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    No, no nos conocemos todos

    Director Periodístico de Búsqueda

    Nº 2248 - 25 al 31 de Octubre de 2023

    Es mentira que en Uruguay nos conocemos todos. Es una leyenda alimentada por décadas de repetirla sin detenerse a pensarla. Es una de las tantas creencias que se dan como un hecho pero que no tienen asidero en la realidad. Encima, además de ser falsa, puede llegar a ser dañina porque muchas veces se recurre a ella como forma de evitar lo que hay que hacer o justificar lo que no hay que hacer.

    No, no nos conocemos todos. Mucho más verosímil es decir que nos queremos todos o que nos creemos todos que por ser pocos somos buenos o mejores que nuestros vecinos y que muchos otros. Pero se trata de una cuestión de escala, un tema puntual y estadístico. Las probabilidades al ser solo 3 millones y medio provocan que sea muy factible que los caminos con nuestros entornos se crucen varias veces. De ahí a lo otro, a lo del conocimiento generalizado, hay una distancia cercana a lo místico.

    Alimentarlo rinde porque tiene buena prensa. Recuerdo una publicidad de hace unos años de una gaseosa local que hacía referencia a esa condición supuestamente tan uruguaya como forma de vender esa bebida. Se desarrollaba en una reunión social en la que había una docena de personas que se ponían a hablar y que terminaban concluyendo que todos tenían un vínculo de algún tipo. El mensaje final era el del principio de esta columna: en Uruguay nos conocemos todos.

    Brillante como idea publicitaria. Excelente como para vender desde el sentir popular, pero engañosa. Una buena forma de exagerar la pequeñez como forma de justificar nuestras imperfecciones. No solo no nos conocemos todos sino que a muchos de los que pensamos que sí conocemos, y que recurren a esa falsa premisa constantemente, en realidad los conocemos muy poco.

    En la última edición de Búsqueda se incluyó una nota que cita un muy interesante diagnóstico del daño que esa idea produce en Uruguay. No lo hicieron especialistas locales. Vino de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc, por sus siglas en inglés), aunque a pedido de la “junta anticorrupción” (Jutep). La solicitud original que le hizo la Jutep a la Unodc fue que la asistiera en la confección de un proyecto de ley para combatir la corrupción privada y recibió a cambio una propuesta, que ahora se encuentra en idas y vueltas, y un informe sobre la situación uruguaya.

    Entre otros asuntos, según consigna la reveladora nota de Guillermo Draper, “los expertos de Unodc, cuyas oficinas regionales están en Colombia, dieron algunas pistas de por qué creen que es tan difícil establecer políticas anticorrupción” en Uruguay e “identificaron trabas que están vinculadas a la idiosincrasia local”.

    Pusieron como ejemplo que existe una tendencia a “‘mantener el statu quo’ en el manejo de los negocios y en su control, con la lógica de que ‘acá siempre se hizo así’”.

    “En cuanto a los conflictos de interés, la dificultad que identificaron a partir de sus intercambios con los actores del sistema es el concepto de que en Uruguay ‘todos nos conocemos’”, agregaron los expertos, según informó Draper en su artículo periodístico.

    También, con mucho sentido común, se refirieron en la presentación que elaboraron a la “la falta de conciencia de la existencia de corrupción”, basada en una diferencia positiva en ese aspecto de Uruguay con respecto a los demás países de la región pero no a la verdadera ausencia o escasez de desvíos e irregularidades locales tanto en la actividad pública como en la privada.

    Es un acierto esa mirada desde el exterior. Porque en los hechos el famoso “nos conocemos todos” suele tener consecuencias negativas en las cuestiones cotidianas, tanto grandes como pequeñas. Como nos conocemos todos hay muchos trámites importantes que se pueden arreglar solo con llamadas, desvíos a las normas que no se penalizan porque no son “transcendentes” y supuestamente se hacen sin mala intención o reclamos de favores que se ejecutan rápidamente o amigos o amigos de amigos o conocidos de amigos a quienes elegir para un cargo público o privado antes que a otros.

    Como nos conocemos todos no es necesario dejar nada por escrito o ponerse plazos muy estrictos o apostar al mayor profesionalismo para cada una de las acciones laborales cotidianas. Igual, de tanto que nos conocemos después lo arreglamos, no hay necesidad de ponerse tan exigentes.

    Como nos conocemos todos les damos una carta de crédito a muchos sin al menos poner en duda lo que nos dicen porque si es amigo de tal o pariente de cual o fue a tal institución de enseñanza o va a tal club social eso es garantía suficiente de que va a hacer las cosas bien. Pensamos que solo por la cercanía relativa o una referencia vaga podemos saber casi sin margen de error quién es quién.

    “Ustedes me conocen”, utilizó como argumento en varias oportunidades el presidente Luis Lacalle Pou ante situaciones en las que era cuestionado alguien de su entorno o por algún asunto polémico de su gobierno. Y no solo Lacalle Pou. Tanto ahora como antes que él muchos otros dirigentes políticos recurren a argumentos similares.

    Es más, en la anterior administración terminó renunciando un vicepresidente de la República pero durante todo el periplo que finalizó con su dimensión siempre utilizó en su defensa que “todos saben cómo vivo” o que como soy de izquierda saben que no puedo ser corrupto.

    Son ejemplos muy distintos entre sí pero representativos de un problema que afecta a gran parte del sistema político y también de todos los uruguayos. No, no los conocemos. Ni a ellos ni a muchos otros. Ese tipo de reflexiones genéricas y salidas dignas de una aldea pueden ser muy divertidas para un asado entre amigos pero no para el manejo de la actividad profesional o empresarial y mucho menos para desempeñarse en la administración pública.

    El caso que involucra al exsenador blanco Gustavo Penadés es un ejemplo en ese sentido. Su formalización con prisión por 22 delitos, en su mayoría de abuso sexual a menores, fue como un balde de agua fría para muchos. Para sus correligionarios y amigos por supuesto pero también para algunos referentes de la oposición, empresarios y periodistas, entre los que me incluyo, que lo trataron durante años de cerca. Hasta que la primera denuncia se hizo pública, nadie se lo imaginaba. Al contrario, su imagen estaba por las nubes.

    Entonces, algunos optaron por hacer silencio —incluso entre su círculo más cercano— y otros salieron a defenderlo públicamente. Los resultados están a la vista y son un ejemplo muy claro de por qué no nos conocemos todos y es necesario desterrar de una buena vez por todas esa mentira.