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    No fue un sueño

    McCartney encandiló a 53.000 personas, pero el hechizo continúa

    Pocas imágenes tan hermosas como la de la Virgen de los Nudos ha legado el cristianismo no ya a sus fieles sino a la cultura occidental. Bajo la inspiración que le provee el Espíritu Santo, que se le aparece en forma de paloma, María desata con toda naturalidad los nudos de una cuerda que un ángel le ha dado para luego devolvérsela a otro ángel que se ubica a su derecha. Mientras tanto, como quien toma un vaso de Coca-Cola, pisa a una serpiente.

    El día de María, esa María, es el 8 de diciembre de este y todos los años, pero la devoción por ella comenzó en Augsburgo, y la contundencia de su mensaje fue estampada por el artista Johann Melchior Goerg Schmittdner. De estilo veneciano, con influencia barroca y una calidad técnica impecable, la pintura original, de 1,10 x 1,82 metros, fue realizada por encargo en 1699, seis años antes de la muerte del alemán, y se encuentra en la iglesia de San Peter am Perlach.

    No tan lejos de allí, en Liverpool, nació hace 69 años un inglés que desde su más tierna juventud se ha encargado de desatar los nudos más intrincados del arte para devolverlos desatados y así provocar el goce de la humanidad, que lo ha reconocido como el músico más popular de la historia.

    El señor Paul McCartney ha creado una obra sensacional y variada, y, al igual que John Ford, la ha propagado por el universo. Dos méritos, entonces: calidad y popularidad. Una curiosidad: McCartney tocó ante 53.000 personas el domingo pasado en el Estadio Centenario de Montevideo, Uruguay. Y un problema para un periodista: no hay nada que criticar cuando lo que se ve es perfecto porque Dios lo quiso o porque el protagonista es un genio.

    ¿Qué podemos decir, entonces? Para empezar, que McCartney es el músico más talentoso de los Beatles. Para seguir, que en el terreno de la música popular solo Prince y Stevie Wonder tienen la capacidad que él posee como multiinstrumentista. Y, para terminar, que cada día canta mejor, lo cual es especialmente disfrutable si quienes lo acompañan en la tarea conforman la banda más roquera y potente de su trayectoria.

    El recital duró dos horas y 45 minutos, pero no fue un recital: fue un hechizo del que nadie ha despertado. El escenario estaba bajo, es cierto. Pero la organización fue buena y el sonido, impecable. A lo largo de su vida, McCartney compuso, solo, reitero, solo, los temas “Blackbird”, “Yesterday”, “For No One”, “Golden Slumbers”, “Helter Skelter”, “The Long and Winding Road”, “All My Loving”, “Hello, Goodbye”, “Maybe I’m Amazed”, “My Love”, “Little Willow”, “Jenny Wren”, “Flaming Pie”, “Fine Line”, “Let ’Em In”, “I’ll Follow the Sun”, “English Tea”, “I’ve Just Seen a Face”, “Dance Tonight”, “Only Mama Knows”, “House of Wax”, “Penny Lane”, “I’m Looking Through You”, “Two of Us”, “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, “The Fool on the Hill” y “Hey Jude”.

    Y en Montevideo, donde reconoció con sobriedad y simpatía, pero sin demagogia, la calidez de un público que gritó poco pero que se emocionó mucho, el británico de pura cepa cantó muchas de esas canciones emblemáticas.

    Entre aquella audiencia figuraron desde dirigentes comunistas en asientos de elite hasta empresarios top, niños vestidos con el traje celeste de la banda del Sargento Pepper, bebés con bajos Höfner de plástico, músicos clase A, como Nicolás Ibarburu, Julieta Rada y Jaime Roos, argentinos que viajaron miles de kilómetros para gritar y mostrar carteles que juraban que gracias a McCartney se habían conocido y luego se habían amado, y políticos no comunistas de diversa índole, como el relajado vicepresidente Danilo Astori y el fastidiado secretario de la Presidencia Alberto Breccia, cuyo rostro se tornó colorado cuando desde el sector Vip Platino bramó para que quienes estaban delante suyo se sentaran.

    Fuera como fuera, era difícil estar todo el tiempo sentado o todo el tiempo parado. Cada uno reaccionó como pudo, de acuerdo a sus más íntimos sentimientos interiores: para eso está la libertad. Y para eso está la ensoñación que produjeron las luces robóticas y los fuegos artificiales de “Live and Let Die”, la belleza suprema que McCartney regaló en “Here Today”, el rock and roll desenfrenado de “Helter Skelter” y de “Day Tripper”, la fascinante complejidad de “Eleanor Rigby”, la melodía pegadiza de “I’ve Got a Feeling”, la versatilidad de “Band on the Run”, la histeria beatlemaníaca de “The Night Before” en estreno absoluto para América del Sur, la delicadeza de la balada “My Valentine” —incluida en el disco “Kisses on the Bottom”, donde Macca sorprende con varios standards de jazz y con invitados de lujo como Stevie Wonder y Eric Clapton—, la contundencia de “Nineteen Hundred and Eighty-Five”, la riqueza rítmica de “Mrs. Vandebilt” y la sencilla hermosura de “Let It Be”, que fue acompañada por un concierto de miles de encendedores y celulares que arrojaron luz donde ya sobraba la luz que daban el humanismo, la paz y, por supuesto, la música.

    Porque Paul McCartney, ese cándido y superdotado caballero inglés que pasa del piano a la guitarra, de la guitarra al ukelele, del ukelele al bajo, del bajo a la mandolina y de la mandolina a la batería, canta como los dioses, es decir que con su voz aguda abarca un registro anormal y es, si cabe, dulce y, si cabe, salvaje. Pero siempre es pura música. Una música que no entiende de barreras y que dio sosiego a 53.000 almas que comprobaron que en Uruguay existen emprendedores como Alfonso Carbone que, pese a los errores en la preparación del concierto, son capaces de montar un espectáculo de primer nivel internacional. Lo cual podría ser nada más que la primera parte de una seguidilla de shows que pondrían en primer plano a un país con graves problemas de infraestructura pero con condiciones de brindar una tranquilidad inusitada a estrellas que la precisan como el agua.

    En todo caso, y mientras todavía resuenan los ecos de la excelencia de McCartney, ya veremos a qué virgen corresponderá desatar los nudos de la burocracia, la mediocridad y la desidia que tanto han impedido el progreso del Uruguay cultural en las últimas décadas.

    “What about the night we cried/ Because there wasn’t any reason left to keep it all inside / Never understood a word / But you were always there with a smile.

    And if I say I really loved you and was glad you came along / Then you were here today/ Uh, uh, uh, for you were in my song”

    (Extracto del tema “Here Today”, que McCartney editó en el año 1982 en homenaje a su amigo John Lennon)

    Vida Cultural
    2012-04-19T00:00:00

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