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    Ni fieles ni traidoras: creadoras

    Eliane Hareau y Lil Sclavo, autoras de El traductor, artífice reflexivo

    A veces se llama Gregorio y otras Gregor, a veces se despierta de un sueño agitado y otras, de un sueño inquieto. Puede haberse convertido en un insecto monstruoso o un insecto gigante, o ver “la figura convexa de su vientre oscuro”, o tener “el estómago abombado, color marrón”. Según la versión de La metamorfosis, aparecen palabras que no son una “copia fiel” de las de Kafka, sino las que encontró quien las tradujo. “No sé por qué siempre se piensa mal de los traductores y sin embargo todos estamos de acuerdo en que la literatura rusa es admirable”, contestó en una entrevista de 1985 Jorge Luis Borges, quien ejercía la traducción como una labor creativa y de reescritura del original, por lo que fue elogiado y también criticado.

    Las traductoras Eliane Hareau y Lil Sclavo tienen la misma concepción de la traducción como reescritura y promueven una postura crítica y ética en los traductores. Estos temas los plantean en su libro El traductor, artífice reflexivo (2018), en el que reivindican y siguen al filósofo, crítico y traductor francés Antoine Berman, quien planteaba la necesidad de tener un proyecto de traducción y de un enfoque interdisciplinario.

    “Imaginate lo que debe ser traducir fielmente a Joyce, un bodrio metafísico”, dice Sclavo al hablar de una de las “cargas” que arrastra el traductor desde siempre: ser una copia fiel del original. “Una vez, Marguerite Yourcenar, que además de gran escritora era una gran traductora, contestó en forma lacónica: ‘Con la fidelidad de la traducción pasa lo mismo que con las parejas. Si la única virtud que tienen es ser fieles, son muy aburridas’”.

    Muchos lectores se han encontrado con novelas que traducen la jerga coloquial, juvenil o del bajofondo con palabras que se usan en España, y son un fastidio. Es uno de los problemas con los que se enfrentan los traductores literarios.

    Con una larga trayectoria como traductora literaria del francés, Sclavo ganó en 2003 el primer y único premio a la traducción literaria en el concurso Juan Rulfo por su trabajo con la novela Estupor y temblores de Amélie Nothomb. “Me compré ese libro en 2003 en Francia y me lo traje. Una amiga me avisó que estaba el llamado para el Premio Rulfo y al principio no me interesó, pero cuando me puse a leer el libro surgió la pulsión. Un día a las tres de la mañana me puse a traducirlo y no paré. Me llevó un mes y algo con la corrección. Lo mandé sobre la fecha. Tanto me olvidé que ellos también se olvidaron de que había ganado. Y ya en 2004 fue mi hermano Fidel quien me llamó desde Barcelona y me preguntó: ‘¿Vos sabés que te ganaste el Rulfo?’”.

    Para Sclavo la traducción siempre estuvo asociada con lo oscuro, con la traición o con algo sórdido. No en vano se vinculó con la expresión “traduttore-traditore”. “Me formé en México y en París. Recibí información muy valiosa, pero me llenaron la cabeza con textos y teorías y cuando me enfrenté en las editoriales a traducir libros me sentía una chanta. Por eso lo iluminador de Berman, quien se niega a someter a la traducción a una sola teoría”.

    Hareau es profesora de Literatura, traductora pública desde hace 30 años y “sobre todo docente”, aclara. Es traductora de francés, inglés y portugués. “Creo que a esta altura puedo decir que soy traductóloga, que es quien reflexiona sobre la traducción. Desde San Gerónimo en adelante, los grandes traductores han reflexionado sobre su quehacer, pero como disciplina independiente la traductología tiene un nacimiento muy tardío, en la segunda mitad del siglo XX, porque siempre estuvo muy encorsetada en la lingüística”.

    Una vida esquizofrénica

    En general, los traductores viven tanto tiempo entre dos lenguas que terminan hablando una especie de “cocoliche”. “Es una vida muy esquizofrénica”, dice Sclavo, y ella y su colega se ríen. “A veces hay una frase a la que no le encontrás la vuelta, la dejás y seguís de largo, pero de pronto a las cuatro de la mañana aparece, y ahí te levantás a escribirla. Me pasó una vez con una palabra que no me salía y me apareció en medio de una película y la tuve que decir fuerte para no olvidarme”.

    Hareau destaca los momentos gratificantes de la traducción literaria cuando se encuentra la palabra justa. “Incluso en algunos casos el texto traducido supera en algo al texto de origen. Borges lo dijo varias veces. No estamos hablando de embellecer, sino de lo que las lenguas pueden o no pueden decir”.

    Las traductoras Eliane Hareau y Lil Sclavo tienen la misma concepción de la traducción como reescritura y promueven una postura crítica y ética en los traductores.

    Uno de los aspectos que tratan en su libro es la “invisibilidad” del traductor. Hasta no hace tanto tiempo no aparecía su nombre en los libros y aún hoy en muchos ámbitos su trabajo se considera de poca valía. Para Sclavo son los propios traductores quienes tienen la responsabilidad de tener presencia. “Se aceptó el ninguneo, hubo una aceptación con cierta complacencia, nos decíamos ‘pobrecitos nosotros’ y en el gremio de traductores se avalaba ser invisible. Somos nosotros los que tenemos que marcar esa presencia”.

    También consideran que hay que educar en la lectura de traducciones. Sclavo recuerda que algunos profesores de Literatura le han comentado que los estudiantes están convencidos de que Homero escribía en español. “Es importante señalar qué versión se está leyendo. Incluso hay catedráticos que cuando se van a referir al Ulises dicen ‘lo tradujo Cuenco de Plata’, que es la editorial. Es la negación del traductor”.

    Gilipollas

    Muchos lectores se han encontrado con novelas que traducen la jerga coloquial, juvenil o del bajofondo con palabras que se usan en España, y son un fastidio. Es uno de los problemas con los que se enfrentan los traductores literarios.

    “A veces nos hacen creer que el español de España es neutro”, dice Sclavo, “pero no existe un español neutro porque ninguna lengua es neutra o inocente. Las palabras que se usen van a depender de muchos factores, a veces de las políticas editoriales. En un momento trabajé con una editorial argentina que no me dejaba usar el voseo por una cuestión de mercado. Pero nosotros nos tenemos que tragar el ‘gilipollas’ o ‘hacer la colada’”.

    La clave para las traductoras está en adaptar las obras a la lengua de meta, como pasa en la mayoría de las obras de teatro, que si no tienen en cuenta los aspectos culturales y de época sufren “pérdidas“ con la traducción.

    “Estamos tratando de evitar el término ‘equivalente’, que es el que nos marcó en nuestra formación. Lo que pretende ser un trasvase es imposible. Hacemos mucho hincapié en lograr una correspondencia. Hay veces que un texto está escrito con grandes marcas de oralidad y se puede usar un español del Río de la Plata, pero a veces están unidas a otro factor cultural”, dice Hareau.

    Desde la Antigüedad la literatura ha sufrido censuras, y tal vez Safo fue la poeta más “despojada” en sus versos, y fueron los traductores los que actuaron como censores. “Safo habló desde la piel, desde el cuerpo, sin escatimar detalles, eligiendo la palabra precisa y sin temor a hablar de lo repugnante”, escribieron las autoras en su libro. Igual que Safo, otros autores como Homero o Joyce fueron mutilados o se usaron eufemismos para referirse a la sangre, las heridas o las escenas de amor.

    Hoy no existe este problema, por lo menos no en las sociedades libres. Pero se está manifestando un cambio en algunas obras literarias por el lenguaje inclusivo. “En lo personal, sobre mi cadáver voy a usar la ‘e’ inclusiva. No considero que la discriminación pase por eso. Es imposible. Lo pongo al mismo nivel que cuando se intentó sacar la palabra negro. Un día me llamaron y me preguntaron qué opinaba de sacar esa palabra. Les dije que no estaba de acuerdo y que lo iba a seguir usando. Y no soy más o menos racista porque lo use”, dice Sclavo.

    Crítica de la traducción

    Otro aspecto que las autoras destacan en su libro es la necesidad de una crítica de la traducción. ¿Quién tiene que hacerla?: los propios traductores.

    “El crítico literario está preparado para otra tarea y no accede al texto original. Quien puede acceder a cómo fue contada la historia es el traductor. Y no hemos asumido ese rol”, explica Hareau.

    Lo que sí le preocupa de la crítica literaria es que se citen frases entre comillas de obras literarias sin mencionar a quién pertenece la versión. “Ahí se silencia la voz del traductor que tal vez estuvo más de un año trabajando en ese texto. A veces los críticos dicen: ‘La traducción fluye como el original’. Y la pregunta es: ¿el original fluye? Hay obras escritas en verso hace miles de años, en griego, y pasarlo al español es traumático. Es buena la presencia en el texto traducido de marcas que señalen que ese texto fue elaborado en otra cultura y en otra época”.

    Otro aspecto que las autoras destacan en su libro es la necesidad de una crítica de la traducción. ¿Quién tiene que hacerla?: los propios traductores.

    Para Sclavo lo que no puede hacer un crítico literario es “despachar” juicios en sus reseñas como “es una buena traducción” o “es una mala traducción”. “¿Es buena o mala en función de qué?”, se pregunta. También encuentra una gran dificultad para traducir poesía. “Se la dejo a los poetas. Por algo las mejores traducciones de Mallarmé son de Octavio Paz. Es mucha más la dificultad por la música, la rima, la sonoridad. Además de lo formal, que en la poesía es clave. Pienso en Ida Vitale y en las dificultades para traducirla al francés. Tiene una aparente sencillez, con una escritura muy cargada y con un peso muy fuerte, contundente y abstracto”.

    Ambas traductoras prefieren tener relación con los escritores a los que traducen, y han entablado incluso amistad con ellos. Claro que por derechos de autor es más fácil conseguir traducciones de obras que entraron al dominio público. Un problema laboral con el que se enfrentan los traductores es con la negativa a dar los derechos de las obras, sobre todo en los países del centro.

    En el libro de Sclavo y Hareau hay anécdotas de traducción de varios escritores, de Borges y de Cortázar entre ellos, y hay un buen equilibrio entre la teoría y la práctica. Un trabajo que no tiene antecedentes en Uruguay. En la tapa, una ilustración de Fidel Sclavo muestra a una traductora frente al texto mientras piensa en otro idioma, en otras tierras y en otros lectores.

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