oso blanco” (“White Bear”). Una mujer joven (Lenora Crichlow) comienza a vivir una verdadera pesadilla cuando despierta atada a una silla en una casa desconocida. Al liberarse, se encuentra con gente silenciosa que solo se dedica a filmar lo que sucede, aunque sea violento, cruel e inexplicable. Y la pesadilla no tiene fin.
El último capítulo vuelve hacia un presente más cercano y también al tema político. En “El momento de Waldo” (“The Waldo Moment”) hay una disputa por los votos entre una candidata del Partido Laborista y otro del Partido Conservador. Pero el verdadero protagonista de esas elecciones es Waldo, un oso virtual que se mete de mala manera con todo el mundo, tiene erecciones en la pantalla y sabe interpretar el malestar de la gente. Y los votantes lo adoran, mientras que los políticos lo odian. Algo parecido a lo que ocurrió en Italia con el comediante Beppe Grillo, pero en este caso el candidato es celeste, nunca se cansa y aparece donde menos se lo esperan.
Es obvio que Black Mirror deja pensando en las buenas o malas noticias del futuro, pero también en el inevitable monitor del presente. ¿Alguien se anima a apagarlo?