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    Ojos bien abiertos

    Obras de Cabrerita en el Museo Nacional de Artes Visuales

    Vivió siempre en la pobreza y en una travesía dolorosa por asilos y hospitales psiquiátricos. Es posible que estas circunstancias vitales hayan opacado el valor de su obra, inicialmente reconocida y luego olvidada. Se llamaba Raúl Cabrera (Montevideo, 1919-Santa Lucía, 1992), pero había adoptado el nombre artístico Javiel. Sin embargo, todos lo recuerdan como Cabrerita. Parece un apodo cariñoso, aunque muy pocos le demostraron efectivamente cariño.

    Uno de quienes sí lo hizo fue el artista Manuel Espínola Gómez, que escribió en 1993: “Algún día se lo estudiará seriamente, como seriamente se estudiará a los demás personajes ver­náculos de su mismo oficio, sepultados en vida y en muerte. Falta mucho todavía. Pero ya vendrá”.

    Fue el propio Espínola Gómez quien consideró a Cabrerita como el mejor acuarelista uruguayo, un concepto que retomó Pablo Thiago Rocca, director del Museo Figari, para escribir el catálogo de la muestra Donación Raúl Javiel Cabrera, que lo tiene como curador. La exhibición se puede visitar hasta el domingo 8 de abril en el Museo Nacional de Artes Visuales.

    La artista francesa Fernande Dalézio fue quien donó al Estado uruguayo, a fines de 2017, cerca de cien obras y documentos de Cabrerita. En 1956, Dalézio se unió al esterismo, un movimiento artístico creado y liderado en Francia por el poeta uruguayo José Parrilla (Montevideo, 1923-Levens, 1994), otro artista poco reconocido, sobre todo por la Generación del 45 a la que pertenecía.

    Parrilla cultivó una poesía entre surrealista y erótica que apenas fue publicada. Admirador de Juan Carlos Onetti, se piensa que el nombre del movimiento se debe a uno de los personajes de la novela El pozo, la prostituta Ester.

    A la Colección Esterista de Dalézio pertenecen las obras de Cabrerita que ahora se exponen.

    Esa mirada.

    El grueso de la muestra lo integran acuarelas de niñas rubias, de ojos grandes y mirada perdida. “Tópico y mito de su generación, las ‘niñas de Cabrerita’ son figuras femeninas en poses hieráticas y con miradas penetrantes, ora perdidas, ora soñadoras. Este repertorio de imágenes jalona como un catálogo exhaustivo todas las etapas de su vida”, escribió Parrilla sobre estas misteriosas creaciones del artista.

    Parrilla había conocido a Cabrerita cuando tenía 18 años y vivía en la calle. El poeta le dio alojamiento, lo protegió e incentivó para que continuara pintando. Cabrerita fue un niño abandonado en un asilo cuando era pequeño. A los diez años lo adoptó la familia Panochi. En la escuela muy pronto emergió su talento para el dibujo, lo que derivó en breves pasajes por talleres de artes plásticas.

    La amistad con Parrilla lo relacionó con la bohemia montevideana, que se reunía en bares y cafés, como el Sorocabana. Por esa época, también asistió al Taller Torres García, y en algunas obras de la muestra están esas huellas. Dice uno de los textos que las acompañan: “Conoció a don Joaquín junto con su amigo José Parrilla y el escritor Mario García hacia 1942. Desde entonces, y a lo largo de sus diferentes etapas creativas, Javiel intentará aplicar algunas enseñanzas del maestro, como el empleo de las proporciones áureas y una paleta más entonada”.

    La década de los 40 es la más fermental de Cabrerita: la acuarela se impuso como su medio de expresión y el heterónimo Javiel apareció en su firma. Es entonces que sus obras fueron premiadas en salones municipales y aparecieron en exposiciones individuales. Pero el esplendor se cortó cuando Parrilla se fue a Europa en 1948 y lo dejó a cargo de su hermana Lucy, que tenía un hijo pequeño. A comienzos de los años 50 Lucy quedó sin hogar y ya no pudo hacerse cargo de Cabrerita.

    Comenzó entonces el periplo por psiquiátricos. Primero estuvo en el Vilardebó y después en la Colonia Etchepare, donde permaneció 30 años. Allí continuó pintando, recibía esporádicas visitas y algunos periodistas lo pudieron entrevistar, como María Esther Giglio.

    Aquellos fueron tiempos mezquinos: a Cabrerita le quitaron sus obras, que pasaron a circular por el mercado negro o quedaron en manos de particulares que se las habían cambiado por comida o cigarros.

    Por fin en 1980 le dieron el alta y lo amparó la familia Lucchinetti en Santa Lucía, donde Cabrerita permanecerá hasta su muerte. Un año después de salir de su internación, algunas de sus obras se presentaron en la Bienal de San Pablo, pero nadie se comunicó con él para avisarle. Se enteró en una entrevista que le hizo el periodista Ramón Mérica ese mismo año.

    Santa Lucía.

    El artista plástico Gerardo Ruiz Barreiro conoció a Cabrerita en 1986 a través de Espínola Gómez, amigo en común. “Espínola había hecho las gestiones para que a Cabrerita se le otorgara una pensión graciable del Estado. Él me avisó que estaba viviendo en Santa Lucía en el domicilio de una familia. Me comuniqué por teléfono con Blanca Lucchinetti, una señora encantadora, sencilla y buena, y arreglé para ir a visitarlo”, contó Ruiz Barreiro a Búsqueda.

    Blanca había alojado al artista en un garaje contiguo a su casa. “En esos años Cabrerita hacía una vida tranquila, comía bien, se bañaba y fumaba uno tras otro los cigarrillos negros sin filtro que su amigo Parrilla le enviaba mes a mes desde Francia”.

    En 1983 también Cabrerita viajó a Francia invitado por Parrilla, que estaba en Niza. Durante diez meses convivió con la comunidad esterista, pero los años en la Etchepare habían hecho mella y regresó a Santa Lucía con la familia Lucchinetti. Algunas de sus obras, junto a poemas de Parrilla, se exhibieron en 1985 en París.

    Otra frase de la muestra: “Los años ochenta. La etapa más expresiva, caracterizada por gruesas pinceladas y tramas arborescentes. Egresado de la institución psiquiátrica (…) Cabrera busca recomponer los signos de su extraordinario mundo interior”.

    Ruiz Barreiro visitó a Cabrerita durante unoscuatro años. “Por lo general salíamos a caminar un rato por la ciudad y nos sentábamos en la plaza a conversar. Una de esas veces le hice velozmente un retrato a lápiz (ver imagen) y también le saqué algunas fotografías. Me resultaba muy cómodo conversar con Cabrerita. Yo le nombraba algo o una persona, y él respondía siempre en lenguaje poético ramificándose libremente. La única vez que percibí que bajaba a tierra y cambiaba de sintonía fue cuando hizo mención a Joaquín Torres García con notorio lenguaje denostativo. Por lo demás, tenía la sensación de estar frente a un niño anciano, pícaro, poeta y genio”.

    La vida del artista tuvo su representación teatral en la obra Cabrerita, de Eduardo Cervieri, que ganó en 2005 el Florencio al Texto de Autor Nacional y al Mejor actor, por la interpretación de Carlos Rodríguez. La obra se representó además en varios países de América y Europa.

    “La pintura es un arte medio bandido, porque esconde muchas cosas”, le escuchó decir Ruiz Barreiro a Cabrerita. Su “arte bandido” se verá en toda su dimensión en 2019 en el Museo Nacional de Artes Visuales, que ya está preparando una gran muestra con motivo de los cien años del artista.

    Posiblemente, el año que viene se sumen otros reconocimientos, esos que Cabrera apenas recibió en vida. Ruiz Barreiro llegó a grabarle un concepto sobre Uruguay, que encierra la sencilla sabiduría del artista: “El Uruguay es una isla donde a lo mejor suceden cosas que fueron de verdad un pasado, y vuelven a aparecer de nuevo como simbolizando lo ocurrido”.

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