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Es un museo y a la vez son muchos, porque cada una de las casas que conforman el Museo Histórico Nacional (MHN) tienen su especialidad, a la vez que un objetivo común: preservar las colecciones históricas y difundirlas. Juan Pivel Devoto, quien dirigió el MHN entre 1940 y 1982, le dio una impronta peculiar y creó este “complejo museístico” que llegó a tener 10 casas. Hoy son ocho, seis ubicadas en la Ciudad Vieja y dos casas-quinta: la de José Batlle y Ordóñez en Piedras Blancas, cerrada por refacciones, y la de Luis Alberto de Herrera, en Brazo Oriental, que reabrió el año pasado después de un período de restauración edilicia.
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En la Ciudad Vieja vivieron personajes célebres de la historia y sus casas llevan sus nombres: Fructuoso Rivera (sede principal del museo), Juan Antonio Lavalleja, Antonio Montero (famoso comerciante, cuya casa es conocida como Museo Romántico), Manuel Ximénez y Gómez (comerciante español), Juan Francisco Giró (expresidente de la República) y Giuseppe Garibaldi.
Todo este complejo histórico lo dirige desde 2017 Andrés Azpiroz (San José, 1986), historiador, docente y técnico en museología, quien ya era investigador en el museo desde 2012. Azpiroz tiene una maestría en historia rioplatense y está cursando un doctorado sobre la administración de Justicia en la frontera uruguaya del siglo XIX. “Ese es mi perfil de investigador, pero me importa mucho la divulgación del conocimiento histórico, y el museo es un lugar ideal para ese fin”, explica a Búsqueda.
Por muchos años, el MHN fue “la Cenicienta” de los museos nacionales, con varias de sus casas cerradas y un archivo que consultaban solo investigadores o especialistas. Para Azpiroz, la dirección de Ariadna Islas fue importante porque le dio un enfoque científico al trabajo. Pone como ejemplo la reconversión de la Casa Giró. “Pivel Devoto la había incorporado al complejo con el objetivo de hacer allí el Museo de la Cultura y la Biblioteca Americanista. Pero esa casa estuvo cerca de 20 años cerrada y tenía las colecciones muy mal conservadas. La pudimos abrir al público en 2018, con el objetivo de fortalecer la biblioteca y el centro documental”.
Además de la Biblioteca Americanista, que reúne 55.000 volúmenes, la Casa Giró conserva el fondo de fotografía antigua más grande del país y uno de las más importantes de la región. Más de 30.000 piezas dan testimonio de la llegada de la fotografía a Uruguay y de su desarrollo hasta las primeras décadas del siglo XX. Litografías, grabados y una colección de mapas y planos, que alcanzan las 7.000 piezas, se suman a su colección.
La Casa Ximénez también se reconvirtió y dejó de ser una sede de exposiciones. Ahora allí funciona el taller de restauración y los almacenes de obra. “No solo se restauran óleos sobre tela o esculturas, sino objetos variados y también mobiliario. Estamos en un proceso de racionalización de las colecciones que permanecían distribuidas en varias sedes. Al concentrar en la Casa Ximénez los depósitos y almacenes la colección está más controlada y el acceso es más eficiente”, comenta Azpiroz.
Veintiún personas trabajan en todo el MHN. “Somos muy pocos”, dice Azpiroz, pero aclara que desde 2009 hubo un fortalecimiento del área técnica con historiadores, bibliotecólogos, archivólogos, restauradores y personas con formación en museología y turismo. “Tiene que ver con el cambio de cómo se piensa el museo, en concebirlo como una institución científica que tiene la misión de divulgar la historia y las colecciones. Por un lado, tenemos que producir e investigar, pero a través de un lenguaje que no es el académico ni el de un libro de estudio. Nuestro lenguaje es la exposición. Hoy sabemos mucho más sobre el pasado, el desafío es cómo lo mostramos y difundimos”.
Para el director tuvo mucha importancia en este lenguaje el programa educativo del museo con actividades dirigidas a públicos específicos, muchas de ellas interactivas o lúdicas. “Los profesores y maestros habían dejado de elegirnos entre los museos. Ahora volvieron a visitarnos”, comenta el director.
La Quinta de Batlle y la Casa de Garibaldi permanecen cerradas al público por refacciones edilicias. “Todas las casas son monumento histórico nacional, por lo tanto, tienen la máxima protección patrimonial. No se puede hacer cualquier reforma, y es un proceso largo el de los estudios”, explica Azpiroz. En la Quinta de Batlle se terminó una etapa de reformas que implicó una inversión de algo más de dos millones y medio de pesos. El plan es abrir este año al público la zona ya refaccionada mientras se continúan las obras.
Donaciones y curiosidades
El MHN se alimenta con las donaciones y con las piezas que se obtienen en las subastas. Para Azpiroz, el papel de Pivel Devoto fue fundamental para conseguir donaciones. “Él como historiador convenció a muchas familias de que el museo era el mejor lugar para que sus manuscritos estuvieran allí”, explica. El museo tiene su fuerte en la documentación sobre la clase política del país, pero hay aspectos que hacen a la historia y que no están del todo representados. Por eso fue grato cuando les llegó la donación de un juguete: la maqueta del Southern Pacific, el tren en el que el 11 de noviembre de 1918 se firmó el armisticio que puso fin a la I Guerra Mundial.
La pieza la donó Florencia Pivel, nieta de Pivel Devoto y de Carlos Rúben Fernández, autor de la maqueta, una réplica a escala con todos los detalles, incluso el mobiliario del tren.
Recientemente el historiador y docente Benjamín Nahum donó 16 de sus libros que no estaban en la Biblioteca Americanista. “Algunos de los ejemplares que nos alcanzó creo que los compró en librerías de viejo, porque tienen anotaciones que no parecen de él. Es importante tener la obra completa de un intelectual como Nahum en el museo”, dice Azpiroz.
El director es un activo participante en las redes sociales, en las que comparte algunas curiosidades que guarda el museo. Con el lema “Te acercamos el museo a casa” se muestra publicaciones, fotos o publicidades y su relación con hechos históricos. Entre esas curiosidades, están las postales. “Es una colección muy grande de postales que tuvieron su auge en el 900. Incluso hay quienes hablan de una ‘postalmanía’ de la época. Tenemos álbumes de Matilde Pacheco, la esposa de José Batlle y Ordóñez, que coleccionaba muchas cosas, entre ellas, postales. Son un testimonio muy interesante de las redes sociales de las personas y de su vida íntima. Significaron un desafío de cómo comunicarse, porque no eran lo mismo que una carta. La postal obligó a escribir breve. Algunas son muy divertidas porque tienen la letra muy abigarrada para intentar que entrara todo el mensaje”, explica el director sobre esta especie de “tuit” del 900.
En las redes sociales se trata de llamar la atención con aquellas piezas que la gente por lo general no va a ver al museo. “Ahora han aumentado los seguidores en las redes. Lo que sigue es cómo hacemos para que se entusiasmen y visiten el museo. Nosotros, mientras tanto, seguimos trabajando en la conservación de las colecciones y en la investigación. No hay museo sin colección”, dice, enfático, Azpiroz.